Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo VI. La zarza, el tatarabuelo y el gurú incomprensible
Sodogomorra crecía. Y no solo crecía: vibraba, retumbaba, cantaba, fumaba, rezongaba, bailaba, se quejaba, se iluminaba, se incendiaba, se apagaba, se volvía a encender… Era como vivir dentro de un tambor gigante tocado por un faraón con insomnio.
Y tanto ruido hizo que, allá arriba, en la Nube 47‑B, el Gran Creador del Cielo y la Arena abrió un ojo.
—¿Pero qué…? —gruñó, con voz de trueno recién despertado—. ¿Otra vez estos humanos montando un festival sin permiso?
Se incorporó. Se rascó la barba de nubes. Y lanzó un rayo de mal humor que iluminó medio desierto.
En el palacio de la capital, Isis estaba tomando un té de loto con Hatetú y el chico pelobrócoli cuando vio el fogonazo.
—¡Ay, no… mi marido! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza.
Hatetú tragó saliva.
El chico pelobrócoli se escondió detrás de un jarrón.
—¿Pero qué ha pasado? —preguntó Hatetú.
—Que el Gran Creador se ha despertado —dijo Isis—. Y cuando él se despierta… según el humor con el que amanezca, sea hombre, mujer o therian del día… siempre termina pagando alguien que no tiene culpa.
Y salió corriendo como si la persiguieran las abuelas del Comando Anti‑Hippies armadas con chancletas.
Cuando llegó a Sodogomorra, el cielo estaba negro como tinta.
El Gran Creador flotaba sobre la ciudad, con los brazos en jarra.
—¡¿QUÉ ES TODO ESTE ESCÁNDALO?! —tronó—. ¡¿QUIÉN HA AUTORIZADO ESTA CIUDAD?! ¡¿QUIÉN HA PUESTO MÚSICA A ESTAS HORAS?!
Isis, sin frenar, le gritó desde abajo:
—¡Pues si no te enteraste es porque llevas durmiendo desde la Gran Mojadura Cósmica! ¡Que no se puede estar de siesta milenaria y luego quejarse!
El Gran Creador bajó un poco, indignado:
—¡Yo estaba recuperándome! ¡Tú no sabes lo que cansa inundar un planeta entero!
—¡Pues haber pedido ayuda! —replicó Isis—. ¡Que no eres el único dios con agenda!
La discusión subió de tono.
Luego de volumen.
Luego de frecuencia.
Luego de temperatura.
Sodogomorra temblaba como un flan.
Y entonces… aparecieron.
Los dioses sumerios, los babilonios, los egipcios, los semidivinos, los cuasi‑dioses, los dioses de prácticas, los becarios celestiales y hasta un par de espíritus freelance que pasaban por allí.
El Dios Chacal de Egipto fue el primero en plantarse entre ellos:
—A ver, a ver, a ver… —dijo, levantando las manos—. ¿Podemos calmarnos un poquito? Que todavía estamos pesando las almas de la Gran Mojadura… ¡y no damos abasto desde hace milenios!
Los dioses sumerios:
—¡Exacto! ¡Tenemos retrasos en la contabilidad espiritual!
Los babilonios:
—¡Y nosotros en la logística de reencarnaciones!
—¡Pues que no amenace con destruir Sodogomorra! ¡Que aquí vive gente! ¡Y además, con tanto dormir, quejarte y hacerte el ofendido cósmico, me tienes más abandonada que las promesas de año nuevo!
El Gran Creador, ofendido:
—¡Gente que hace ruido! ¡Y fuma cosas raras! ¡Y baila sin ritmo!
Desde el fondo, Castaneda gritó:
—¡Eu dançô muitô bem, viu!
Nadie le hizo caso.
Sodogomorra seguía temblando bajo la bronca del Gran Creador del Cielo y la Arena… y bajo la de su esposa, la Diosa Isis, que siempre era más peligrosa que él cuando de pronto… los dioses menores, semidioses, cuasidioses, becarios divinos y hasta los espíritus freelance se miraron entre ellos y dijeron:
—Pues mira, hasta aquí hemos llegado.
Y organizaron la primera huelga general del panteón universal.
Había de todo:
-dioses sumerios con pancartas que decían “NO MÁS DILUVIOS EN HORARIO LABORAL”
-dioses babilonios haciendo sentadas en las nubes
-dioses egipcios coreando “¡EL DESIERTO NO SE TOCA!”
-un par de semidioses repartiendo octavillas mal fotocopiadas
y los becarios divinos, que no sabían muy bien por qué protestaban, pero protestaban igual porque era su oportunidad de ascender.
El Dios Chacal llevaba un megáfono:
—¡Compañeros! ¡Compañeras! ¡Compañeres cósmicos! ¡No permitiremos que el Gran Creador destruya Sodogomorra sin un informe previo de impacto espiritual!
Los dioses aplaudieron.
Las nubes vibraron.
Un rayo se cayó solo del susto.
Mientras tanto, el Gran Creador estaba cada vez más nervioso.
No por la huelga.
No por las pancartas.
No por los cánticos.
Sino porque Isis llevaba tres días sin dirigirle la palabra.
Y lo peor:
se había llevado su maleta.
Y lo aún peor:
se había ido a vivir con su sobrina, ¡Hatetú!
—¡Hatetú… cómo son las cosas! —murmuró el Gran Creador, con voz de trueno deprimido.
Isis, desde la terraza de Sodogomorra, le gritó:
—¡Y no vuelvo a casa hasta que aprendas a no destruir ciudades por capricho! ¡Y ni se te ocurra pedirme que duerma contigo!
El Gran Creador tragó saliva.
Un trueno tímido salió de su garganta.
—Bueno… quizá… quizá no haga falta destruir nada —dijo, bajando el tono.
Los dioses en huelga se miraron:
—¿Ha cedido?
—¿Así, sin más?
—¿Por qué?
—¿Por la presión divina?
—¿Por la fuerza colectiva?
El Dios Chacal suspiró:
—No, compañeros… ha cedido porque Isis le ha cerrado el dormitorio.
Todos asintieron con comprensión cósmica.
El Gran Creador, ya más calmado, llamó a tres figuras:
Nefru‑Luna, con su túnica llena de polvos místicos.
José, con su mate y su mirada de psicólogo cansado.
Moisés, que venía con una expresión de “yo no he sido, pero igual sí”.
—A ver —tronó el Gran Creador—. ¿Quién ha montado todo este lío?
Nefru‑Luna y José señalaron a Moisés al mismo tiempo.
—¡Él!
—¡Fue él!
—¡Yo no! —protestó Moisés—. ¡Yo solo quería fundar una ciudad tranquila!
Tres dioses menores lo miraron con cara de “sí, claro”.
El Gran Creador suspiró:
—Moisés… sube al Monte Sinaí. Tenemos que hablar. A fin de cuentas… soy tu tatarabuelo.
Moisés abrió la boca.
—¿Mi qué?
—¡Arriba! —ordenó el Gran Creador.
Moisés empezó a subir el Sinaí. Nefru‑Luna, antes de que se fuera, le dio un frasquito:
—Toma este tónico, te ayudará con el ascenso.
—¿Seguro? —preguntó Moisés.
—Seguro, seguro —dijo ella, sin mirarlo a los ojos.
A mitad de camino, Moisés empezó a sudar, a ver colores raros, a escuchar música tribal que no venía de ninguna parte.
—Ay, madre… —murmuró—. Esto me ha sentado mal. ¿Pero qué me ha dado esta mujer?
Y entonces la vio.
Una zarza ardiendo. Ardiendo… pero sin consumirse.
—Bueno… ya está —dijo Moisés—. O el tónico era demasiado fuerte… o esto es otra reunión familiar.
La zarza crujió. Una voz salió de dentro:
—MOISÉS… TENEMOS QUE HABLAR.
Moisés se llevó la mano a la frente:
—Ay, tatarabuelo… ¡hatetú la que hemos liado!
La zarza ardía.
Ardía con dignidad.
Ardía con estilo.
Ardía como si hubiera hecho un curso de interpretación en el Teatro de Alejandría.
Moisés, sudando por el tónico de Nefru‑Luna, se acercó tambaleándose.
—Hola… ¿tatarabuelo?
La zarza estalló en un fogonazo dramático.
—MOISÉS… ¿QUÉ HAS HECHO?
—¿Yo? —dijo Moisés, señalándose a sí mismo como si hubiera más gente en la montaña—. ¡Pero si yo solo quería fundar una ciudad tranquila!
—¿TRANQUILA? ¡HAS CREADO SODOGOMORRA! ¡LA CIUDAD QUE SE VE DESDE EL ESPACIO! ¡LA QUE TIENE MÁS RUIDO QUE UN FESTIVAL DE TAMBORILEROS EN UNA TUMBA!
Moisés tragó saliva.
—Bueno… sí… pero es que Nefru‑Luna tenía un proyecto… y José dijo que era terapéutico… y yo…
—¡MOISÉS! —tronó la zarza—. ¡ERES MI TATARANIETO! ¡NO PUEDES IR POR AHÍ FUNDANDO CIUDADES QUE DESPIERTAN A LOS DIOSES!
Moisés bajó la cabeza.
—Perdón, tatarabuelo.
La zarza suspiró. Un suspiro de fuego, pero suspiro al fin.
—Ay, Moisés… ¡hatetú, la que hemos liado!
La zarza se aclaró la voz (o lo que fuera que usaba para hablar).
—Mira, Moisés… no voy a destruir Sodogomorra. No porque no quiera… sino porque Isis me ha cerrado el dormitorio y se ha ido a vivir con Hatetú.
Moisés abrió los ojos como platos.
—¿Con la tía Hatetú?
—Sí —dijo la zarza—. Y cuando Isis se enfada… se enfada de verdad…hatetú…
—Entonces… ¿qué hacemos?
La zarza se iluminó con un brillo de sabiduría absurda.
—Vas a bajar. Vas a decir que yo he hablado contigo. Y vas a anunciar que Sodogomorra puede seguir existiendo… siempre y cuando bajen el volumen por las noches.
Moisés parpadeó.
—¿Eso es todo?
—Y que Castaneda deje de vender tónicos ilegales.
—Ah… eso va a ser más difícil.
Cuando Moisés bajó del Sinaí, Hatetú estaba esperándolo con los brazos cruzados, Isis detrás de ella con su maleta, y el chico pelobrócoli comiendo dátiles como si fuera palomitas.
Pero había alguien más.
Nefru‑Luna.
Plantada en medio del camino. Con la mirada entre mística y homicida.
Con los brazos en jarra y la túnica llena de polvos fluorescentes.
—¿Y bien? —preguntó Hatetú.
Moisés respiró hondo.
—El Gran Creador dice que…
—¿Que nos va a destruir? —preguntó Isis, afilando la mirada.
—No, no —dijo Moisés—. Que podemos seguir… pero con condiciones.
Hatetú levantó una ceja.
—¿Qué condiciones?
—Que bajemos el volumen por las noches… y que Castaneda deje de vender tónicos sospechosos.
Hatetú suspiró.
—Bueno… lo del volumen lo podemos intentar. Pero lo de Castaneda…
Isis negó con la cabeza.
—Ese hombre es incorregible.
—A ver, Moisés —dijo ella, sin saludar siquiera—. ¿Me quieres explicar qué clase de trato es ese?
Moisés tragó saliva.
—Yo… yo… el Gran Creador dijo que…
—¡El Gran Creador dijo, el Gran Creador dijo! —lo imitó Nefru‑Luna con voz aguda—. ¡Ese trato nos baja los ingresos, Moisés! ¡Los tónicos nocturnos eran mi línea premium! ¡Tendría que haber ido yo!
Hatetú e Isis se miraron y, al unísono, dijeron:
—Es que los hombres son tontos.
Moisés abrió la boca para protestar, pero José apareció detrás, con su mate y su acento porteño afilado como un bisturí emocional.
—Che, Moisés… qué boludo que sos. Qué boludez hiciste. Qué pelotudez cósmica, hermano.
Moisés levantó las manos, desesperado:
—¡Pero si yo solo transmití el mensaje!
José lo miró con compasión profesional:
—Sí, sí… vos transmitiste el mensaje… pero lo transmitiste como un boludo.
Nefru‑Luna dio un paso adelante, señalándolo con un dedo lleno de purpurina ritual.
—Y otra cosa: esta noche no duermes en nuestro dormitorio.
—¿Qué? ¿Cómo que no?
—Que no —dijo Nefru‑Luna—. Te vas al sofá de arena. O a la hamaca comunitaria. O a la terraza con los gatos del desierto. ¡Pero conmigo no duermes!
Hatetú asintió con solemnidad:
—Muy bien dicho.
Isis también:
—Así aprenderá.
José, sorbiendo mate:
—Y si no aprende… yo te hago un informe psicológico que lo deja temblando.
Moisés se tapó la cara con las manos.
—Ay, tatarabuelo… ¡hatetú la que me has liado!
Desde las alturas del Sinaí, el tatarabuelo —el Gran Creador del Cielo y la Arena— soltó una carcajada tan fuerte que hizo vibrar las dunas. Pero en mitad de la risa… se atragantó.
—¿Cómo que “la que yo te he liado”? —tronó, ofendido—. ¡Si yo solo te dije que subieras!
Hatetú miró al cielo, resignada:
—Hatetú… la que estamos liando.
Y entonces ocurrió.
Un trueno pequeñito, casi íntimo, cayó justo a los pies de Moisés. Era un mensaje directo del Gran Creador, un “ping” cósmico.
En letras de fuego decía:
“¿Cómo que duermes en el sofá?”
Moisés palideció. Hatetú se llevó la mano a la frente. Nefru‑Luna, desde la puerta del dormitorio, gritó:
—¡Y que lo sepa bien! ¡En el sofá, y sin manta!
—Che… ahora sí que se armó.
Qué boludo que sos, Moisés.
Qué boludez hiciste.
Qué pelotudez cósmica, hermano.
El trueno‑ping seguía flotando en el aire:
“¿Cómo que duermes en el sofá?”
Moisés tragó saliva.
José sorbió mate con la calma de quien ya ha visto demasiadas tragedias familiares.
Nefru‑Luna, con los brazos en jarra, parecía un volcán a punto de erupcionar.
Y entonces ocurrió lo inevitable.
Nefru‑Luna, furiosa, gritó:
—¡Esto no queda así! ¡Voy a hablar con tu tatarabuelo!
Y salió caminando hacia el Sinaí como si fuera a reclamar una devolución en una tienda de dioses.
Isis la siguió, con la maleta en la mano:
—¡Yo también voy! ¡A ver si se entera de una vez!
Hatetú, resignada, suspiró:
—Bueno… alguien tiene que evitar que esto acabe en otro diluvio.
Y subió detrás de ellas.
Moisés intentó detenerlas:
—¡Pero… pero…!
José le puso una mano en el hombro:
—Dejalas, hermano. Tres minas enojadas… ni el mismísimo Gran Creador puede con eso.
En la cima del Sinaí, el Gran Creador del Cielo y la Arena estaba esperando, con su barba de nubes y su postura de “yo controlo todo”.
Pero cuando vio a las tres mujeres subir…
…se le cayó un rayo del susto.
—A ver… a ver… ¿qué pasa ahora? —preguntó, intentando sonar firme.
Nefru‑Luna avanzó primera:
—¡Pasa que Moisés duerme en el sofá por tu culpa!
El Gran Creador parpadeó.
—¿Mi culpa? ¡Pero si yo solo le pedí que subiera!
Isis intervino, cruzándose de brazos:
—¡Pues haberlo pensado mejor! ¡Siempre igual! ¡Siempre liándola y luego yo tengo que arreglarlo!
El Gran Creador abrió la boca.
—Pero Isis… si tú ni siquiera estás de parte de Nefru‑Luna…
—¡Pues ahora sí! —dijo ella—. ¡Aunque sea solo para fastidiarte!
El Gran Creador se llevó las manos a la cabeza.
—Hatetú… ¿y tú también estás enfadada conmigo?
Hatetú, con la serenidad de quien ya ha visto demasiadas tonterías:
—Yo no estoy enfadada con nadie. Solo estoy aquí para que no destruyas nada… y para que entiendas que Moisés no tiene culpa de nada.
El Gran Creador suspiró, derrotado.
—Hatetú… no las entiendo. No entiendo nada. No entiendo a nadie.
Nefru‑Luna golpeó el suelo con el pie:
—¡Pues más te vale entender algo, porque no nos vamos de aquí hasta que cedas!
El cielo tembló. Las nubes se encogieron. Un rayo se escondió detrás de otro rayo.
Y el Gran Creador… cedió.
—Está bien… está bien… cedo. No sé a qué… pero cedo.
Las tres mujeres se miraron entre sí, satisfechas.
—Muy bien —dijo Isis.
—Era hora —dijo Nefru‑Luna.
—Vamos a cenar —dijo Hatetú.
Bajaron del Sinaí como tres reinas victoriosas.
En el salón de Nefru‑Luna, decorado con lámparas de cuarzo, incienso de colores imposibles y cojines que parecían sacados de un sueño psicodélico, se sentaron a cenar.
Tomaron té.
Comieron dátiles.
Criticaron al Gran Creador.
Y admiraron la decoración exótica.
Nefru‑Luna, aún indignada:
—¡Y que sepa que Moisés no vuelve al dormitorio hasta nuevo aviso!
Isis:
—Muy bien dicho.
Hatetú:
—Yo solo espero que mañana no haya otro trueno‑ping.
Mientras tanto, Moisés estaba en el sofá de arena, tapado con una manta que picaba.
José se sentó a su lado.
—Che… ¿querés un mate?
—No… gracias —dijo Moisés, derrotado.
Desde lo alto del Sinaí, el Gran Creador los observaba, con la misma expresión que un abuelo que ha perdido una discusión familiar sin saber cómo.
Se miraron. Se entendieron. Suspiraron al mismo tiempo.
—¡Hatetú… la que nos han liado! —dijeron los dos.


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