¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XXI.

Seis Gatitos, Cuatro Maestros y un Mesías que Pasaba por Allí

El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo ceremonial hitita.

José, aún procesando lo de “mucho ruido interior”, abrió la boca para responder… pero no llegó a decir nada.

Porque en ese preciso instante, uno de los gatitos —el más pequeño, el que todavía no tenía nombre— decidió que el sombrero de mimbre del maestro Chin Gao era el lugar perfecto para iniciar su carrera como escalador profesional.

Saltó. Trepó. Se aferró con las uñas. Y empezó a morder la paja como si fuera un enemigo ancestral.

El maestro no se inmutó. Ni un músculo. Solo abrió un ojo, miró hacia arriba y murmuró:

—Este… tiene espíritu de dragón.

José, sin poder evitarlo, murmuró:

—O de piraña, maestro… porque le está comiendo la barba.

Hatetú soltó una carcajada. Sekhmeht también. Nefru-Luna se apoyó en Moisés para no caerse de la risa. Anubis, por primera vez en días, sonrió con orgullo paternal.

El monje WE reapareció de golpe al lado del maestro, como si hubiera surgido del aire.

—Yo atrapar gatito —dijo.

Pero el gatito, al verlo, soltó un maullido de guerra y salió disparado por el pasillo. WE lo siguió. A la velocidad del rayo. Desaparecieron ambos en un fiuuuuuuu que levantó polvo.

Prin Gao dio un paso al frente, espada en mano.

—¿Debo intervenir?

Yan Li Gao lo detuvo con un dedo.

—No, hijo. Esto es parte del camino.

La china del bazar asintió con orgullo, como si todo aquello fuera exactamente según lo planeado.

Chin Gao respiró hondo, abrió los brazos y declaró:

—El entrenamiento… debe comenzar.

José se pasó una mano por la cara.

—Ay, Dios mío… esto va a ser un quilombo.

Basthet le dio otro cabezazo cariñoso.

—Pero un quilombo lindo —añadió Hatetú, mirando a los seis gatitos que ahora corrían en círculos alrededor de Prin Gao.

La puerta del palacio se abrió de golpe.

—Ôlaaaaaaa, minha gente maravilhosa! —cantó Castaneda, con su acento sumerio‑babilónico‑portugués‑brasileiro que podía derretir pirámides.

A su lado, su novio hitita —alto, elegante, con un acento francés tan exagerado que parecía de teatro— añadió:

—Bonjouuuur, famille impériale. Nous avons des cadeaux très… très… très exclusifs.

Ambos entraron cargados de bolsas, cofres, cajas envueltas en oro, perfumes, telas, juguetes de lujo y un carrito con ruedas que decía “Boutique Castaneda & Le Hitite — Haute Couture Babilónica”.

Hatetú abrió los ojos. Sekhmeht murmuró: “Ay, no…”. José dijo: “No estoy preparado para esto”. Anubis gruñó. Los gatitos… se lanzaron sobre las bolsas como si fueran presas divinas.

Castaneda gritó:

—Cuidado, meus amores! Isso é seda de dragão! Custou uma fortuna!

El hitita añadió:

—Mon dieu, le petit chat est en train de mordre la boîte de parfum édition limitée!

Los gatitos no escucharon. WE intentó atraparlos. Prin Gao desenvainó la espada. Yan Li Gao suspiró. Chin Gao cerró los ojos como si necesitara paciencia infinita.

Y entonces llegó el choque cultural:

Chin Gao, confundido, preguntó:

—¿Ellos… pareja?

Castaneda sonrió.

—Sim, meu amor. Casadísimos. Felicíssimos. Boutique de luxo e tudo.

El hitita añadió:

—Nous sommes un couple très chic.

Prin Gao frunció el ceño. Yan Li Gao inclinó la cabeza. Chin Gao murmuró:

—Esto… no es yin‑yang tradicional.

Hatetú intervino:

—Es amor. Punto.

Sekhmeht añadió:

—Y si alguien dice lo contrario, lo entreno personalmente.

Chin Gao asintió, resignado.

—Entonces… armonía aceptada.

José murmuró:

—Gracias a los dioses… un quilombo menos.

El maestro Chin Gao llevó a los seis gatitos al patio interior.

—Primera lección: calma.

Los gatitos salieron corriendo en seis direcciones distintas.

—Segunda lección: equilibrio.

Uno se cayó dentro de una tinaja. Otro se subió al techo. Otro mordió el callado del maestro.

—Tercera lección: disciplina.

WE apareció corriendo detrás de ellos como un rayo.

—Yo intentar. Yo no prometer.

Chin Gao suspiró.

—Esto… será largo.

José, desde la sombra:

—Yo le dije, maestro. Son seis quilombitos.

Yan Li Gao preparó un salón con incienso, cojines y música suave.

Hatetú, Nefru‑Luna, Sekhmeht, Parvati e Isis se sentaron en círculo.

—Respiren —dijo Yan Li Gao—. Dejen la mente en blanco.

Isis abrió un ojo.

—¿En blanco? ¿Cómo voy a dejar la mente en blanco si tengo mil cosas que hacer? Tengo rituales, tengo ofrendas, tengo que revisar el calendario lunar, tengo que…

Se levantó indignada.

—Esto no es para mí.

Parvati la siguió.

Nefru‑Luna se quedó dormida. Hatetú intentó meditar pero Nefretiri le mordió el dedo. Sekhmeht se quedó porque quería impresionar a Prin Gao.

Yan Li Gao sonrió con paciencia infinita.

—El camino… es largo.

Sekhmeht llevó a Prin Gao a las instalaciones militares.

—Aquí entrenamos —dijo ella, orgullosa.

Prin Gao observó todo con respeto.

—¿Puedo enseñar mis métodos?

Sekhmeht arqueó una ceja.

—Depende. ¿Son eficaces?

Prin Gao adoptó postura marcial.

—Son… legendarios.

Sus métodos eran:saltos imposibles, gritos épicos, movimientos teatrales,

poses exageradas, y una coreografía que parecía danza sagrada mezclada con gimnasia olímpica.

Sekhmeht lo miró primero con incredulidad. Luego con interés. Luego con… otra cosa.

—Es alto —pensó. —Es fuerte —pensó. —Es guapo —pensó. —Y está soltero —pensó.

Prin Gao terminó su demostración con un giro espectacular.

Sekhmeht aplaudió.

—Podemos… entrenar juntos —dijo ella, con una sonrisa peligrosa.

Prin Gao se sonrojó.

—Sería… un honor.

El palacio, por primera vez en días, estaba en silencio.

En un rincón del jardín interior, Keiko estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, leyendo un manga que había traído de su último viaje a Oriente. Ari —la pequeña gatita blanca y negra— estaba tumbada boca arriba en su regazo, con la tripita expuesta, las patitas relajadas y los ojos entrecerrados.

Keiko leía en voz baja, acariciándole el pecho con suavidad.

Ari hacía ese sonido que solo hacen los gatos cuando están absolutamente felices, una mezcla entre ronroneo, motorcito y nube de algodón.

Hanwashet llegó sin hacer ruido. Se quedó quieto, observando la escena.

Keiko leyendo. Ari completamente entregada. La luz del sol entrando por las columnas. La paz absoluta.

Hanwashet sintió algo cálido en el pecho. Algo que no era celos, ni nervios, ni caos. Era… futuro.

Se acercó despacio y se sentó a su lado.

—¿Está dormida? —susurró.

Keiko asintió, sin dejar de acariciar a Ari.

—Sí. Está muy feliz.

Hanwashet miró a la gatita, luego a Keiko. Y, con una voz que le salió más suave de lo que esperaba, dijo:

—Keiko… yo… —¿Sí? —preguntó ella, levantando la vista.

Hanwashet tragó saliva.

—Me gustaría… algún día… tener hijos contigo.

Keiko se quedó inmóvil. Ari siguió ronroneando, ajena a todo.

Keiko sonrió. Una sonrisa lenta, dulce, profunda.

—A mí también —respondió.

Hanwashet sintió que el corazón se le expandía como una vela al viento.

Ari, como si entendiera, estiró una patita y tocó la mano de Keiko.

La escena era tan tierna que hasta los dioses del Nilo habrían llorado un poquito.

El palacio estaba en plena actividad cuando un guardia entró corriendo:

—¡Mi señora Hatetú! ¡Hay dos hombres en la puerta que dicen venir de Judea y… de una película!

Hatetú frunció el ceño.

—¿De una qué?

Pero no tuvo tiempo de preguntar más.

Porque Isaac entró.

Isaac. El espía judío. El chico del pelo brócoli. El que había sido su “novio” secreto.

El que Isis había perdonado. El que se había quedado en Egipto por ella.

Hatetú lo vio… y no pensó. No analizó. No respiró.

Simplemente corrió hacia él y se le lanzó al cuello.

Isaac la abrazó con fuerza, sorprendido, emocionado, temblando un poco.

—Te… te he echado de menos —susurró Hatetú, con un par de lágrimas escapándosele sin permiso.

Isaac sonrió, nervioso, feliz, rojo como un dátil.

—Yo también… muchísimo.

Hatetú se separó un poco y entonces vio al chico que lo acompañaba.

—¿Y este quién es?

Isaac suspiró.

—Mi primo Brian.

El chico levantó la mano.

—Hola. Soy Brian. Sí, ese Brian. No, no soy el Mesías. Solo soy un chico muy travieso.

Hatetú parpadeó.

—¿Pero cómo…?

Isaac se pasó la mano por la cara.

—Es una historia larga. Muy larga. Involucra romanos, confusiones, una sandalia, una multitud que lo sigue sin motivo y una madre que grita mucho.

Brian asintió.

—Mi madre grita muchísimo.

Hatetú se llevó la mano a la frente.

—Dioses del Nilo…

Y entonces, detrás de todos, apareció Isis.

Los miró. Miró el abrazo. Miró las lágrimas. Miró a Isaac. Miró a Hatetú.

Y declaró, con voz solemne:

—Ya es hora de que os caséis.

Silencio absoluto.

Isaac se quedó blanco. Hatetú se atragantó con su propia saliva. Brian levantó la mano.

—¿Puedo venir a la boda? —¡NO! —gritaron todos a la vez.

Isis sonrió.

—Perfecto. Entonces lo tomaré como un sí.

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