Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XI.
El amanecer en que todo empezó a desbordarse
El sol apenas asomaba por encima de las palmeras del palacio cuando José abrió los ojos con esa lentitud de quien todavía está negociando con el sueño. A su lado, Basthet dormía hecha un ovillo, literalmente: rodillas recogidas, manos bajo la mejilla, respiración suave… y una cola gris plateada que asomaba por debajo de la sábana, moviéndose como un metrónomo nervioso.
José parpadeó.
—No… no puede ser… —susurró, frotándose los ojos.
La cola seguía ahí.
Y no solo eso: cada vez que Basthet exhalaba, el ronroneo hacía vibrar la cama, la mesita de noche y un jarrón que llevaba tres mil años sin moverse.
—Che… mi amor… ¿estás bien? —preguntó José, con esa voz porteña que se le escapaba cuando estaba nervioso.
Basthet abrió un ojo. Un ojo verde, brillante, felino. El otro tardó un poco más, como si necesitara permiso.
—Mmm… tengo sueño —murmuró ella, estirándose.
El estiramiento fue tan felino que José tuvo que hacerse a un lado para no recibir una patada acrobática en la cara.
—¿Te… te sentís rara? —preguntó él, tragando saliva.
—No —respondió ella, mientras se incorporaba con un salto que habría dejado boquiabierto a cualquier acróbata del Circo del Sol—. Solo tengo hambre. Mucha hambre. Muchísima hambre. ¿Tenés algo crujiente? ¿O un ratón?
José se quedó blanco.
—¿Un… qué?
—Nada, nada —dijo Basthet, sacudiendo la mano—. Cosas mías.
En ese momento, la puerta se abrió apenas unos centímetros. Isis y Hatetú asomaron la cabeza como dos inspectoras del amor ajeno.
—¿Todo bien por acá? —preguntó Isis, con sonrisa sospechosa.
—¿Durmieron? —añadió Hatetú, con sonrisa aún más sospechosa.
José señaló la cola de Basthet sin decir palabra.
Isis y Hatetú se miraron.
Se taparon la boca. Y retrocedieron un paso como si acabaran de ver una profecía cumplirse.
—Ay, no… —susurró Isis.
—Ay, sí… —respondió Hatetú.
Pero antes de que pudieran decir algo más, un estruendo sacudió el pasillo. Un mensajero divino —con alas torcidas, casco torcido y expresión de “me mandaron a mí porque nadie más quiso venir”— apareció tambaleándose.
—Traigo un mensaje —anunció, intentando recuperar la dignidad.
Desenrolló un papiro. Lo leyó con voz solemne, aunque se le quebraba un poco por el esfuerzo:
“La luna se hincha,
la gata se esconde,
el linaje se multiplica.”
desapareció por el pasillo, chocando con dos columnas en el camino.
José quedó petrificado. Basthet se acurrucó de nuevo, ronroneando como si nada. Isis y Hatetú se miraron con los ojos muy abiertos.
—Esto… esto ya empezó —dijo Isis.
—Y no hay vuelta atrás —añadió Hatetú.
José tragó saliva.
—Che… ¿qué… qué significa eso?
Isis y Hatetú hablaron al mismo tiempo:
—Nada. —Todo. —Después te contamos. —O no.
Y cerraron la puerta.
José se dejó caer en la cama, mirando a Basthet, que ahora estaba intentando esconder bajo la almohada una colección de objetos brillantes que no tenía la noche anterior.
—Ay, Dioses… —murmuró José—. Esto se me va de las manos.
Basthet ronroneó.
La cola se movió…
El barco fenicio atracó en el puerto de Gibraltar con un chirrido que hizo temblar hasta a los delfines. Nefru‑Luna bajó la pasarela con paso firme, túnica ondeando al viento, mirada de “vengo a reconstruir un imperio”. Moisés la seguía cargando una mochila llena de incienso, pergaminos y un par de piedras energéticas que él insistía en que “traían buena vibra”.
El puerto era un caos organizado: griegos regateando, cartagineses discutiendo, romanos tomando notas para futuros impuestos, y tartésicos mirando todo con calma porque, total, aquello les convenía.
Y en medio de ese bullicio, un hombre levantó la mano.
Un fenicio. Pero no un fenicio cualquiera.
Este llevaba túnica impecable, sandalias brillantes, un broche de oro… y hablaba con un acento que no era del Mediterráneo, sino de la alta sociedad de Londres.
—Good afternoon, madam… mister… —dijo inclinando la cabeza—. Welcome to Gibraltar. My name is Hanno of Tyre… but you may call me Henry.
Nefru‑Luna parpadeó.
—¿Henry?
—Quite. Es más… internacional.
Moisés sonrió, encantado.
—Mucho gusto, Henry. Nosotros venimos a…
—Sí, sí, sí, sí… —lo interrumpió Henry con un gesto elegante—. I’ve read your proposal. Resorts, villas, spiritual retreats, casinos cuánticos… very ambitious. Very… Vegas del Sinaí, indeed.
Nefru‑Luna se irguió, orgullosa.
—Exacto. Y necesitamos financiación.
Henry juntó las manos como si estuviera evaluando un caballo de pura sangre.
—Well… I might be interested. Pero antes de hablar de negocios, queridos míos, hay algo que debemos hacer.
—¿Qué cosa? —preguntó Moisés.
Henry sonrió con esa sonrisa británica que mezcla cortesía con superioridad ancestral.
—Tea. El té de las cinco. At the Gibraltar Polo & Trade Club.
Nefru‑Luna abrió los ojos.
—¿Polo? ¿Aquí?
—Of course. Los griegos juegan fatal, los cartagineses hacen trampas, los romanos se creen árbitros… pero el té es excelente.
Moisés levantó la mano tímidamente.
—¿Y… y si no nos gusta el té?
Henry lo miró como si hubiera dicho que no creía en la gravedad.
—My dear Moses… El té no se gusta. Se respeta.
Nefru‑Luna dio un codazo a Moisés.
—Vamos. Si este hombre tiene dinero, yo me tomo hasta el agua del florero.
Henry aplaudió una vez, suave.
—Splendid. Síganme, por favor.
Y los condujo por la avenida principal de Gibraltar, donde se mezclaban columnas fenicias, tiendas griegas, puestos romanos y un cartel enorme que decía:
“GIBRALTAR FREE TRADE FACTORY — Aquí todo se compra, todo se vende, todo se negocia.”
Mientras caminaban, Henry les hablaba sin parar:
—You know… Los tartésicos protestan poco. Son gente tranquila. Mientras haya comercio, están felices. Very civilized.
Nefru‑Luna sonrió.
—Me gusta este lugar.
Moisés también sonrió.
—Yo también. Tiene buena vibra.
Henry lo miró de reojo.
—Yes… quite. Aunque la vibra no paga las facturas, ¿verdad?
Nefru‑Luna se adelantó.
—No se preocupe, Henry. Después del té, le voy a mostrar un proyecto que va a hacer historia.
Henry levantó una ceja.
—Oh, I do hope so. Porque en Gibraltar… solo financiamos lo extraordinario.
Y así, entre acento británico, túnicas fenicias y sueños de resorts, comenzó la aventura empresarial más absurda del Mediterráneo…
La Gran Pirámide se alzaba frente a ellos como un gigante dormido. Keiko ajustó su mochila —que era casi más grande que ella— y miró la entrada con ojos brillantes.
—¡Hanwaset! ¡Mira! ¡Mira qué increíble! —dijo con ese entusiasmo de heroína manga que podía iluminar un templo entero.
Hanwaset, en cambio, estaba sudando.
—Keiko… ¿estás segura de que… de que esto es buena idea?
—¡Sí! —respondió ella sin dudar—. ¡Las mejores aventuras empiezan con una mala idea!
Anubis, que los acompañaba, movía la cola como un ventilador. Estaba tan emocionado que parecía a punto de cavar un túnel él solo.
Entraron por un pasadizo estrecho, iluminado por antorchas que Keiko había encendido con sorprendente habilidad.
—¿De dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó Hanwaset.
—De un anime —respondió ella, muy seria.
Avanzaron hasta una sala donde las paredes estaban cubiertas de jeroglíficos. Keiko los miró, fascinada.
—Esto… esto no está en ningún mapa —susurró.
Hanwaset tragó saliva.
—Keiko… ¿y si… nos vamos?
Pero Keiko ya estaba tocando un relieve en la pared. Un relieve que tenía forma de gato.
—¡Mirá, Anubis! ¡Un gatito!
Anubis ladró, feliz.
Hanwaset levantó las manos.
—Keiko, por favor, no toques…
Demasiado tarde.
Un clic resonó en la sala. Luego un rumble. Luego un crack.
La pared empezó a moverse. Lentamente. Majestuosamente. Como si hubiera estado esperando miles de años a que una chica manga la tocara.
—¡Ay no!… —murmuró Hanwaset.
—¡Ay sí !—respondió Keiko, con los ojos brillando como dos soles.
La pared se abrió por completo, revelando una cámara inmensa, iluminada por un resplandor dorado que parecía venir de todas partes y de ninguna.
Keiko dio un paso adelante.
—Hanwaset… ¿sabes qué es esto?
—¿Una trampa mortal? —aventuró él.
—¡No! ¡Es… es…!
Keiko se llevó las manos a la boca.
—¡Una biblioteca! ¡Una biblioteca gigantesca! ¡Antiquísima! ¡Llena de papiros, tablillas, mapas, códices! ¡Ay, por los dioses, Hanwaset, esto es… esto es…!
—¿Peligroso? —insistió él.
—¡No, tonto! ¡ESTOY VIENDO COSAS MARAVILLOSAS! —gritó ella, entrando corriendo.
Anubis la siguió, dando saltitos de emoción.
Hanwaset suspiró y entró también, resignado.
La cámara era un tesoro. Estatuas, cofres, instrumentos, artefactos que nadie había visto en milenios. Pero lo que más llamó la atención de Keiko fue un estante lleno de papiros sellados con un símbolo extraño: un círculo, una espiral y un rayo.
—Hanwaset… este símbolo…
—¿Qué pasa?
Keiko tomó uno de los papiros. El sello se deshizo al tocarlo.
—Este símbolo… es el mismo que aparece en los relatos del Gran Creador.
Hanwaset abrió los ojos.
—¿Qué dice el papiro?
Keiko lo desenrolló con cuidado.
Sus ojos se agrandaron.
—Hanwaset… esto… esto es un secreto. Un secreto enorme. Un secreto que… que podría cambiarlo todo.
Anubis gimió, inquieto.
Keiko tragó saliva.
—Tenemos que llevar esto al palacio. ¡Ya!
Y así, sin saberlo, Keiko acababa de abrir la puerta a lo desconocido…
El palacio amaneció tranquilo. Demasiado tranquilo.
José caminaba por el pasillo con una bandeja de frutas, pan y una jarra de agua, murmurando para sí mismo como un hombre que intenta convencerse de que todo está bajo control.
—Tranquilo, José… todo bien… todo normal… solo… solo está un poquito rara… nada grave… nada serio… nada que un psicólogo judeo‑porteño no pueda manejar…
Y entonces se oyó un sonido.
Un sonido que heló la sangre de José.
—BLERGH.
José se quedó quieto. Muy quieto. Como si el universo hubiera apretado el botón de pausa.
—Ay no… —susurró—. No… no puede ser…
Entró corriendo a la habitación.
Basthet estaba inclinada sobre una vasija, vomitando con la dignidad de una diosa que intenta no perder la compostura mientras su cuerpo hace lo que quiere.
—Mi amor… ¿estás bien? —preguntó José, pálido como un papiro sin tinta.
Basthet levantó la mano, pidiendo silencio, y volvió a vomitar.
José dejó caer la bandeja. Las frutas rodaron por el suelo como si también estuvieran asustadas.
—¡Che… che… che… esto… esto no es normal… !—balbuceó—. ¡Esto es… esto es… esto es grave!
En ese momento entraron Isis y Hatetú, cada una con una sonrisa que mezclaba ternura, experiencia y un poquito de malicia.
—Ay, por favor, José… —dijo Isis—. No seas dramático.
—Los hombres siempre hacen lo mismo —añadió Hatetú, cruzándose de brazos—. Ven a una mujer vomitar y creen que el mundo se acaba.
Basthet, con la cara enterrada en la vasija, levantó un dedo en señal de acuerdo.
José abrió los brazos, desesperado.
—¡Pero está vomitando! ¡Mucho! ¡Muchísimo! ¡Como si hubiera comido un camello entero!
Isis se acercó a Basthet y le acarició la espalda.
—Mi niña… ¿cómo te sientes?
—Mareada… —murmuró Basthet—. Y con hambre otra vez.
Hatetú sonrió.
—Eso es normal, querida. Muy normal.
José dio un paso atrás.
—¿Normal? ¿NORMAL? ¿Qué tiene de normal que mi novia vomite al amanecer, coma como un ejército y ronronee cuando se enoja?
Isis y Hatetú se miraron. Y luego miraron a José con esa expresión que solo tienen las mujeres que ya han visto este espectáculo mil veces.
—José… —dijo Isis, con voz suave—. Mi amor… estás por ser padre.
José parpadeó.
—¿Qué?
Hatetú asintió, muy seria.
—Padre.
Papá.
Progenitor.
El que sostiene la cabeza del bebé mientras la madre duerme.
Ese.
José abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir. Y se desmayó.
Basthet lo miró desde el suelo, todavía abrazada a la vasija.
—¿Está bien?
Isis suspiró.
—Sí, hija. Está haciendo lo que hacen todos los hombres cuando van a ser padres por primera vez.
Hatetú completó:
—No saben si salir corriendo, morirse del susto o ponerse a llorar.
Basthet sonrió, agotada pero feliz.
—Voy a ser mamá…
Isis la abrazó.
—Sí, mi niña. Y vas a ser una mamá maravillosa.
Hatetú se unió al abrazo.
—Y nosotras… nosotras vamos a ser abuelas.
Las tres se quedaron así, en un abrazo cálido, mientras José seguía desmayado en el suelo, con una manzana rodando lentamente hasta su mano.
Basther terminó de vomitar con un ronroneo suave, un suspiro de ilusión… y el primer temblor del caos que estaba por venir.


2 respuestas a «Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XI. El amanecer en que todo empezó a desbordarse»
Muchos hilos abiertos y una galería de personajes sorprendente y tierna (el chacal Anubis se ha convertido en un tierno cachorrito…) me lo estoy pasando muy bien con esta locura a la que no le falta ni un Englishman tomando el tea o’clock 😁
A ver adónde nos llevas… enhorabuena por esta historia tan surrealista y divertida, Alfonso, un fuerte abrazo.
Muchísimas gracias, Evita…ni yo sé que rumbo tomará esto, como en todo lo que escribo los personajes tienen su vida propia…un fuerte abrazo y buen fin de semana.