¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XVIII. Hanuman, el Convoy y la Suegra de Tu Marido

El motor de la moto rugió como un tigre asmático mientras Isis entraba en la India. El aire olía a especias, flores, humo sagrado y un poquito a tráfico caótico.

Isis frenó frente a un templo gigantesco.

—Ay, qué bonito —susurró—. Ay, qué detallado. Ay, ¿por qué este señor tiene doce brazos? ¿No le da tendinitis?

Un yogui doblado en ángulo imposible la miró desde el suelo.

—Bienvenida, diosa.

—¿Estás bien? —preguntó Isis—. ¿Quieres que te llame a un fisio?

—Estoy meditando.

—Ah. Pues parece que te has roto.

El yogui sonrió con serenidad mística. O quizá era dolor. Difícil saberlo.

Isis siguió avanzando, maravillada por cada templo, cada estatua, cada elefante pintado.

—Ay, qué espiritual. Ay, qué exótico. Ay, qué… —se detuvo de golpe—. ¡PARVATI! ¡QUE YO VENÍA A MONTAR UN ESCÁNDALO!

Arrancó la moto con furia divina.

El palacio de Parvati, en la Avenida de Mohenjo Daro 1, era tan exagerado que parecía que varios templos hubieran decidido fusionarse en una orgía arquitectónica:

-Fachadas con miles de figuras talladas, todas en poses imposibles.

-Columnas que parecían serpientes, flores, elefantes y un enchufe gigante.

-Escaleras que subían, bajaban, giraban y volvían a subir sin motivo.

-Un jardín lleno de estatuas que parecían cuchichear entre ellas sobre la moto de Isis.

Isis aparcó y murmuró:

—¿Pero esta mujer vive aquí o en un catálogo de templos de lujo?

Un sirviente salió a recibirla. Llevaba un turbante enorme, impecable, digno de ceremonia.

Isis lo miró horrorizada.

—¿Pero este hombre se estaba lavando el pelo y ha salido con la toalla puesta? ¡Qué falta de respeto! ¡A mí!

El sirviente inclinó la cabeza.

—Bienvenida, diosa Isis. La señora Parvati la espera.

—Pues que espere —dijo Isis, cruzándose de brazos—. Y dile que se compre un secador.

El sirviente parpadeó, confundido, pero asintió con profesionalidad espiritual.

Parvati apareció en lo alto de una escalera infinita, envuelta en un sari que parecía tejido con luz, pétalos y paciencia divina.

Isis la vio y pensó con rabia:

“Qué coraje… es guapísima.”

Parvati sonrió con calma absoluta.

—Isis. Qué sorpresa verte aquí.

—Sí, sorpresa… sorpresa para TI —respondió Isis, bajándose de la moto como si fuera a un duelo del Lejano Oeste.

Parvati bajó los escalones flotando, literalmente flotando.

—¿Qué te trae a mi humilde hogar?

Isis miró alrededor.

—¿Humilde? Esto parece un templo que se comió a otros templos y luego pidió postre.

Parvati inclinó la cabeza.

—Me gusta que tenga personalidad.

—¡Pues yo vengo a montarte un escándalo! —soltó Isis, señalándola con un dedo lleno de glitter.

Parvati suspiró con elegancia.

—¿Por lo de la boda?

—¡SÍ! —gritó Isis—. ¡Por la boda! ¡Por el matrimonio! ¡Por… por… por todo!

Parvati la observó con ternura irritante.

—Isis, querida… ¿te has perdido otra vez?

Isis abrió la boca para gritar, pero se quedó pensando.

—…Puede.

Parvati sonrió.

—Pasa. Te invito a un té. Y luego montas el escándalo que quieras.

Isis frunció el ceño.

—¿Té? ¿Qué clase de trampa espiritual es esta?

—Una muy rica —respondió Parvati—. Con cardamomo.

Isis tragó saliva.

—…Bueno. Pero después grito.

—Por supuesto —dijo Parvati—. Aquí respetamos las tradiciones.

Y entraron juntas al palacio‑templo, una flotando, la otra dejando huellas de moto y glitter por el mármol sagrado.

El palacio‑templo de Parvati olía a incienso, flores frescas y a ese perfume caro que solo usan las diosas que no pagan impuestos. Isis entró con sus botas de motera dejando huellas de barro y glitter por el mármol sagrado.

Parvati la guió hasta una sala llena de cojines, lámparas, estatuas y un elefante que parecía estar juzgándolas.

—Siéntate, Isis —dijo Parvati con una sonrisa que era mitad paz espiritual, mitad “te voy a liar”.

—No me líes —respondió Isis, sentándose—. Que yo he venido a montar un escándalo.

—Claro que sí, cariño. Pero primero… un té.

Parvati chasqueó los dedos y apareció una bandeja con tazas, dulces, especias y un pañuelo bordado que parecía recién planchado por ángeles.

Isis frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Té masala. Te va a relajar.

—¡No quiero relajarme! ¡Quiero gritar!

—Pues gritas después —dijo Parvati, sirviendo el té con movimientos tan elegantes que daban rabia—. Aquí respetamos los procesos.

Isis tomó un sorbo. Y otro. Y otro.

—Está rico —admitió.

—Claro que sí, mi vida —respondió Parvati, con ese tono que usan las gitanas de mercadillo cuando ya te han vendido tres pulseras sin que te des cuenta—. Y hablando de vidas… dame la mano.

—¿Para qué?

—Para leértela.

—¿Leerme la mano? ¡Pero si yo he venido a…!

—Sí, sí, sí, tú monta lo que quieras, pero primero dame la mano, que te veo un aura revuelta.

Isis extendió la mano con desconfianza.

Parvati la tomó, la giró, la acarició, la examinó como si fuera un mapa del metro de Nueva Delhi.

—A ver, a ver… aquí veo… drama.

—Eso ya lo sabía.

—Aquí veo… viajes.

—También.

—Aquí veo… glitter emocional.

—Eso es mío.

—Y aquí… —Parvati frunció el ceño—… aquí veo que no has superado lo de la boda.

Isis se atragantó con el té.

—¡ESO! ¡Eso es lo que venía a decirte! ¡Que cómo te atreves a casarte con mi marido!

Parvati sonrió con una dulzura que daba miedo.

—Ay, Isis… si es que tú te enfadas por todo.

—¡No por todo! ¡Solo por lo importante!

—¿Y por qué no viniste a la boda?

—¡Porque no me invitaste!

—Te mandé un mensajero.

—¡Era un mono!

—Era mi hijo Hanuman.

—¡Pues no me lo tomé en serio!

En ese momento, una risa resonó por el pasillo.

—¿Han hablado de mí?

Apareció Hanuman, el dios mono, saltando por las columnas, riéndose de todo y de todos, robando un dulce, un cojín y un pendiente de Isis en menos de tres segundos.

—¡Eh! ¡Devuélveme eso! —gritó Isis.

—¿Cuál? —preguntó Hanuman, con cinco objetos robados en cada mano.

Parvati suspiró.

—Este niño me tiene loca.

—¿Niño? —dijo Isis—. ¡Si parece que tiene mil años!

—Pues por eso mismo —respondió Parvati—. A ver si madura ya.

Hanuman se colgó de una lámpara, se balanceó, se rió, se tiró al suelo, se levantó, volvió a reírse y salió corriendo con un jarrón sagrado.

—¡HANUMAN! —gritó Parvati—. ¡Eso es del ajuar!

—¡Pues ahora es mío! —respondió él desde el pasillo.

BRRRRRRRRRRRRRRRRMMMMM

Parvati arqueó una ceja.

—¿Esperas visita?

Isis palideció.

—No… —¿Seguro? —Bueno… —¿Isis? —A ver… puede que me estén siguiendo.

Parvati suspiró.

—¿Quién? —Mi familia. —¿Toda? —Toda. —¿La parte tranquila o la parte peligrosa?

—La parte peligrosa. —Ah. Perfecto.

El portón del palacio‑templo se abrió de golpe.

Primero entró el todoterreno manga de Keiko, con banderitas, pegatinas y un Totoro que parecía estar sufriendo un ataque epiléptico por los baches.

Luego la autocaravana antihippies, enorme, ruidosa, con pegatinas de “NO A LOS HIPPIES”, “NO A LOS DRAGONES” y “NO A LOS DRAGONES HIPPIES”.

Detrás, el camello motorizado de Moisés y Nefru‑Luna, que avanzaba haciendo un ruido entre moto vieja y dromedario con sinusitis.

Los sirvientes indios se quedaron petrificados.

Parvati abrió los ojos como platos.

—¿Pero qué… qué… QUÉ es esto?

Keiko bajó del todoterreno como si estuviera en un anime.

—¡MISIÓN RESCATE DE DIOSA EMOCIONAL, FASE TRES!

Anubis saltó detrás, olfateó el aire y ladró hacia Parvati.

Parvati retrocedió un paso.

—¿Ese perro… habla?

Isis suspiró.

—No, pero actúa como si sí.

Sekhmeht bajó con sus mapas, los extendió sobre el suelo del palacio y murmuró:

—Según mis cálculos, estamos en la India.

—¡BRAVO! —gritaron las abuelas antihippies—. ¡UNA GENIA!

Parvati se llevó la mano a la frente.

—¿Y estas señoras quiénes son?

Nefernefer dio un paso al frente.

—Somos el Comando Antihippies del Alto Egipto.

Hapsetsup añadió:

—Y venimos a poner orden.

Parvati parpadeó.

—¿Orden… en mi casa?

—En todas partes —respondieron las dos a la vez.

Moisés levantó la mano.

—¿Dónde está el baño?

Nefru‑Luna sacaba fotos de todo.

—¡Qué bonito! ¡Qué espiritual! ¡Qué exótico! ¡Qué…!

El camello motorizado estornudó y tiró un jarrón sagrado.

—…qué desastre.

Parvati respiró hondo.

—Isis… cariño… ¿esto es normal?

—Más o menos —respondió Isis.

—¿Y por qué han venido?

—Porque yo venía a montarte un escándalo.

—Ah —dijo Parvati—. Claro. Tiene sentido.

Hanuman apareció colgado de una lámpara, riéndose de todos y robando un abanico de Hapsetsup, un pendiente de Nefru‑Luna y el mapa de Sekhmeht.

—¡Eh! ¡Devuélveme eso! —gritó Sekhmeht.

—¿Cuál? —preguntó Hanuman, con diez objetos en cada mano.

Parvati gritó:

—¡HANUMAN! ¡Que eso no es tuyo!

—Ahora sí —respondió él, saltando sobre el Totoro del coche de Keiko.

Keiko gritó como si le hubieran apuñalado el alma.

—¡NO TOQUES A TOTORO!

Hanuman se rió.

—¡TOTORO ES MÍO AHORA!

Parvati se tapó la cara.

—Este niño me va a matar.

Isis murmuró:

—¿Niño? Si tiene mil años.

—Pues por eso —respondió Parvati—. A ver si madura ya.

Y entonces ocurrió.

Una zapatilla atravesó el salón como un misil doméstico, cruzó entre Parvati e Isis, pasó rozando a Keiko, esquivó a Anubis, hizo un giro imposible en el aire…

…y PÁF le dio a Hanuman en toda la nuca.

El dios mono cayó al suelo como un saco de plátanos.

Una voz resonó por todo el palacio:

—¡Si le hubieses dado un zapatillazo cuando era pequeño, ahora no tendrías problemas con ese sinvergüenza!

Parvati se levantó indignada.

—¡Oiga señora! ¿Pero quién es usted y quién se cree para darle un zapatillazo a mi hijo!

—…Mamá.

Tururú apareció entre las columnas, con su moño perfecto, su bolso enorme y la zapatilla aún humeante en la mano.

—La suegra de tu marido… —dijo con orgullo—. ¿Y qué pasa?

Parvati abrió la boca, escandalizada.

—¿La suegra de mi…?

—Sí —dijo Isis, tapándose la cara—. Es mi madre.

—Y vengo a poner orden —añadió Tururú—. Que aquí hay mucho descaro suelto.

Hanuman, desde el suelo:

—¿Puedo levantarme ya?

—¡NO! —gritaron Parvati, Isis, Tururú, Keiko, las abuelas y hasta el camello motorizado.

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