¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XX. El Palacio, los Gatitos y la Batalla de Kadesh F.C.

La familia imperial llegó por fin al Palacio de Egipto. Polvorientos, cansados, oliendo a curry, incienso y aventura asiática, cruzaron el gran patio… y se quedaron petrificados.

Allí, formadas en perfecta alineación militar, estaban las princesas y concubinas reales, ahora convertidas en oficiales del ejército imperial, gracias al entrenamiento intensivo de Sekhmeht. Llevaban armaduras ligeras, lanzas brillantes y una actitud de “aquí mandamos nosotras”. Acababan de regresar de maniobras antes de partir hacia la India para rescatar a la familia imperial… que, irónicamente, acababa de llegar por su propio pie.

—¿Pero qué…? —murmuró Hatetú.

—Entrenamiento —respondió Sekhmeht con orgullo—. Son duras como el granito y más disciplinadas que un escriba con hemorroides.

En el interior del palacio, la escena era aún más absurda. En la sala del trono, Ramsés, faraón en prácticas, estaba sentado en un taburete, escribiendo furioso una carta.

—¡Ese hitita tramposo! ¡La pelota cruzó la línea! ¡La cruzó! —gritaba mientras el mensajero hitita, agotado, esperaba con un balón de cuero bajo el brazo.

—Señor, mi príncipe dice que fue fuera de juego —dijo el mensajero.

—¡FUERA DE JUEGO TU TÍO! —rugió Ramsés.

Mientras tanto, en el taller de inventos imposibles, el faraón Turutú dormía plácidamente en una hamaca colgada entre dos columnas papiriformes. Roncaba con ritmo de tambor egipcio. A su alrededor había planos de máquinas absurdas: un ventilador solar para camellos, un arpa que afinaba sola, y un prototipo de “pirámide plegable para viajes”.

Tras un baño, comida y un descanso merecido, la familia empezó a notar una ausencia inquietante.

—¿Dónde están Basthet y José? —preguntó Hatetú.

Un sirviente que pasaba por allí se puso blanco.

—Mi señora… el príncipe José lleva todo el día buscándola. La princesa Basthet… ha desaparecido.

El caos estalló como un papiro en llamas.

Anubis, que llevaba horas enfadado con Isis y Parvati, se había refugiado emocionalmente en Keiko. Pero al oír “Basthet ha desaparecido”, algo se activó en su interior. Su nariz se movió. Sus orejas se tensaron. Sus ojos se afilaron.

—Olfato… modo… ON —gruñó.

Y salió disparado como un chacal con cohete.

Corrió por pasillos, escaleras, patios, hasta llegar al taller de inventos imposibles. Allí, bajo una estantería, algo pequeño y peludo salió arrastrándose.

Un gatito. Recién nacido. Minúsculo. Maullando.

Anubis se quedó paralizado. Luego se derritió. Luego se convirtió en el ser más protector del universo.

—Pequeñito… —susurró con voz de algodón.

Detrás llegó Sekhmeht, que al ver otro gatito saliendo de debajo de la estantería, soltó un grito agudo y se enamoró instantáneamente.

—¡ES MÍO! —declaró.

Llegó José, vio dos gatitos… y se desmayó como un saco de papiros mojados.

Keiko llegó después, vio un tercer gatito y lo tomó en brazos con ternura.

—¿Puedo ponerle nombre? —preguntó a Basthet, que en su forma gatuna estaba dando a luz bajo la estantería, agotada pero orgullosa.

—Sí… —maulló Basthet.

Hanwashet, que había llegado jadeando, dijo entre risas:

—Ponle Ari.

—¿Ari? —preguntó Keiko.

—Sí —respondió Hanwashet—. Ari… gato.

Keiko se rió tanto que casi se le cae el gatito.

—Ari Gato… me encanta.

Basthet, bajo la estantería del taller de inventos imposibles, seguía dando a luz. Uno tras otro, seis gatitos diminutos, tibios y maulladores fueron apareciendo como si la estantería fuera una fábrica de peluches mágicos.

Tres hembras. Tres machos. Perfecto equilibrio cósmico felino.

La familia, por supuesto, entró en modo “mercadillo emocional”.

Hatetú, que había empezado la escena con dignidad faraónica, terminó con una gatita en brazos, ojos brillantes y voz de madre primeriza.

—La llamaré… Nefretiri —dijo con solemnidad—. Porque es preciosa, pero también porque me recuerda a mí.

Nadie se atrevió a contradecirla.

Moisés, aún con cara de susto por el desmayo de José, vio un gatito macho que intentaba trepar por su túnica.

—Este… este nos quiere a nosotros —dijo.

Nefru-Luna lo tomó en brazos, lo olió, lo acunó y declaró:

—Se llamará Siroco, porque sopla fuerte y no se está quieto.

El gatito estornudó como si confirmara el nombre.

José despertó del desmayo justo a tiempo para ver a Basthet lamer al sexto gatito.

Se arrastró hasta ella, temblando, con lágrimas en los ojos.

—Mi… mi amor… —susurró—. Son… son nuestros…

Basthet, agotada, le dio un cabezazo cariñoso en la frente.

José no se movió de allí. Ni ese día. Ni el siguiente. Ni el otro.

Días después, ya recuperada, Basthet decidió que el taller de inventos imposibles no era lugar para criar a seis criaturas hiperactivas.

Así que, con la dignidad de una reina y la paciencia de una madre gata, fue transportando uno a uno a los seis pequeñajos hasta el dormitorio de la pareja.

José la seguía detrás como un guardaespaldas enamorado.

La “cuna” improvisada era una cesta enorme forrada con telas suaves, cojines y un par de túnicas de José que Basthet había robado sin pedir permiso.

Los seis gatitos se acomodaron allí como si fueran los dueños del palacio.

Una tarde de domingo, Nefru-Luna tuvo un antojo. Un antojo serio. De esos que no admiten discusión.

—Voy al bazar de los chinos —anunció—. Necesito… algo dulce, algo salado y algo que no sé lo que es hasta que lo vea.

En el bazar, la china cotilla la recibió con una sonrisa que significaba “cuéntame tu vida”.

—¿Cómo familia? —preguntó mientras ordenaba abanicos.

Nefru-Luna suspiró.

—Agotados. Todos. Incluso la tía Sekhmeht. Los seis gatitos tienen más energía que un ejército de chacales con azúcar.

La china abrió mucho los ojos.

—Yo tener primo en monasterio Chong Li, en montaña muy lejos. Primo muy sabio. Él enseñar disciplina, calma, meditación… y kung-fu para bebés gato.

Nefru-Luna parpadeó.

—Pero tardará meses en llegar desde China…

La china negó con la cabeza.

—No, no. Yo mandar WEchat.

—¿We… chat? —preguntó Nefru-Luna.

—Sí, primo WE. Él correr muy rápido.

Nefru-Luna se quedó mirándola, dudando entre si la china estaba de broma o si realmente existía un monje llamado “WE” que corría como el viento.

Pero como estaba cansada, hambrienta y con antojo, simplemente dijo:

—Vale. Que venga tu primo.

La china sonrió como quien acaba de vender un dragón.

Tres días después, cuando la familia imperial empezaba a recuperar el aliento tras el caos gatuno, la china del bazar de la esquina apareció en el palacio.

Entró por la puerta principal como si fuera su casa, con paso decidido y sonrisa de “traigo novedades”. Los guardias no se atrevieron a detenerla: la mujer tenía la autoridad natural de quien vende tupperwares, incienso y calcetines térmicos al mismo tiempo.

—¡Princesa Nefru! —gritó desde el inmenso hall, haciendo eco entre las columnas.

Nefru‑Luna salió a recibirla, con un pañuelo en la cabeza y ojeras de haber pasado tres noches sin dormir por culpa de los seis gatitos hiperactivos.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

La china sonrió con orgullo y se hizo a un lado.

Detrás de ella había cuatro figuras que parecían salidas de una película épica, un videojuego y un monasterio perdido… todo mezclado.

Un hombre altísimo, delgado como un papiro enrollado, con barba y bigotes tan largos que casi le rozaban los pies.
Llevaba un enorme sombrero de mimbre que le cubría cabeza, hombros y parte del ego.
Apoyado en un callado gigantesco, parecía tener mil años… o dos mil.

A su lado, una mujer elegante, vestida con un hanfu antiguo, con un sombrero de mimbre más discreto.
Su mirada era serena, profunda, como si hubiera visto el futuro, el pasado y la lista de la compra de todos los emperadores.

El tercero era un hombre joven, musculoso, vestido con una armadura imperial brillante y una espada tan grande que parecía diseñada para cortar montañas.
Su postura era impecable, su expresión seria, su peinado perfecto.

El cuarto era un hombre pequeño, delgado, vestido con una túnica azafrán. Completamente calvo, con ojos vivaces y pies descalzos. Parecía tranquilo… pero vibraba como si estuviera listo para salir corriendo a la velocidad de un rayo.

La china carraspeó y presentó a su comitiva con solemnidad exagerada:

—Princesa, estos son los parientes de los que os hablé.

Señaló al anciano:

—Mi primo, el monje del monasterio Chong Li, el maestro Chin Gao.

Luego a la mujer:

—Su esposa, la maestra Yan Li Gao, sabia de los Siete Dragones del Lago de la Calma Eterna.

Después al guerrero:

—Su hijo, el gran general imperial Prin Gao, héroe de mil batallas y dos discusiones familiares.

Y finalmente, con un gesto teatral, señaló al monje pequeño y calvo:

—Y este es mi otro primo… el monje que corre más rápido de todo el mundo… el monje WE Chat. El primo WE.

El monje We hizo una reverencia tan rápida que nadie la vio. Solo se escuchó un fiuuuuu.

Nefru‑Luna parpadeó tres veces.

—¿Y… habéis venido a…?

La china sonrió como quien entrega un paquete urgente.

—A ayudar con los gatitos, claro.

La china del bazar terminó de presentar a sus parientes y, como si hubiera activado un hechizo, toda la familia imperial salió al hall atraída por el ruido, las voces y la energía extraña que traían aquellos cuatro personajes.

Primero apareció Hatetú, con su gatita Nefretiri en brazos. Luego Moisés, con Siroco colgando de la túnica. Detrás, Sekhmeht con otro gatito dormido en el hombro. Anubis, con expresión de padre primerizo, llevaba dos más en una cesta. Y José… José venía abrazando a Basthet, que caminaba despacio, aún cansada pero orgullosa de su camada de seis.

Los seis gatitos maullaban como si fueran un coro desafinado.

Los cuatro recién llegados se quedaron mirando aquella escena como si hubieran entrado en un templo sagrado… o en un manicomio.

El anciano maestro Chin Gao dio un paso al frente. Su barba se movió con solemnidad. Su sombrero de mimbre proyectó una sombra mística. Su callado golpeó el suelo con un toc que resonó en todo el palacio.

Cerró los ojos. Respiró hondo. Y habló con voz profunda:

—Veo… caos. Veo… energía desbordada. Veo… seis espíritus jóvenes sin guía. Veo… una familia poderosa, pero desordenada. Veo… emociones cruzadas, tensiones antiguas, amores nuevos, celos, cansancio, confusión… Y un perro‑dios con trauma afectivo.

Anubis abrió la boca para protestar, pero el maestro levantó un dedo y lo silenció sin mirarlo siquiera.

Toda la familia quedó en silencio. El diagnóstico flotaba en el aire como incienso sagrado.

Y entonces, desde el fondo del grupo, se escuchó la voz de José.

Bajita. Murmurada. Con ese tono suyo de psicólogo judeo‑porteño que mezcla cariño, ironía y resignación.

—Pero mirá vos… —dijo—. El viejo este te tira un diagnóstico confunciano y se queda tan pancho. Y yo acá laburando meses con esta familia de locos… La puta madre…

Hatetú lo miró con los ojos muy abiertos. Moisés se atragantó de risa. Nefru‑Luna se tapó la boca. Anubis soltó un bufido que era mitad carcajada, mitad gruñido.

El maestro Chin Gao abrió un ojo. Sonrió con calma milenaria.

—El psicólogo porteño… —dijo—. Interesante energía. Mucho ruido interior. Mucho corazón. Poco silencio.

José se quedó congelado.

—¿Ruido interior? ¿Yo? ¿Silencio? ¿Qué me venís con…?

Pero Basthet le dio un cabezazo suave en el brazo y él se calló al instante.

El monje We Chat, mientras tanto, había desaparecido y reaparecido tres veces en distintos puntos del hall sin que nadie lo viera moverse.

Prin Gao observaba todo con expresión de “esto no lo entrenan en la academia militar”.

Yan Li Gao asentía con serenidad, como si todo tuviera sentido.

La china del bazar sonreía orgullosa, como si hubiera traído la solución definitiva al caos felino‑familiar.

2 respuestas a «Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XX. El Palacio, los Gatitos y la Batalla de Kadesh F.C.»

  1. Avatar de Eva

    No me da la imaginación para tanto personaje, gatitos incluidos! 😂
    El filósofo porteño José me resulta de lo más familiar y esta nueva aparición de la China milenaria va a dar bastante juego, parece…
    Un caos cultural muy divertido, Alfonso, me he echado unas risas.
    Un abrazo

    1. Avatar de alfmartmart

      Muchísimas gracias Evita, guapísima. Un abrazo y feliz fin de semana.

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