Hatetú, princesa de Egipto.
Capítulo VII.
Las Abuelas Corren al Sinaí (y Llegan Tarde, Como Siempre)
Las abuelas del Comando Anti‑Hippies del Alto Egipto —Tururú, la Gran Esposa Real y madre de Hatetú; Hasetsup, experta en lanzar sandalias con precisión quirúrgica; y Nefernefer, que podía detectar desorden moral a kilómetros— estaban tomando su infusión de hibisco cuando ocurrió.
Un temblor. No en la tierra. En los huesos.
Tururú se llevó la mano a la cadera.
—Ay… esto no es artrosis. Esto es Nefru‑Luna haciendo una de las suyas.
Hasetsup cerró los ojos, concentrándose.
—Sí… sí… lo siento… está vibrando fuerte… ¡la vibración del despropósito!
Nefernefer, que siempre había tenido un don para detectar catástrofes emocionales, abrió los ojos de golpe:
—¡La hippy esa va a subir al Sinaí! ¡Y no sola! ¡Va con Hatetú e Isis! ¡Y con maleta!
Las tres se miraron. Y sin decir nada más, se levantaron al unísono, agarraron sus sandalias‑arma y salieron corriendo hacia el Sinaí.
Tururú iba primera, porque la maternidad da una velocidad especial cuando una hija está a punto de hacer una tontería cósmica.
Hasetsup iba detrás, gritando:
—¡No puedo más! ¡Esto no pasaba cuando los jóvenes respetaban a los dioses!
Nefernefer, jadeando:
—¡Y cuando los dioses respetaban a las jóvenes!
Pero siguieron. Porque cuando una abuela del Comando Anti‑Hippies siente en los huesos que algo va mal, corre.
Cuando por fin alcanzaron la cima, listas para intervenir, detener, aconsejar, reprender y, si hacía falta, zapatillar al mismísimo Gran Creador, se encontraron con una escena inesperada:
No había rayos. No había truenos. No había Moisés recibiendo instrucciones contradictorias.
Había… una mansión.
La mansión de Nefru‑Luna. Y de Moisés. Una mezcla imposible entre choza espiritual, spa del desierto y tienda de souvenirs místicos.
En la puerta estaban:
Nefru‑Luna, con túnica vaporosa y mirada de “yo vibro más que vosotras”.
Isis, con la maleta en la mano, claramente arrepentida de haber subido.
Hatetú, con cara de “yo solo quería hablar, pero esto se ha ido de las manos”.
Tururú levantó la sandalia.
—¡Nenas! ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
Nefru‑Luna sonrió con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder un negocio piramidal.
—Estamos en un proceso de reconexión ancestral, señora Tururú. Vamos a hablar con el Gran Creador para elevar la vibración del universo.
Hasetsup murmuró:
—La vibración del universo… y la cuenta bancaria, seguro.
Isis, agotada, intervino:
—Yo solo traje la maleta porque pensé que habría que quedarse a dormir. Pero esto es un quilombo.
Hatetú, intentando mediar:
—Madre, abuelas… no es tan grave. Solo queremos convencer al Gran Creador de que deje de hacer… bueno… lo que sea que esté haciendo últimamente.
Nefernefer cruzó los brazos.
—¿Y por qué no nos avisasteis? ¿Por qué no nos llamasteis? ¿Por qué no nos pedisteis consejo?
Hatetú bajó la mirada.
—Porque… siempre llegáis tarde.
Las abuelas se miraron entre sí. Era verdad. Pero dolía.
Tururú suspiró, bajó la sandalia y dijo:
—Bueno, ya estamos aquí. ¿Dónde está ese viejo testarudo?
Nefru‑Luna señaló hacia dentro de la mansión.
—Meditando. O durmiendo. O enfadado. No sé. Cambia mucho.
Isis añadió:
—Y no quiere vernos. Dice que está saturado de “energía femenina organizada”.
Hasetsup bufó.
—¡Pues que se prepare! Porque ahora viene la energía femenina desorganizada, que es peor.
Las tres abuelas entraron en la mansión como quien entra en un juicio divino. Hatetú e Isis las siguieron resignadas. Nefru‑Luna flotó detrás, literalmente, porque había aprendido a levitar cuando estaba de buen humor.
Y así comenzó la reunión más absurda, más tensa y más políticamente incorrecta que jamás se había celebrado en el Sinaí.
Desde el pasillo, con paso tranquilo y mate en mano, José había escuchado dos frases que para él eran como sirenas de ambulancia psicológica:
“Meditando. O durmiendo. O enfadado. No sé. Cambia mucho.”
“Y no quiere vernos. Dice que está saturado de energía femenina organizada.”
José se detuvo en seco. Le tembló un párpado. Se acomodó el pelo. Y entró en la sala como quien entra a un consultorio que no pidió pero que la vida le impone.
—Che… ¿cómo que el Gran Creador está así? —dijo mirando a Isis, que era su tía política pero él la trataba como si fuera una mezcla de hermana mayor y paciente crónica—. ¿Meditando, durmiendo, enojado y encima saturado de energía femenina organizada? Eso no es normal, tía. Ese tipo necesita terapia.
Isis abrió la boca para responder, pero no le salió nada. Solo un gesto de “no sé si quiero que esto pase”.
José siguió, inspirado:
—Mirá, yo te lo digo con cariño, eh. Ese viejo está hecho un quilombo emocional. Y si alguien puede ayudarlo soy yo, que soy de la familia y tengo el título de psicólogo judeo‑porteño, que es el doble de difícil que el normal.
Isis parpadeó. —José… no sé si es buena idea…
Pero no llegó a terminar, porque las abuelas respondieron por ella, cada una con su estilo:
Tururú, indignada: —¡¿Terapia al Gran Creador?! ¡Pero si no escucha ni cuando le pedimos que no haga tormentas los martes!
Hasetsup, práctica: —¿Y dónde lo vas a sentar? ¿En una nube? ¿En una piedra? Ese señor no se queda quieto ni para respirar.
Nefernefer, filosófica: —Además, ¿qué le vas a decir? ¿“Cuénteme sobre su infancia cósmica”? ¿“Cómo se sintió al inventar la luz”? ¡Por favor!
José levantó la mano, pidiendo silencio como si estuviera en una asamblea de dioses desorganizados.
—Tías, abuelas… escúchenme un segundo. El Gran Creador está saturado, viste. Mucha demanda, poca contención. Mucha energía femenina organizada, poca escucha activa. Eso te desregula a cualquiera. Yo puedo ayudarlo. Le hago una sesión breve, express, de esas que te ordenan la cabeza en diez minutos. Le digo: “Respirá, viejo. Soltá. No seas boludo”. Y listo.
Las abuelas lo miraron como si acabara de proponer ponerle ruedas a una pirámide.
Isis, resignada, murmuró:
—José… no sé si el universo está preparado para eso.
José sonrió.
—El universo nunca está preparado para nada, tía. Pero igual pasa.
adobe espiritual podían contenerlo. Entre abuelas indignadas, Isis con la maleta, Hatetú intentando mediar, José ofreciendo terapia y Nefru‑Luna levitando por estética, el ruido era… demasiado.
Tan demasiado que, desde el cuarto del fondo, se oyó un gruñido.
Un gruñido antiguo. Primordial. De esos que preceden a la creación del universo o a una bronca matrimonial.
La puerta se abrió de golpe.
Y apareció el Gran Creador.
Despeinado. Con túnica arrugada. Ojeras de eternidad. Y cara de “¿por qué no me fui a vivir a Saturno cuando tuve la oportunidad?”.
—¡¿Qué es este escándalo?! —refunfuñó, rascándose la cabeza—. ¡No se puede meditar en esta casa! ¡Ni dormir! ¡Ni enojarse tranquilo! ¡Cambia todo el tiempo!
Las mujeres se giraron a la vez. Como un ejército perfectamente sincronizado. Y vieron su oportunidad.
Tururú avanzó con la sandalia en alto. Hasetsup con el dedo acusador. Nefernefer con la mirada de “te voy a decir cuatro cosas”. Hatetú con la paciencia agotada. Nefru‑Luna con la túnica vibrando. Isis con la maleta aún en la mano.
Todas a la vez:
—¡A ver, viejo, que tenemos que hablar!
El Gran Creador retrocedió un paso.
—No, no, no… yo estoy saturado de energía femenina organizada. ¡No quiero discusiones!
Isis dio un paso al frente.
—¿Organizada? ¿ORGANIZADA? ¡Si no sabes ni lo que significa esa palabra!
—Isis, por favor… —intentó él.
Pero ella ya estaba lanzada.
—¡Tú eres como el faraón!
Él parpadeó.
—¿Qué faraón, cariño?
Isis apretó los dientes.
—¡Ni cariño ni leches! ¡Tutankabrón!
El silencio fue absoluto. Hasta Nefru‑Luna dejó de levitar un segundo.
El Gran Creador abrió la boca, pero no salió sonido. Isis, con los ojos llenos de lágrimas, dejó la maleta en el suelo y salió corriendo.
—¡Ya no puedo más contigo! —gritó mientras bajaba las escaleras de la mansión.
Las abuelas siguieron discutiendo con el Gran Creador, cada una con su lista de quejas acumuladas desde el Imperio Medio, pero Isis ya no escuchaba nada.
Corrió. Corrió como solo corre una diosa herida en su orgullo, en su paciencia y en su matrimonio.
Atravesó el desierto. Atravesó las dunas. Atravesó la frontera entre lo vivo y lo muerto.
Y llegó a las Puertas del Inframundo.
Antes de cruzarlas, algo la olió.
Un sonido. Un jadeo. Un ladrido.
Y de pronto, como un rayo peludo, apareció Anubis.
El dios‑chacal salió disparado hacia ella, moviendo el rabo con tanta fuerza que casi se le descoyunta la cadera divina.
—¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! —ladró, feliz como un cachorro.
Isis se agachó, lo abrazó y le acarició la cabeza.
—Hola, mi perrito querido… —susurró con voz rota—. ¿Has echado mucho de menos a mami?
Anubis apoyó la cabeza en su regazo, gimiendo de alegría.
Y por primera vez en todo el día, Isis respiró.
Mientras en la mansión del Sinaí las abuelas seguían discutiendo con el Gran Creador —cada una con su lista de agravios acumulados desde la Dinastía XII—, en el palacio de Hatetú se estaba librando otra batalla.
Una batalla emocional. Una batalla absurda. Una batalla… familiar.
Hanwaset, el siempre serio, el siempre templado, el arquitecto del orden, había entrado en la habitación de su madre y se había encontrado:
Al chico pelo brócoli sentado en la cama de Hatetú, con su pelo rizado como una nube vegetal.
A Hatetú saliendo de la piscina del Nilo interior, envuelta en dos toallas.
Y a sí mismo sintiendo algo que jamás había sentido: celos de hijo adulto.
—¡Mamá! —gritaba—. ¡Ese tipo estaba escondido en una vasija el mes pasado! ¡Y detrás de una columna! ¡Y en el carro de las ofrendas! ¡Y ahora está en tu cama!
Hatetú, agotada:
—Hanwaset, cariño, no exageres. La gente se sienta donde puede.
El chico pelo brócoli sonreía con esa sonrisa suya de “yo no hice nada, yo solo existo”.
José, que había pasado por allí con su mate, entró sin pedir permiso:
—A ver, primo… vos estás hecho un lío, viste. Esto es un quilombo emocional. No estás enojado con el brócoli. Estás enojado porque tu vieja tiene vida propia. Y eso te pega en el ego filial. Es normal. Pero no seas boludo.
Hanwaset, indignado:
—¡No es ego filial! ¡Es… es… es que ese tipo me da mala espina!
El chico pelo brócoli levantó la mano:
—No soy espía. Soy inspector de humedad.
José lo miró con compasión profesional.
—Hermano… ni vos te creés eso.
La puerta se abrió de golpe.
Isis entró llorando, con los ojos rojos, la túnica arrugada y un collar divino en la mano.
Al otro extremo del collar, tirando con entusiasmo, venía Anubis.
Un Anubis enorme, musculoso, elegante, con porte de doberman celestial. Movía el rabo con tanta fuerza que parecía que iba a despegar.
—¡Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu! —ladró al ver a Hatetú.
Hatetú sonrió.
—Hola, mi niño.
Anubis se lanzó a lamerle la cara con devoción absoluta.
Isis, agotada, murmuró:
—Perdón… no podía dejarlo solo. Está muy sensible últimamente.
José, sin perder el hilo:
—¿Qué pasó, tía?
Isis se secó las lágrimas.
—Tu tío… el Gran Creador… me llamó “energía femenina organizada”. ¡Organizada! ¡A mí! ¡Y luego me comparó con una tormenta! ¡Y yo le dije que era como el faraón! Y él preguntó “¿qué faraón, cariño?” y yo… yo…
Hatetú la abrazó.
—¿Qué le dijiste?
Isis, entre sollozos:
—¡Tutankabrón!
José asintió con gravedad profesional.
—Bien dicho.
Mientras Isis lloraba y Anubis la olfateaba para asegurarse de que estaba bien, el dios‑perro se detuvo en seco.
Su cabeza giró. Sus orejas se tensaron. Su cola se quedó rígida.
Había detectado algo.
Algo… sospechoso.
El chico pelo brócoli.
Anubis se adelantó, se plantó frente a él y adoptó la postura exacta de un perro policía entrenado:
-patas firmes
-pecho erguido
-mirada fija
-cero parpadeos
-cero movimientos
El chico pelo brócoli tragó saliva.
—Eeeeh… hola, perrito…
Anubis no pestañeó.
José murmuró:
—Mirá vos… el perro detecta espías mejor que nosotros.
Hanwaset, triunfante:
—¡¿Lo ves?! ¡Lo sabía! ¡Hasta Anubis lo sabe!
Hatetú suspiró.
—Ay, hijo… qué día llevamos.
Isis, acariciando a Anubis:
—Muy bien, mi amor. Muy bien. Tú siempre sabes quién es de la familia y quién no.
Anubis movió la cola… sin dejar de mirar al chico pelo brócoli.
El chico, acorralado, levantó las manos:
—De verdad… yo solo inspecciono humedad…
José lo miró con ternura profesional.
—Hermano… si vas a mentir, mentí mejor.
Y mientras Anubis seguía apuntando al chico pelo brócoli como si fuera el secreto mejor guardado del desierto, nadie —absolutamente nadie— imaginaba que, en ese mismo instante, el Gran Creador estaba a punto de tomar una decisión que cambiaría el destino de todos… y que, por supuesto, iba a empeorarlo todo.


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