¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XII.

El papiro, el cisne y el yate de los dioses

El palacio amaneció con un silencio extraño.

No era un silencio normal.

Era un silencio de esos que parecen decir: “Hoy pasa algo.”

Basthet se despertó con un ronroneo involuntario.

No un ronroneo suave. No.

Un ronroneo cósmico, profundo, como si tuviera un enjambre de gatitos cantando mantras dentro del pecho.

José, que dormía a su lado, abrió un ojo. Luego el otro. Luego se incorporó como si hubiera oído una explosión.

—¿Qué fue eso?

Basthet se tapó la boca.

—Creo que… fui yo.

José palideció.

—¿Vos? ¿Así? ¿De golpe? ¿Sin aviso? ¿Sin prólogo?

Basthet asintió, avergonzada.

—Es que… me vibró todo.

José se levantó de un salto.

—¡Isis! ¡Hatetú! ¡Vengan ya! ¡Algo pasa!

Isis apareció en la puerta con una taza de té. Hatetú detrás, comiendo dátiles.

—Ay, José… —dijo Isis—. ¿Otra vez?

—Che ¿Qué “otra vez”? —preguntó él, indignado—. ¡Mi novia está vibrando como un tambor sagrado!

Hatetú se acercó a Basthet, le puso una mano en la frente y sonrió.

—Está bien, hija. Es normal. Son los primeros temblores.

José abrió los brazos, desesperado.

—¿Temblores de qué quilombo?

Isis y Hatetú se miraron con esa complicidad insoportable de las mujeres que ya lo saben todo.

—De maternidad —dijo Isis.

—De destino —añadió Hatetú.

—De caos —susurró Basthet, emocionada.

José se agarró la cabeza.

—Ay, por favor… yo no estoy preparado para esto.

Isis le dio una palmadita en el hombro.

—Ningún hombre lo está, José. Ni los humanos, ni los dioses…

Hatetú remató:

—Tu solo respira. Y no te desmayes otra vez, que ya cansa.

José se sentó en el suelo, derrotado.

—Yo… yo solo quería una vida tranquila.

Basthet lo miró con ternura.

—Y la vas a tener, mi amor.

Isis y Hatetú se rieron al mismo tiempo.

—Sí, claro —dijo Isis.

—Tranquilísima —añadió Hatetú.

Y en ese momento, un gato del palacio entró corriendo, se subió a la cama, miró a Basthet fijamente y maulló tres veces.

Isis frunció el ceño.

Hatetú dejó de masticar.

José tragó saliva.

Basthet susurró:

—Creo que… esto acaba de comenzar.

La cámara secreta olía a polvo antiguo, a incienso apagado y a algo más… algo que solo Anubis parecía detectar.

El dios‑chacal llevaba diez minutos olfateando cada rincón, cada grieta, cada columna, como si buscara un fantasma.

Keiko, con una antorcha en la mano, avanzaba despacio. Hanwaset, detrás de ella, intentaba no pisar nada que pudiera activar otro mecanismo.

—Keiko… —susurró él—. ¿Estás segura de que deberíamos estar aquí?

—No —respondió ella—. Pero tampoco deberíamos haber encontrado la cámara. Y míranos.

Anubis estornudó.

Un estornudo divino, seco, que hizo temblar el polvo del techo.

—Eso no es buena señal —dijo Hanwaset.

Keiko se acercó al pedestal central. Encima había un papiro enrollado, sujeto por un sello de oro con forma de ojo.

Un ojo que parecía mirarlos.

—Hanwaset… —dijo Keiko, tragando saliva—. Este sello… es anterior a la dinastía cero.

—¿Anterior a qué?

—A todo.

Hanwaset se quedó quieto.

—Keiko… no lo abras.

Ella lo abrió.

El papiro se desenrolló con un susurro que sonó como un suspiro del pasado.

Keiko leyó.

Hanwaset miró por encima del hombro.

Anubis dejó de olfatear.

Silencio.

Un silencio tan profundo que parecía absorber la luz.

—Keiko… —dijo Hanwaset, pálido—. Esto… esto no puede ser verdad.

Keiko cerró el papiro con manos temblorosas.

—No podemos guardárnoslo. No podemos.

—Pero tampoco podemos contarlo así como así —dijo Hanwaset—. Si esto es cierto… cambia todo. La historia. La mitología. El linaje. El destino.

Anubis se sentó frente a ellos, muy serio, como si entendiera cada palabra.

Keiko respiró hondo.

—Solo hay una persona a la que podemos contárselo.

Hanwaset asintió.

—¡A tú madre,Hatetú!

Keiko miró el papiro, lo guardó contra su pecho y dijo:

—Y que los dioses nos protejan cuando se entere.

Anubis ladró una sola vez.

Como si dijera: “Sí. Más vale que os protejan.”

El despacho de José estaba en penumbra, iluminado por una lámpara de aceite que hacía sombras temblorosas en las paredes.

Basthet dormía hecha un ovillo en su regazo, en forma de gata, tan embarazada que parecía una luna llena con bigotes.

José, acostumbrado ya a esta costumbre felina, acariciaba su lomo sin pensar, mientras revisaba unos papiros de pacientes.

—Bien… —dijo, sin levantar la vista—. ¿Qué le preocupa hoy, señor Gran Creador?

El Gran Creador del Cielo y la Arena se removió en la silla. Tenía la expresión de alguien que está a punto de confesar algo que lleva milenios evitando.

—José… necesito hablar de… ella.

—¿Ella quién? ¿Isis?

—La griega.

Basthet abrió un ojo. Solo uno. Pero ese ojo decía: ¿cómo que la griega?

José siguió escribiendo.

—Ajá… ¿y qué pasó con la griega?

El Gran Creador carraspeó.

—Bueno… verás… yo… me transformé en cisne.

Basthet abrió el segundo ojo. Muy lento. Muy felino. Muy peligroso.

José levantó la cabeza.

—¿En cisne? ¿Para qué?

El Gran Creador bajó la mirada.

—Para… seducirla.

Basthet levantó la cabeza del regazo de José como un periscopio. Los ojos verdes brillaban como dos cuchillas.

José tragó saliva.

—¿Seducirla… en forma de cisne?

—Sí —dijo el Gran Creador—. Fue una época complicada.

Basthet saltó al escritorio de un brinco. Aún en forma de gata, pero con una expresión que anunciaba tormenta.

—Papá…

El Gran Creador cerró los ojos.

—Ay no…

Basthet se transformó en humana en un parpadeo, con la barriga enorme, el pelo revuelto y una indignación que podía mover pirámides.

—¡PAPÁ! Desde que era una niña escuché esa historia y nunca me la creí porque siempre fuiste mi papuchi preferido… ¡pero ahora me das ASCO!

José se deslizó lentamente hacia atrás en su silla.

—Ay, no… otra vez no…

El Gran Creador levantó las manos.

—Hija, por favor… era joven, impulsivo, poderoso…

—¡Y un degenerado! —gritó Basthet—. ¿Cómo pudiste hacerle eso a mamá?

—¡Tu madre no lo sabía! —protestó él.

—¡¿Y eso lo hace mejor?! —Basthet golpeó la mesa—. ¡Papá, por favor!

José intentó intervenir.

—Bueno, quizá podríamos…

—¡Cállate, José! —dijeron padre e hija al mismo tiempo.

José se hundió en la silla.

—Perfecto… genial… yo solo soy el psicólogo…

El Gran Creador se levantó.

—Mirá, Basthet, si estás así de sensible por el embarazo, anda a discutir con tu hermana mayor, Sekhmet.

Basthet puso los ojos en blanco.

—¿Con esa machirula? Papá, por favor… si parece un culturista. Todo el día en mallas, en el gimnasio, levantando piedras…parece hija del Iñaki*… No, gracias.

El Gran Creador suspiró.

—Entonces déjame en paz.

Basthet cruzó los brazos.

—Bueno… te dejo en paz si me prestas tu yate este fin de semana.

José se atragantó.

—¿Qué?

El Gran Creador frunció el ceño.

—¿Y por qué no usas el yate de tu madre?

Basthet bufó.

—Ay, papuchi… el yate de mamá es muy soso. No sirve para hacer fiestas. Tu yate sí sirve para hacer fiestas. Y ahora entiendo por qué… ¡ASQUEROSO!

El Gran Creador se tapó la cara.

—Vale, vale… ¡coge mi yate!

Basthet sonrió como una diosa satisfecha.

—¡Gracias, papi!

José levantó una mano temblorosa.

—¿Fiesta? ¿En tu estado?

Basthet le acarició la mejilla.

—Ay, mi amor… este fin de semana no contéis conmigo ninguno de los dos. Me voy a Marbella. Y luego a Puerto Banús a comprar algunas cositas para cuando nazcan los bebés.

José se puso blanco.

—¿Los… bebés?

Basthet asintió, radiante.

—Sí, cariño. Los bebés. Y los productos para bebés que hacen los tartésicos con sus antiguas fórmulas atlantes son los mejores del Mediterráneo.

José se desmayó.

Otra vez.

El Gran Creador suspiró.

—Hija… por favor… no me metas en líos con tu madre.

Basthet ya estaba recogiendo su bolso.

—Tranquilo, papuchi. Si me prestas el yate… yo no digo nada.

El Gran Creador se hundió en la silla.

—Estoy criando monstruos…

Basthet sonrió.

—No, papá. Estás criando gatitos.

Y salió del despacho con la dignidad de una reina embarazada que se va de fiesta a Marbella.

El sol caía sobre Gibraltar con ese brillo blanco que hace que todo parezca más caro de lo que es.

Moisés y Nefru‑Luna caminaban detrás de Henry, el fenicio británico, que avanzaba con paso elegante y una taza de té en la mano, como si fuera inmune al calor.

—Henry, querido —decía Nefru‑Luna—, hoy sí que traemos el proyecto definitivo. El resort que cambiará la historia del turismo mediterráneo.

—Ajá —respondió Henry, sin mirar atrás.

Moisés cargaba un maletín enorme lleno de planos. Cada vez que tropezaba, sonaba como si dentro hubiera ladrillos.

Llegaron al muelle. Allí, varios fenicios empleados de Henry esperaban con tablillas y expresión de “¿qué nos van a vender ahora?”.

Nefru‑Luna abrió el maletín con un gesto teatral.

—¡Tachán!

Los fenicios se inclinaron para ver.

Silencio.

Uno murmuró:

—Esto… ¿es una pirámide con jacuzzi?

Otro:

—¿Y esto? ¿Un spa flotante con forma de camello?

Un tercero:

—¿Y por qué hay un parque acuático con esfinges que escupen vino?

Nefru‑Luna sonrió orgullosa.

—¡Porque somos visionarios!

Henry suspiró.

—Bueno… los inversores quieren ver “experiencias de lujo egipcio auténtico”. Algo que puedan vender a los romanos, a los griegos, a los cartagineses… ya sabéis.

Moisés asintió.

—Claro, claro. Auténtico. Como Sodogomorra.

Henry lo miró con compasión.

—Sí… bueno… algo así.

Justo entonces, un estruendo interrumpió la reunión.

—¿Qué es eso? —preguntó Moisés.

Henry se giró con calma británica.

—Ah, eso. La persecución diaria.

En el mar, una embarcación pequeña avanzaba a toda velocidad, cargada de fardos sospechosos. Detrás, una galera romana llena de legionarios gritaba:

—¡¡Mohaaaa!! ¡¡Te dijimos que no podías volver a vender eso!! ¡¡Te vamos a coger otra vez!!

Nefru‑Luna abrió los ojos como platos.

—¿Pero qué está pasando?

Henry bebió un sorbo de té.

—Ese es Moha. Traficante local. Lo han detenido unas tres mil veces.

—¿Tres mil? —preguntó Moisés.

—Sí. Pero el pretor nunca lo condena. Cada vez que lo llevan ante él, Moha le silba una cancioncilla muy pegadiza… ya sabéis… esa de La vida de Brian… la del final…

la de “mirar siempre el lado brillante de la vida”.

Nefru‑Luna se tapó la boca.

—No…

Henry asintió.

—Sí. Esa misma. El pretor se derrite, se ríe, y lo deja libre.

En el mar, los legionarios alcanzaron la barca de Moha. Lo subieron a bordo mientras él silbaba alegremente.

Nefru-Luna, al ver como los romanos trataban a su detenido, ella activista de…todo… se llegó corriendo al centurión, un hombre mayor, curtido por mil campañas, protestando por los derechos del detenido y que aquello era violencia imperial…

Los legionarios del mar sorprendidos por la irrupción de Nefru-Luna se despistaron y dejaron libre «al Moha»…

El centurión, con el temple que da la edad se acercó a Nefru-Luna y sarcásticamente le preguntó:

—Disculpe, señora. ¿Ha visto usted a un hombre con túnica blanca y una sonrisa sospechosa?

—¿El que acaban de detener? —preguntó ella.

—Ese mismo. Ay… —suspiró el centurión—. Estoy cansado. ¡Mi reuma! Mucho frío en Britania, mucha lluvia en la Galia, demasiados árboles en Germania… Yo ya quiero jubilarme.

Nefru‑Luna lo miró con interés empresarial.

—¿Y dónde le gustaría retirarse?

El centurión miró el horizonte.

—Aquí, quizá. Ser un llanito más. O volver a Italia… a Nápoles, mejor. Con su mar, su vino, su gente…poder estar pescando todo el día sin preocupaciones…

Nefru‑Luna sintió cómo se le encendía la bombilla.

—¿Sabe qué, centurión? Creo que tengo algo que ofrecerle.

—¿Ah, sí?

—Sí. Villas de retiro. Por todo el Mediterráneo. Con vistas al mar, spa, gimnasio, gladiadores jubilados dando clases de defensa personal para toda la familia… ¡y descuentos especiales para legionarios!

El centurión abrió la boca.

—¿En serio?

—En serio. Y si me presenta al pretor… o mejor… al emperador…

podemos hacer un acuerdo para TODA la legión.

Moisés se llevó las manos a la cabeza.

—Ay, no… ya empezó…

Henry sonrió.

By the gods of Albion and Tyre, my dear Nefru‑Luna, this business smells of profit and prophecy… but mind the levante, it blows harder than a Phoenician tax collector!

Nefru‑Luna se giró hacia Moisés.

—¿Ves, mi amor? ¡Esto es visión empresarial!

Moisés suspiró.

—Esto es una locura…

Henry levantó un dedo.

Ay, my dear Nefru‑Luna, esto está turning very interesting, ¿sabes? Pero tú keep calm, que con el levante blowing like this, hasta los dioses se peinan pa’ atrás, love.

—Por cierto… Ay, by the way, my dear… before it slips out of mi cabeza… ¿sabéis que vuestra prima Basthet está en Marbella, love, con un yate massive, montando una fiestecilla que se ve desde la costa entera, darling?

Silencio.

Nefru‑Luna:

—¿Cómo que fiesta sin avisar?

Moisés:

—¿Cómo que yate?

Henry:

—El de su padre, creo.

Nefru‑Luna:

—¡¡MOISÉS, NOS VAMOS A MARBELLA YA!!

Moisés:

—¡¡Pero si está embarazada!!

Nefru‑Luna:

—¡Precisamente! ¡Hay que vigilarla!

¡Y de paso hacemos networking con los romanos!

Henry les entregó un mapa absurdo del Estrecho.

—Buen viaje. Y cuidado con el levante.

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