¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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El día que descubrí que todos llevamos un Cantinflas dentro

Hace mucho, mucho tiempo viví y viajé por el Caribe. Durante unos días me sentí como un explorador, pero no de territorios, sino de algo más profundo: de mí mismo. Y lo curioso es que allí no era un extraño, ni me sentía un extraño. Era como volver a aquella Andalucía de mi niñez, rodeado de gente de todos los colores de piel.

Colores que, al mismo tiempo, me eran indiferentes y no lo eran. Quizá sea cosa del karma, o de alguna reencarnación perdida, pero desde muy niño he convivido con personas de otros tonos de piel, otros rasgos faciales y otras religiones. Por eso nunca me he sentido fuera de lugar entre ellos.

Hispanoamérica —pese a quien le pese— es ese rincón del mundo que siempre será más mi casa que cualquier otro. Por mucho que me guste, me admire o incluso “me enamore” de otros lugares, es allí donde mi alma reconoce algo familiar, algo antiguo, algo suyo.

No voy a negar que tuve un cierto “choque cultural”. Por las mañanas veía pasar por la calle motocarros idénticos a los de mi infancia, cargados de bidones de agua, de esas fuentes caseras, o de piñas de plátanos. Lo llamo “choque cultural”, pero en realidad no fue eso. Fue el impacto —profundo, inesperado— de regresar a un momento de mi vida que creía perdido para siempre: la infancia.

No voy a negar que allí tuve pareja: una mulata clara —trigueña, como dicen ellos— que era un verdadero bellezón, con nombre y apellidos más castizos que los míos. Hace ya mucho tiempo de aquello, pero cuando miro hacia atrás reconozco que fue la época de mi vida en la que tuve todo lo que siempre había querido.

Una mujer hacendosa en la casa, tres hijas que me amaban y me respetaban (excepto la mayor, veinteañera y rebelde, que lógicamente quería casarse y emanciparse). Me gustó aquella época, y reconozco que a veces la echo de menos.

A veces la vida nos coloca exactamente en el lugar que nos corresponde. O, dicho de otra manera, la vida nos susurra: “Para y mira. Disfruta de lo que tienes ahora, de este momento de tu vida. Para… mira… disfruta”.

No recuerdo si fue una tarde en aquel chalet donde vivíamos —la verdad, lo echo de menos— o si fue una noche, quizá en la casa o en el resort. Lo que sí recuerdo es que empezaron a poner una película de Mario Moreno Cantinflas. Una de aquellas películas antiguas, de las que veía de pequeño con mi abuela, en aquel piso frío y oscuro de la Urgisa, en Gijón. Aquellas películas donde Cantinflas te llegaba al corazón sin que supieras muy bien cómo.

En aquel momento me di cuenta de lo grande que fue, y sigue siendo, aquella fecha de 1492. Una fecha que nos unió a unos seiscientos millones de hispanohablantes, cada uno con sus modismos, con su español de América o de África. La madre de mi hijo, originaria de Guinea Ecuatorial, también adoraba a Cantinflas.

Me di cuenta no solo de la grandeza de “lo nuestro”, sino también de la grandeza de Cantinflas. Y de cómo, tal vez sin saberlo al principio, se convirtió en el representante más genuino de la hispanidad.

Allí, en pleno corazón de la Hispaniola, aquellas gentes tan blancas como yo, tan negras como yo, tan mulatas como mi hijo, con su español caribeño —“ya tú sabes, mi amol”— entendían perfectamente todos los giros idiomáticos de aquel personaje que, ante todo, era un hombre que se declaraba español.

Pasa de la medianoche y hace calor; es lo que toca, es verano. Echo de menos aquellas noches en el porche, con los pies encima de la baranda y “mi chica” a mi lado, tomándonos unos roncitos. Pero ¿sabes? Si algún día la vida decide llevarme a cualquier parte del mundo, no olvides que soy paracaidista: uno siempre cae donde el viento quiere llevarlo.

Y dondequiera que caiga, siempre seré español, hispano. Llevaré conmigo mi cultura, mi forma de ver la vida. Como en el Caribe: sí, hay que trabajar, pero “mira, mi amol, los fines de semana son para disfrutar de la vida, de la familia, de la playa… de la vida misma. Ya tú sabe, mi amol”.

Me pasó también con Mei Ling. Por sus circunstancias de vida, ella deseaba esos fines de semana dedicados a la familia… aunque en su cultura no siempre es lo habitual. Pero las nuevas generaciones que han salido de su país —y también muchos adultos que han vivido fuera— han empezado a darse cuenta de que trabajo y vida no son enemigos irreconciliables. Que se puede vivir de otra manera.

Aun así, siendo español, siendo hispano —le pese a quien le pese, porque hispanoamericano es un término que abarca tanto a la Península Ibérica como a América— siempre habrá pequeños choques culturales con sociedades donde el esfuerzo está profundamente arraigado por tradición. No es mejor ni peor: es distinto.

Y es una pena que el viejo castigo de la Torre de Babel —y eso que, después del diluvio, Dios prometió que no volvería a fastidiarnos— impida que en otras lenguas y culturas se pueda entender a Mario Moreno Cantinflas como lo entendemos nosotros. Porque solo los seiscientos millones de hispanohablantes podemos captar todos sus matices, sus giros, su alma.

Porque cada uno de nosotros lleva un poco de Cantinflas dentro. Cantinflas es esa gitana canastera del mercadillo que te lía y acabas comprando cuatro pares de calcetines que ni habías visto. Cantinflas eres tú cuando no sabes qué decir ante una situación embarazosa. Cantinflas somos todos cuando reflexionamos sobre el bien y el mal, sobre nuestros actos, sobre la vida misma.

Cantinflas no fue solo un personaje humorístico.

Fue un espejo. Un filósofo disfrazado de pobre. Un hombre que nos hacía reír… y luego nos dejaba pensando.

Esa, quizá, es su mayor grandeza.

A veces, cuando me ha gustado una chica, he intentado ponerme “en modo Cantinflas”: hacer el tonto, ese tonto que me sale de manera natural desde que tengo uso de razón. Recuerdo una ocasión, hace ya muchos años, en una discoteca. Yo, haciendo de tripas corazón, intentaba “enamorar” a una chica —sí, también tengo mis debilidades— y me puse a hacer, literalmente, “el Cantinflas”: bailando a su alrededor como había visto a Mario Moreno en un vídeo.

Si tú no te lo crees, imagínate yo. Pero aquella noche… triunfé.

No solo me di las gracias a mí mismo —por mi gracejo natural— sino también al gran Mario Moreno y, aún más, al inmenso Cantinflas. Fue entonces cuando comprendí, ya siendo muy mayor, que si haces reír a una chica, tú también te lo pasas bien.

El “rollo” me lo cortó un tipo, el típico imbécil que se ríe de los demás señalándolos con el dedo. Sin embargo, una de las chicas que estaba con él lo miró, nos miró… y se unió a mi baile de payasadas. Acabamos las dos chicas y yo tirados de risa en el suelo mugriento de la discoteca.

Y el tipo… desapareció.

Mario Moreno, Cantinflas, es para mí —a día de hoy— mucho más que el mayor cómico que ha dado la hispanidad y el mundo. A veces lo veo como el filósofo de la hispanidad. Si tuviera que compararlo con algún pensador de la antigüedad, quizá lo haría con Diógenes: por su papel de “indigente”, por su autenticidad, por esa capacidad de lanzar cargas de profundidad disfrazadas de chistes.

Porque sus palabras, sus gestos, su mímica… en el momento te hacen reír o sonreír, pero al cabo de unos minutos, horas o días, te hacen sentir. Y de eso se trata la hispanidad: de sentir más que de ver. De dejar que algo te toque por dentro sin que sepas muy bien cómo.

¿Quién no ha empatizado con el cura que encarnaba en El padrecito? ¿Quién no ha sentido como propio a cualquiera de sus personajes —siempre el mismo desarrapado de la calle, inculto, pobre, pero empeñado en la justicia y la honradez—? ¿Quién no ha entendido, y sentido, a Cantinflas? ¿Quién no se ha sentido alguna vez Cantinflas? (Término que, por cierto, existe en el diccionario de la RAE.)

¿Quién no ha sido, aunque sea por un instante, ese ser humano que representaba Mario Moreno —“Cantinflas”— en algún momento de su vida?

Si es que soy yo bailando con una chica…para mearte de risa…

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