Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XVII.
Persecución Divina por Asia (Con Glitter)
El viento del desierto aún no había terminado de levantar la arena que dejó la moto de Isis cuando ella ya estaba muy lejos, atravesando carreteras, pueblos, montañas y templos sin recordar muy bien por qué había salido de casa.
Al principio sí lo recordaba: Parvati. La India. El escándalo. La venganza divina.
Pero a los veinte minutos de viaje, entre el ruido del motor y el llanto, se le cruzó un monje tibetano, un vendedor de incienso, un búfalo sagrado y un grupo de turistas alemanes que le pidieron una foto.
Y ahí… ahí se le mezclaron las ideas.
Isis frenó en seco frente a un monasterio colgado en la ladera de una montaña.
—¿Qué hacía yo viajando? —preguntó en voz alta.
Un lama anciano la miró con serenidad.
—La búsqueda interior es un camino misterioso.
—¿Interior? —dijo Isis—. Yo iba a montar un escándalo.
—Eso también es un camino —respondió el lama.
Isis suspiró, se secó las lágrimas y entró al monasterio como si fuera lo más normal del mundo.
Durante días —o quizá horas, el tiempo en Asia es raro para las diosas— visitó templos, lamaserías, mercados, festivales, ceremonias, rituales, bodas ajenas y un funeral donde terminó dando un discurso sin saber muy bien a quién despedía.
Cada vez que veía algo nuevo decía: —Ay, qué bonito. —Ay, qué interesante. —Ay, qué espiritual. —Ay, ¿qué hacía yo viajando?
Hasta que un día, mientras meditaba en posición de loto sobre una alfombra que claramente no era suya, abrió los ojos de golpe.
—¡PARVATI! —gritó—. ¡Yo venía a ver a Parvati! ¡A montarle un escándalo!
El monje que meditaba a su lado abrió un ojo.
—¿Escándalo espiritual?
—No —dijo Isis—. Escándalo escándalo.
Y volvió a subirse a la moto.
El convoy avanzaba por una carretera polvorienta que no sabía muy bien si quería ser carretera, camino de cabras o pista de aterrizaje para cigüeñas migratorias. El sol caía a plomo. El aire vibraba. Y el todoterreno manga de Keiko iba en cabeza, con Anubis pegado a la ventanilla como un sabueso profesional… si los sabuesos profesionales llevaran un collar con dibujitos de Totoro.
Keiko conducía con gafas de aviador y expresión de heroína shōnen. Hanwashet iba a su lado, sujetando la katana de mentira como si fuera auténtica.
—Keiko —dijo Hanwashet—, ¿estás segura de que este camino lleva a la India?
—No —respondió ella—. Pero el GPS dice “probablemente”. Y cuando un GPS japonés dice “probablemente”, significa “sí, pero prepárate para sufrir”.
Detrás venía la autocaravana anti‑hippies, enorme, ruidosa y llena de pegatinas que decían cosas como “NO A LOS HIPPIES”, “NO A LOS DRAGONES” y “NO A LOS DRAGONES HIPPIES”. Hatetú conducía con la dignidad de una princesa que intenta no perder la paciencia. Sekhmeht iba de pie detrás de ella, con un mapa desplegado que parecía un cruce entre un papiro, un sudoku y un plano del metro de Tokio.
—A la próxima parada —dijo Sekhmeht—, necesito comparar coordenadas. Este mapa dice que estamos en el Himalaya, pero el paisaje dice que estamos en un descampado.
—¿Y qué dice el mapa de repuesto? —preguntó Hatetú.
Sekhmeht lo abrió.
—Dice que estamos en Cuenca.
—Perfecto —respondió Hatetú—. Vamos bien.
El Comando Antihippies iba detrás, discutiendo sobre si los monjes budistas cuentan como hippies o como funcionarios espirituales.
Y al final del convoy, Moisés y Nefru‑Luna avanzaban en su camello motorizado, que hacía un ruido entre moto vieja y dromedario asmático.
Cada vez que llegaban a un cruce, Keiko frenaba de golpe.
—¡Anubis! ¡Procedimiento estándar!
Anubis saltaba del todoterreno con la solemnidad de un agente secreto. Primero hacía sus cosas. Luego olfateaba el aire. Luego olfateaba el suelo. Luego olfateaba una piedra que no tenía nada que ver. Y finalmente ladraba tres veces hacia una dirección concreta.
—Dice que Isis pasó por ahí —tradujo Keiko, como si fuera lo más normal del mundo.
La autocaravana frenaba detrás. Sekhmeht bajaba con sus mapas, los extendía sobre el capó, los miraba, los giraba, los sacudía, los volvía a mirar.
—Coincide —decía siempre, aunque nadie sabía con qué.
Hatetú asentía con gravedad.
—Perfecto. Seguimos el rastro.
El Comando Antihippies levantaba los puños.
—¡OPERACIÓN ANTI‑DIOSA DE LA YAKUZA, FASE DOS!
—¿Cuál es la fase dos? —preguntó Moisés desde el camello motorizado.
—No lo sabemos —respondieron las abuelas—. Pero suena importante.
En el cuarto cruce del día, Anubis se detuvo de golpe. Olfateó. Gruñó. Ladró. Y luego empezó a excavar frenéticamente.
Keiko se arrodilló a su lado.
—¿Qué encontraste, mi amor perruno?
Anubis sacó algo del suelo.
Un pañuelo.
Un pañuelo rojo.
Con bordados dorados.
Y con un olor inconfundible a incienso, perfume caro y drama divino.
Hatetú lo reconoció al instante.
—Es de Isis —susurró—. Es su pañuelo de “voy a montar un escándalo”.
Sekhmeht lo tomó con cuidado.
—Esto confirma que vamos bien. Y que Isis está… emocional.
—¿Cuándo no está emocional? —preguntó Nefru‑Luna.
—Cuando duerme —respondió Hatetú—. Y a veces ni eso.
Keiko guardó el pañuelo en su cuaderno manga‑detective.
Keiko guardó el pañuelo en su cuaderno manga‑detective.
—Esto es una pista de nivel 3 —dijo con solemnidad—. Según los mangas, cuando una diosa deja un pañuelo rojo, significa que está entrando en territorio peligroso.
Hanwashet tragó saliva.
—¿Peligroso para ella?
—No —respondió Keiko—. Para los demás.
El convoy apareció por la carretera como una visión apocalíptica: primero el todoterreno manga de Keiko, lleno de pegatinas, banderitas y un Totoro que rebotaba con cada bache; luego la autocaravana anti‑hippies, enorme como un templo móvil; y finalmente el camello motorizado, que avanzaba haciendo un ruido entre moto vieja y dromedario con alergia.
El pueblo era pequeño, tranquilo, silencioso. Hasta que los vieron llegar.
Un anciano dejó caer una cesta de verduras. Un niño señaló al Totoro del retrovisor y gritó algo que sonó a “¡monstruo feliz!”. Un grupo de monjes se quedó petrificado. Un perro local huyó al ver a Anubis, que lo miró con cara de “no te metas conmigo, soy literalmente el dios de esto”.
Keiko frenó en la plaza central.
—¡Equipo! ¡Parada estratégica! —anunció como si estuviera en un anime.
Anubis saltó del todoterreno, olfateó el aire y se dirigió directamente hacia un puesto de comida callejera.
—¿Dice que Isis estuvo aquí? —preguntó Hanwashet.
—No —respondió Keiko—. Dice que huele a pollo frito. Pero es un comienzo.
La autocaravana aparcó detrás, ocupando media plaza y parte de un templo. Las abuelas antihippies bajaron en formación, con sus bolsos, sus abanicos y su actitud de “aquí mandamos nosotras”.
Hatetú suspiró.
—Por favor, comportaos. Estamos en un país extranjero.
—¿Y qué? —dijo Tururú—. Ellos también son extranjeros para nosotras.
Sekhmeht bajó con sus mapas, los extendió sobre el suelo y empezó a compararlos con la arquitectura del pueblo.
—Según este mapa —dijo—, aquí debería haber un lago.
—Sekhmeht —respondió Hatetú—, eso es un gallinero.
—Entonces el mapa está mal —concluyó ella—. O el gallinero está en huelga.
De pronto, Anubis dejó de olfatear comida. Se quedó quieto. Muy quieto. Con la cola en posición de “alerta divina”.
Luego caminó hacia un callejón estrecho, olfateó una pared, gruñó y ladró tres veces.
Keiko abrió su cuaderno manga‑detective.
—Tres ladridos… eso significa “peligro moderado con tendencia a drama”.
Hatetú se acercó.
—¿Qué hay ahí?
En la pared había un cartel escrito en un idioma local, pero alguien —claramente Isis— había garabateado encima con un pintalabios rojo:
“VOLVERÉ. ESTOY EN UNA MISIÓN. NO TOQUÉIS MIS COSAS.”
Tururú se llevó la mano al pecho.
—¡Es su letra! ¡Y su pintalabios de guerra!
Sekhmeht examinó el mensaje.
—La caligrafía indica prisa, estrés y… —frunció el ceño—… ¿glitter?
—Sí —dijo Hatetú—. Cuando Isis está emocional, brilla.
Keiko tomó nota frenéticamente.
—Esto es una pista de nivel 4. Según los mangas, cuando una diosa deja un mensaje con pintalabios, significa que está entrando en territorio de jefes finales.
Hanwashet tragó saliva.
—¿Jefes finales como… Parvati?
—O peor —respondió Keiko—. Jefes finales con moto
Mientras tanto, el pueblo entero se había reunido alrededor del convoy.
Un monje tocaba una campana para “espantar la energía caótica”. Un vendedor de té intentaba ofrecer muestras gratis a las abuelas, que respondían:
—¿Esto tiene flores? ¿Esto es hippie? ¿Esto relaja demasiado?
Moisés intentaba explicar el camello motorizado a un grupo de niños.
—No, no es un monstruo. No, no muerde. No, no vuela. Bueno… a veces salta.
Nefru‑Luna sacaba fotos de todo.
—¡Qué bonito! ¡Qué espiritual! ¡Qué exótico! ¡Qué…!
El camello motorizado estornudó y tiró un puesto de verduras.
—…qué desastre.
Sekhmeht volvió a desplegar sus mapas sobre el capó de la autocaravana.
—Según mis cálculos —dijo—, Isis pasó por este pueblo hace unas horas. Y se dirigió hacia el este.
—¿Estás segura? —preguntó Hatetú.
Sekhmeht señaló el mensaje de pintalabios.
—Dice “volveré”. Eso significa que se fue. Y si se fue, tuvo que elegir una dirección. Y si eligió una dirección, fue una de las cuatro. Y si fue una de las cuatro, estadísticamente… —hizo una pausa—… fue el este.
Hatetú parpadeó.
—No entiendo tu lógica.
—Yo tampoco —respondió Sekhmeht—. Pero funciona.
Keiko levantó el puño.
—¡Rumbo al este! ¡A la siguiente pista! ¡A la siguiente aventura!
Anubis ladró con entusiasmo.
El pueblo entero suspiró de alivio al ver que se iban.


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