Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo X.
Amores, enfados y mochilas sospechosas
El Laboratorio de Hatetú olía a papiro quemado, aceite perfumado y a ese aroma indefinible que solo desprenden los inventos imposibles.
Hatetú estaba inclinada sobre una mesa llena de planos, engranajes, plumas, un par de jeroglíficos que chisporroteaban y algo que parecía un ventilador pero que en realidad era un invocador de brisas selectivas.
Isis, mientras tanto, descansaba en una otómana digna de una diosa que ha tenido demasiados disgustos familiares últimamente. Tenía un cuenco de frutas en el regazo y a Anubis tumbado a sus pies, enorme, elegante, y gruñendo cada vez que oía un ruido sospechoso.
Y entonces entró ella.
Basthet. La gata‑diosa‑princesa.
Pelaje gris plata.
Ojos verdes que podían derretir pirámides.
Y ese andar suyo… ese andar de “sé que soy divina y tú también lo sabes”.
Se frotó contra una columna.
Se estiró como si el mundo entero fuera su cama.
Y lanzó un maullido que no era un maullido: era un mensaje.
Isis y Hatetú intercambiaron una mirada cómplice.
—Hoy viene por él —susurró Hatetú.
—¡Por fin!—respondió Isis, mordiéndo una uva.
Anubis gruñó.
No un gruñido normal.
Un gruñido de “otra vez la prima pesada”.
—Anubis, mi amor… —lo regañó Isis con voz dulce—. Compórtate.
El dios‑perro gimió, puso la cabeza entre las patas… pero sin quitarle los ojos de encima a Basthet. Ni un segundo.
La gata, ignorándolo con la elegancia de quien ignora por deporte, salió del laboratorio con paso decidido.
Isis y Hatetú se levantaron de inmediato.
—¿Vamos? —preguntó Hatetú.
—¡Vamos! —respondió Isis, ya de puntillas.
Anubis las siguió, pero Isis lo agarró del collar.
—No. Tú no. Que la última vez casi le muerdes el novio a tu prima.
Anubis bufó como un perro ofendido, pero obedeció.
José estaba en su despacho, sentado en su sillón favorito, leyendo un clásico con mate en mano. Ese hombre podía estar en medio de una guerra civil divina y aun así leer tranquilo.
Basthet entró sin pedir permiso.
Se sentó frente a él.
Lo miró.
Maulló.
José levantó la vista del libro… y se derritió.
—Pero mirá lo linda que sos… —susurró, con esa ternura porteña que podía desarmar a cualquier criatura viva o divina.
Basthet saltó a su regazo.
Se hizo un ovillo.
Ronroneó.
José quedó hipnotizado.
Le acarició la cabeza.
Ella cerró los ojos, feliz.
Detrás de la puerta entreabierta, Isis y Hatetú observaban la escena con sonrisas de tías orgullosas.
—¡Ay, qué lindos…! —susurró Isis.
—¡Esto ya está! —dijo Hatetú—. Esta noche duermen juntos.
Isis asintió con la solemnidad de quien aprueba un matrimonio real.
A la mañana siguiente…
El sol entraba por la ventana del despacho‑dormitorio de José.
Él abrió los ojos lentamente, bostezando.
Y se encontró con dos ojos verdes intensos mirándolo fijamente.
—Buenos días —dijo una voz femenina, suave, melodiosa.
José parpadeó.
Se incorporó.
Miró mejor.
Y se cayó de la cama.
—¡¿Pero qué…?! ¡¿Basthet?! ¡¿Vos… vos, sos… vos…?!
La muchacha —hermosa, radiante, con el mismo pelaje gris plata convertido ahora en una melena brillante— sonrió.
—Sí, José. Soy yo.
José abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua.
—Pero anoche… vos erás… erás…
—Una gata —completó ella, divertida—.
Y dormí en tu regazo.
Y ronroneé.
Y vos me acariciaste muy lindo, por cierto.
José se puso rojo hasta las orejas.
Detrás de la puerta, Isis y Hatetú se tapaban la boca para no gritar.
—¡Por fin! —susurró Isis.
—¡Ya era hora que estos niños se hicieran novios! —añadió Hatetú.
Y las dos se abrazaron, felices como si acabaran de casar a media familia.
El palacio de Turutú estaba en una de esas mañanas en las que el faraón ya no podía más. Demasiados decretos. Demasiados bebés sospechosos. Demasiados familiares con proyectos absurdos. Y, sobre todo, demasiados dioses metiendo mano en asuntos humanos.
Y entonces entró Nefru‑Luna.
No entró caminando.
Entró irrumpiendo, como una tormenta del Sinaí con coleta hippie, túnica new age y un enfado que podía derretir esfinges.
—¡Turutú! —gritó desde la puerta, sin protocolo, sin reverencias, sin nada—. ¡Tenemos que hablar!
Turutú cerró los ojos.
Respiró hondo. Y pensó: “¿Por qué no me habré escondido detrás de la estatua de Anubis como siempre?”
Nefru‑Luna avanzó hasta él con el dedo acusador en alto.
—¡Tu padre! ¡Tu padre nos arruinó! ¡Nos borró Sodogomorra del mapa! ¡Del mapa, Turutú! ¡Ni un ladrillo quedó! ¡Ni una tienda de tatuajes energéticos! ¡Ni un spa cuántico! ¡Ni un casino de reencarnaciones! ¡Nada!
Turutú intentó defenderse.
—Bueno… viste cómo es el Gran Creador… a veces se entusiasma con el rayo divino…
—¡Pues que se entusiasme con otra cosa! —bramó ella—. ¡Nos dejó sin mansión, sin ciudad, sin negocio, sin ingresos! ¡Moisés y yo estamos viviendo como plebeyos! ¡PLE‑BE‑YOS!
Moisés, detrás de ella, levantó tímidamente la mano.
—Bueno, amor… tampoco es tan grave… podemos empezar de cero…
—¡CERO ES LO QUE TENEMOS! —le respondió ella sin mirarlo siquiera.
Turutú, agotado, derrotado, y con ganas de desaparecer dentro de un ánfora, murmuró:
—¿Y qué quieres que haga yo?
Nefru‑Luna sonrió.
Pero no una sonrisa dulce.
Una sonrisa de “ya te digo yo lo que vas a hacer”.
—Muy sencillo. Nos adjudicas una buena porción de costa. La privatizarás.
Y yo construyo ahí varios resorts, villas de apartamentos, centros de retiro espiritual, un par de templos‑spa y un complejo turístico internacional.
Algo discreto.
Turutú abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
Y entonces, como quien se quita un problema de encima tirándolo por la ventana, señaló al primer príncipe que pasaba por allí.
—Ramsés. Ven.
Ramsés apareció con cara de “yo solo venía a por un dátil”.
—A partir de ahora eres Faraón en prácticas —declaró Turutú, levantando la mano como si estuviera bendiciendo un pan.
—¿Eh? —dijo Ramsés.
—Sí, sí. Faraón en prácticas. Yo ya no puedo más. Hazte cargo.
Nefru‑Luna no perdió ni un segundo.
Se lanzó sobre Ramsés como una empresaria visionaria sobre un inversor distraído.
—Ramsés, mi cielo, mi faraóncito en prácticas… ¿qué piensas hacer con el proyecto que acabo de presentar a tu padre?
Ramsés, que no sabía ni dónde estaba parado, respondió con la diplomacia del que quiere sobrevivir:
—Bueno… si encuentras financiación para tu proyecto… ya veríamos…
Nefru‑Luna lo interpretó como un sí rotundo.
—¡Perfecto! —exclamó—. ¡Moisés, nos vamos!
—¿A dónde? —preguntó Moisés, que seguía intentando entender qué había pasado.
—A Gibraltar, amor. Donde fenicios, griegos, cartagineses, romanos y hasta los tartésicos montaron una factoría donde el comercio es más libre.
¡Allí encontraremos inversores!
¡Allí empieza nuestro renacimiento!
Moisés sonrió, porque él siempre sonreía.
—¿Y si no encontramos inversores?
—Entonces los invento —respondió ella, agarrándolo del brazo—. ¡Vamos!
Y salieron del palacio como dos huracanes complementarios: ella, decidida;
él, arrastrado por la corriente.
Turutú se dejó caer en su trono.
—Necesito vacaciones —susurró.
Ramsés levantó la mano.
—Papá… ¿qué hace exactamente un faraón en prácticas?
—No sé, hijo…
Los jardines del palacio estaban en ese punto del día en que todo parece una postal: luz dorada, brisa suave, flores abiertas y un par de enamorados caminando como si el mundo fuera un algodón de azúcar.
José y Basthet avanzaban de la mano. Él, con esa sonrisa boba que solo le sale cuando está enamorado. Ella, alternando entre forma humana y pequeños gestos felinos: orejas que se movían, cola que aparecía cuando se emocionaba, ronroneos involuntarios.
Desde la terraza superior, Isis y Hatetú los observaban como dos madres‑tías‑detectives profesionales.
—Mira qué tiernos —susurró Isis.
—Son dos tontos enamorados —dijo Hatetú, orgullosa.
—Che, primo, si te preguntan, decí que estás en un programa de liderazgo que yo te imparto —se oyó de pronto desde abajo.
José, que había escuchado la conversación anterior entre Turutú y Ramsés, levantó la vista y saludó con la mano, como si fuera lo más normal del mundo dar consejos faraónicos mientras paseaba con su novia gata‑diosa.
Isis y Hatetú se taparon la boca para no reírse.
Y entonces… un estruendo de risas, pasos y mochilas gigantes irrumpió en la escena.
Por el pasillo de columnas aparecieron Keiko y Hanwaset, corriendo como dos cometas descontroladas, cada uno cargando una mochila más grande que su propio cuerpo.
—¡ALTO AHÍ! —ordenó Hatetú, con voz de madre que ya huele travesura.
Los dos se frenaron en seco. Keiko, roja como un tomate manga. Hanwaset, con cara de “yo no sé nada, yo pasaba por aquí”.
Isis cruzó los brazos.
—A ver… ¿dónde estuvieron metidos estos días? Porque no los vimos ni en el desayuno, ni en el almuerzo, ni en la cena, ni en nada.
Keiko bajó la cabeza, moviendo los pies como si estuviera en un anime.
—E‑estábamos… estudiando… —dijo con voz diminuta.
Hanwaset abrió la boca para hablar, pero no salió sonido alguno.
Solo un “eh… yo… bueno… es que…”
Isis y Hatetú se miraron. Se mordieron los labios. Estaban a un segundo de estallar en carcajadas.
—¿Y a dónde van con todo ese equipaje? —preguntó Isis, ya con tono sospechosamente dulce.
Keiko levantó la cabeza, recuperando su energía de heroína manga.
—¡Vamos a la Gran Pirámide! ¡A cartografiarla! ¡Y a buscar pasadizos secretos! ¡Y a documentarlo todo para el archivo histórico del palacio!
Hatetú parpadeó.
—¿Y desde cuándo ustedes dos hacen expediciones arqueológicas?
—Desde ayer —respondió Keiko, muy convencida.
Y entonces apareció él.
Anubis.
El dios‑perro, que normalmente gruñía a todo el mundo, al ver a Keiko se transformó en un cachorro gigante. Corrió hacia ella, se le tiró encima, la llenó de lametones, le movió la cola como un ventilador y hasta le intentó lamer el cabello.
—¡A‑Anubis! ¡No! ¡Eso hace cosquillas! —gritaba Keiko entre risas, abrazándolo.
Hanwaset miraba la escena con resignación.
—No sé por qué la adora tanto —murmuró.
—Porque Keiko tiene disciplina —dijo Isis—.
Anubis, mientras tanto, seguía pegado a Keiko como si fuera su diosa personal.
Finalmente, los chicos se despidieron.
—Volveremos antes del anochecer —prometió Hanwaset.
—O antes del amanecer —añadió Keiko, que no tenía muy claro el concepto de horario.
Anubis se quedó sentado junto a Isis, inquieto, moviendo la cola, mirando a los chicos alejarse.
Luego miró a Isis. Luego a los chicos. Luego a Isis otra vez.
Y gimió.
Un gimoteo perruno, lastimero, irresistible.
—Ay, no… —dijo Isis—. No me pongas esa cara.
Anubis gimió más fuerte.
Hatetú intervino:
—Isis, dejalo ir. Estarán más seguros con él. Y además… mira cómo está.
Anubis ladeó la cabeza, ojos brillantes, orejas caídas, cola temblando de emoción contenida.
Isis suspiró.
—Está bien. Puedes ir.
Anubis no esperó ni medio segundo.
Salió disparado como una flecha divina, levantando polvo, atravesando columnas, saltando escaleras, hasta alcanzar a Keiko y Hanwaset.
Los chicos lo recibieron con un grito de alegría.
Isis y Hatetú se quedaron mirando la escena.
—Nuestros hijos… —dijo Hatetú.
—Sí… —respondió Isis—. Son un caos.
—Pero un caos adorable.
Y las dos sonrieron, mientras abajo, en los jardines, José y Basthet seguían caminando como si nada de todo eso existiera.


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