La rama de ciruelo que me encontró
A veces la vida te coloca delante pequeños signos que no sabes si son casualidades, ecos o advertencias.
Un libro que aparece donde no lo buscabas, una imagen que despierta un recuerdo dormido, una persona que vuelve como si nunca se hubiera ido.
No son grandes acontecimientos, pero tienen la capacidad de mover algo por dentro, como si una luz tenue proyectara sombras nuevas en la pared. Este texto nace de uno de esos días en los que lo cotidiano se abre y deja ver un hilo secreto que une lo que lees, lo que vives y lo que creías olvidado.
No tenía previsto volver hoy al centro. Era uno de esos trámites que se hacen sin ganas, casi en automático, como quien atraviesa un pasillo demasiado conocido. Pero a veces la ciudad decide por uno.
Caminé por calles que he recorrido mil veces, aunque esta vez no tomé el desvío habitual. No pasé por la calle de ella. No por evitar nada, sino porque necesitaba una fotocopia del DNI y la papelería quedaba un poco más abajo. A veces conviene dejar que los pies elijan.
En una de esas calles secundarias, donde los escaparates parecen hablar en voz baja, está la tienda de segunda mano. Siempre la miro al pasar, aunque sea un instante. Hoy, sin embargo, un cartel me detuvo: “Libros a 50 céntimos.” Tenía tiempo. Y cuando uno tiene tiempo, los objetos se vuelven más valientes.
Entré. El olor a papel viejo, a madera cansada, a historias que ya no esperan a nadie. Me acerqué al estante donde los libros se apilaban sin orden, como si se hubieran rendido. El primero de la pila tenía en la portada una rama de ciruelo en flor. Me quedé quieto. Era casi idéntica a la que ella lleva tatuada en la espalda: la misma curva suave, la misma flor que parece abrirse incluso en invierno. Una imagen que no buscaba, pero que me encontró.
No pensé. Simplemente lo cogí. El título: Tamiko. Un nombre japonés.
Una mujer. Una historia que ya intuía antes de abrir el libro.
No había nada más interesante en la pila, así que pagué los cincuenta céntimos y salí con el libro en la mano, como quien sale con un mensaje que aún no sabe leer.
Mientras esperaba para entregar la documentación, me lancé a los primeros capítulos. También a la biografía del autor, Ronald Kirkbride, de quien jamás había oído hablar. No me sorprendió descubrir que escribió la novela después de una relación con una mujer japonesa. Tampoco que acabara convertida en película. Hay historias que parecen repetirse en distintas épocas, distintos hombres, distintas mujeres. Quizá porque todos buscamos lo mismo: comprender lo que nos descoloca.
Este mes, sin quererlo, he vivido rodeado de señales pequeñas. Una conversación inesperada. Un gesto que no supe interpretar. Una frase que se quedó resonando. Y, sobre todo, una aparición.
Porque la sorpresa es mayúscula cuando te encuentras, de pronto, con alguien que había desaparecido de tu vida. Ella salía de una clínica de senología y ginecología. Me vio. Y antes de que pudiera pensar, me abrazó y me besó como si acabáramos de despertar juntos en la misma cama.
Un instante suspendido. Un calor que no esperaba. Y luego, igual que vino, se fue. Como si el viento que soplaba esa mañana se la hubiera llevado consigo. Como si la rama de ciruelo tatuada en su espalda hubiera florecido solo para ese momento.
Recordé entonces otra novela: Muñecas Chinas, de Lisa See. No es una historia amable. No pretende serlo. Habla de mujeres que viven entre mundos, sí, pero también de algo más duro: de cómo una identidad puede convertirse en una condena cuando la historia decide torcerse.
En el libro, las protagonistas cargan con un peso que no eligieron:
ser hijas de otra cultura en un país que, de pronto, empieza a mirarles como si fueran sospechosas.
Después del ataque japonés a Pearl Harbor, miles de inmigrantes y ciudadanos estadounidenses de origen japonés fueron encerrados en campos de concentración por el simple hecho de parecerse al enemigo.
Vecinos convertidos en amenazas.
Amigos convertidos en sombras.
La vida reducida a un número, a una barraca, a una vigilancia constante.
Lisa See lo narra con una claridad que duele: cómo el racismo puede arrancar a alguien de sus raíces, cómo un país puede volverse contra sus propios hijos, cómo una mujer —sea inmigrante o no— acaba sobreviviendo haciendo cosas que jamás habría imaginado.
Y mientras releía ese capítulo, sentí que algo de esa fragilidad, de esa resistencia silenciosa, también había estado rondando mis días recientes. No por grandes tragedias, sino por esos pequeños gestos que revelan que todos, en algún momento, vivimos entre dos orillas: lo que somos y lo que los demás creen que somos. Lo que mostramos y lo que callamos. Lo que dejamos atrás y lo que nos sigue.
No sé qué significa encontrar este libro hoy.
No sé qué significa este mes lleno de señales discretas.
Pero hay personas que se unen a un símbolo.
Y símbolos que aparecen cuando menos te lo esperas.
A veces se encadenan con otros relatos, como si quisieran darte pistas de algo que aún no sabes descifrar.
Como si la vida fuera un cuento contado con sombras chinescas:
figuras que se mueven, se acercan, se alejan,
y que solo revelan su forma cuando la luz cambia.
Y en medio de esas sombras, siempre vuelve a aparecer la misma rama de ciruelo.
Quizá eso sea todo:
una rama de ciruelo que florece donde menos lo esperas,
una mujer que aparece y desaparece como un soplo,
un libro que te encuentra,
y una historia que se proyecta en la pared como una sombra que intenta decirte algo.
No sé qué significa.
Pero sé que, cuando la luz vuelva a moverse, la sombra también cambiará.


2 respuestas a «La rama de ciruelo que me encontró»
Qué bonita reflexión, me ha gustado mucho leerla y compartir esas emociones que te han originado esos pequeños encuentros que han podido o no ser casuales. También yo creo que la vida te habla a través de señales, a veces tan sutiles que ni tan siquiera las percibimos, porque vamos demasiado deprisa (aquí me incluyó) Ojalá nunca pierdas esa capacidad tuya de darte cuenta, observarlos, e incluso descifrar alguno, lo más difícil.
Que tengas una buena semana, Alfonso, un fuerte abrazo.
Hola, Evita guapísima. Totalmente casuales, ¿sincronizidades? no creo. Sí creo que la «vida», por ponerle un nombre, me está diciendo algo…en fin, ya veremos. Gracias, Eva. Un fuerte abrazo y buena semana.