¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

Published by

on

Hatetú, princesa de Egipto -Capítulo V. -EL ANTROPÓLOGO DEL DESIERTO

Sodogomorra amanecía cada día un poco más grande, un poco más ruidosa y un poco más absurda. Lo que había empezado como un festival improvisado se había convertido en la ciudad de vacaciones más famosa del Creciente Fértil.

Los romanos, fascinados por el invento, enviaron emisarios, tomaron notas, hicieron bocetos y regresaron a Italia diciendo:

—Esto es maravilloso. Hagamos lo mismo, pero con vino.

Y así, inspirados por Sodogomorra, fundaron Pompeya y Herculano, ciudades de descanso, placer y “retiros espirituales” que consistían básicamente en comer, beber y criticar a los vecinos.

Hatetú e Isis paseaban por la ciudad como dos reinas del desierto.

Isis, divina y descarada, actuaba como tía moderna; Hatetú, como sobrina favorita. Y detrás de ellas, entrando y saliendo de las habitaciones privadas de la princesa, aparecía siempre el chico de Judea de pelobrócoli, con su eterna sonrisa mística y su silencio absoluto. Nadie sabía si era tímido, sabio o directamente un iluminado que había trascendido el lenguaje.

Todo iba bien. Demasiado bien.

Hasta que un día, desde el horizonte, apareció una figura envuelta en una túnica sumerio‑babilónica, con un bastón lleno de plumas, un collar de huesos falsos y una mirada que mezclaba sabiduría, picardía y estafa profesional.

—¿Quién es ese? —preguntó Hatetú.

Isis entrecerró los ojos.

—Huele a gurú de pega.

José, que estaba cerca, murmuró:

—Yo conozco ese tipo de mirada. Ese viene a vender humo… pero del caro.

La figura se acercó, levantó los brazos y proclamó:

-Eu sou Carrrlos Castanédaaa, antropólogu do desiértooo, viajjéro dos mundus invisíveisss, maestrê do camiño interrriorrr e éxpertu em chacrras que nem existém, ¿viu?

Moisés quedó fascinado.

—¡Hermano! ¡Qué vibra más fuerte tenés!

Nefru‑Luna vio directamente el potencial económico.

—¿Y vos… sabés dar cursos?, preguntó José.

—Cúrrsosss, rretírrrosss, rrituaisss, iniciassõesss, viajjéns asstrárrraiss guiáduuuus, viu…—respondió Castaneda—. Tudô certificáádo por mim mesmô… eu mesmíssimo… autoridade máximáaa do meu próprrrio saber, viu…

José se llevó la mano a la frente.

—Ay, Dioses del Nilo… ya empezamos.

Castaneda sonrió, teatral.

—Eu vim praa cá porque ouvi falárr de Sôdogomórrra… Dizém que é a cidádee onde tudooo é possíveeeu, viu…

—Y donde todo se cobra —añadió Nefru‑Luna, orgullosa.

Castaneda asintió.

—Gôsta… eu gôstooo muitchô, viu…

Y así, sin pedir permiso, empezó a expandir Sodogomorra con ideas delirantes:

-rituales inventados

-cursos carísimos

-amuletos que no servían para nada

-retiros espirituales que eran siestas largas

-“caminos del guerrero” que no llevaban a ninguna parte

-y un “viaje astral colectivo” que terminó con todos dormidos en círculo

Los romanos tomaban notas frenéticamente. Los peregrinos aplaudían. Moisés lloraba de emoción.

Nefru‑Luna contaba dracmas.

José analizaba traumas.

Isis sospechaba.

Hatetú se reía.

Y el chico de pelobrócoli seguía sonriendo.

El caos era tan grande que el faraón Turutú exigió:

—¡Traedme a ese hombre! Quiero saber quién está moviendo más gente y dinero que mis pirámides.

Y así, Carlos Castaneda fue llevado al palacio para ser “presentado en sociedad”.

La Gran Esposa Real Tururú lo miró de arriba abajo.

—¿Y este quién es?

Castaneda hizo una reverencia exagerada.

—Eu sou um maestrê do desiértooo, sinhôraaa… um guííia espirritual… um iluminaaado de primeiríssimaaa, viu…

La abuela murmuró:

—Un chanta.

El faraón preguntó:

—¿Y qué sabes hacer?

Castaneda abrió los brazos.

—Tudooo… e nadinhaaa… tudo dependê do prêçooo, viu…

Hatetú se rió. Isis rodó los ojos. El chico de pelobrócoli sonrió.

José suspiró. Y la abuela levantó la zapatilla.

—A este lo voy a vigilar yo.

Castaneda, sin perder el ritmo, se acercó a Hatetú.

—Princesaaa… tua enerrgíaaa é únicáaa… Eu podêria te ensinárr coisssas que nem os deuuuses conhecém, viu…

Hatetú lo miró con una sonrisa traviesa.

—Ay, Carlos… yo ya tengo quien me enseñe.

Y detrás de ella, como siempre, apareció el chico de pelobrócoli, silencioso, radiante, místico.

Castaneda se quedó helado.

Isis, triunfal:

—Es que acá, querido, no venimos a buscar gurúes. Venimos a divertirnos.

Y así, entre caos, risas, celos, rituales inventados y romanos tomando notas, terminó el día.

Hatetú e Isis, caminando juntas hacia la salida del palacio, dijeron al unísono:

—Hatetú… la que hemos liado otra vez.

En ese preciso instante, un narrador invisible —con voz británica y ligeramente harto— anunció: “Y ahora… una transición completamente innecesaria”. Un coro de monjes pasó corriendo, golpeándose con tablillas en la frente; un camello explotó sin motivo; y un soldado egipcio levantó un cartel que decía: “ESCENA SIGUIENTE”. La pantalla imaginaria se deslizó hacia abajo como una cortina mal cosida.

El salón del trono estaba lleno. El faraón Turutú, la Gran Esposa Real Tururú, las abuelas del Comando Anti‑Hippies, Moisés, Nefru‑Luna, José, Isis, Hatetú y hasta el chico de pelobrócoli —que había entrado sin que nadie lo viera— esperaban al invitado.

Carlos Castaneda avanzó por la sala con paso solemne, túnica sumerio‑babilónica ondeando, bastón lleno de plumas y mirada de “yo sé cosas que ustedes no”.

Se detuvo frente al faraón, hizo una reverencia exagerada y dijo:

—Majestáaaade… eu vim trager a sabeduríaaa ancestráu, viu…

La abuela Tururú murmuró:

—Sabiduría mis sandalias.

Castaneda levantó el bastón.

—Tudooo o que eu sei… foi Don Antonhô que me ensinô… um sábio do desiérto profúnduuuu, viu…

José levantó una ceja.

—¿Del desierto de dónde?

—Do desiértooo… —Castanéda hizo un gesto bien amplio— …do desiértooo, viu…

Moisés aplaudió.

—¡Qué maestro!

Castaneda continuó:

—Don Antonhô me mostrô o camiño do guerrêro interrriorrr… E me revelô a existênssia de uma planta de podêrrr que abrê as portáss da perrrcepçããao… Uma planta sagradaa chamáda… Zámur‑Garúnta, viu…

El faraón se inclinó hacia adelante.

—¿Una planta? ¿En el Sinaí?

Castaneda sonrió con solemnidad.

—Bôoôno… plántaa, plántaa… é mais bemmm… uma essênssia fermentáda ancestráu… Mas o nomê verddadeirrru é Zámur‑Garúnta… a chavê do espírrituuu, viu…

José frunció el ceño.

—Ese nombre suena a que lo inventaste recién.

Castaneda ignoró el comentario.

—Quandô a pessôa ingérrre o Zámur‑Garúnta… o córrpo se purificaaa… se liberrra… expúlsa tudooo o que tá sobrando… E aí… viajjê astráááu, viu…

Isis cruzó los brazos.

—¿Viaje astral o indigestión?

—Viajjêêê astráááu, viu… —insistió Castaneda—. O povooo cai no chão… se rretórce… grita… chorra… sai corréndo pro banhêro… e depôis… rrenássceee, viu…

José se llevó la mano a la frente.

—Eso no es renacer, querido. Eso es un mal día digestivo.

Castaneda siguió, imperturbable:

—Ontém mesmô, lá em Sôdogomórrra… eu oferrrecí um rritualzínho de Zámur‑Garúnta, viu… Cinquêêenta pessôaas tiverram uma experiênssia mííísticaaa profúndaaa, viu…

Hatetú intervino:

—¿Profunda de qué tipo?

Castaneda sonrió.

—Profúúúnda… e bem líííquidáaa, viu…

La abuela casi se desmaya.

—¡Pero este hombre está loco!

Castaneda siguió:

—O Zámur‑Garúnta limpaaa a álmáaa… e o estômagô… e o intestínô… e às vêêzes até o chão do témplô, mas issô faz partê do procêssô, viu…

El faraón Turutú lo miró horrorizado.

—¿Y la gente paga por eso?

Nefru‑Luna respondió antes que Castaneda:

—¡Y mucho!

Castaneda se acercó a Hatetú con mirada seductora.

—Princesááá… vóss tem um áuráaa espessiáu… Se tu quisérr… eu podêria te iniciárr no camííño do Zámur‑Garúnta, viu…

Hatetú se rió.

—Ay, Carlos… yo ya tengo bastante con mis propios caminos.

Y detrás de ella, como siempre, apareció el chico de pelobrócoli, sonriendo como si entendiera todo.

Castaneda lo miró con celos místicos.

Isis intervino, triunfal:

—Acá, querido, no necesitamos plantas raras para viajar. Con buena compañía alcanza.

La abuela levantó la zapatilla.

—¡Y con esto también viaja cualquiera!

Castaneda retrocedió.

Los romanos tomaban notas frenéticamente.

Moisés lloraba de emoción.

Nefru‑Luna calculaba cuánto podía cobrar por el Zámur‑Garunta.

José analizaba traumas.

Isis protegía a Hatetú.

El chico de pelobrócoli sonreía.

Y el faraón no entendía nada.

Hatetú e Isis se miraron y dijeron al unísono:

—Hatetú… la que hemos liado otra vez.

La corte del faraón seguía en silencio después del discurso de Castaneda. Un silencio espeso, incómodo, lleno de miradas cruzadas y sospechas flotando como mosquitos del Nilo.

Castaneda, viendo que tenía la atención de todos, decidió rematar la faena.

—Majestáaaade… —dijo con su acento imposible—. Permítame compartilhar as ensinanzas de Don Antonhô, o sábio do desiérto profundo…

La abuela Tururú murmuró:

—Ay, Dioses… ahora empieza.

Castaneda levantó el bastón lleno de plumas.

—Don Antonhô dizia: “O camiño do guerrêro é simples… mas só se entende quando não se entende.”

El faraón parpadeó.

—¿Qué ha dicho?

José suspiró.

—Nada. Y al mismo tiempo… menos que nada.

Castaneda continuó, cada vez más inspirado:

—Para encontrar o espírito, o discípulo deve caminar em círculos até marearse… e quando cair no chão… ¡ahí começa a iluminação!

Moisés aplaudió emocionado.

—¡Es profundo!

Isis lo miró con lástima divina.

—Es mareo, Moisés. Mareo.

Castaneda siguió:

—Don Antonhô também ensinó o Salto do Desiérto…

—Don Antonhô também ensinó o Salto do Desiérto. Um salto para dentro… e para fora… ao mesmo tempo.

Hatetú levantó la mano.

—¿Y cómo se hace eso?

Castaneda sonrió.

—Ninguém sabe, princesa. Mas se paga adiantado.

Nefru‑Luna casi llora de emoción empresarial.

—¡Este hombre es un genio!

La abuela levantó la zapatilla.

—¡Este hombre es un chanta!

Castaneda, ignorándola, sacó un pequeño frasco con un líquido espeso y oloroso.

—E por último… a planta de poder Zámur‑Garunta. A chave do umbriiiiigo astral.

El olor llegó a la primera fila. El faraón retrocedió.

—¡Por todos los dioses! ¿Eso es… eso es…?

Castaneda lo interrumpió:

—É sagrado, majestáaaade. Don Antonhô dizia: “Se cheira mal… é porque está funcionando.”

José se tapó la cara.

—No puedo más.

Castaneda agitó el frasco.

—Quem quiser provar… terá uma experiência profunda. Profunda… e líquida.

Los romanos tomaban notas frenéticamente.

Moisés levantó la mano. Nefru‑Luna también. La abuela gritó:

—¡Ni se te ocurra, Moisés!

Pero ya era tarde. Un grupo de cortesanos, curiosos y crédulos, probó una gota de Zámur‑Garunta.

Tres segundos después:

—¡Ayyyy!

—¡Mi estómago!

—¡Estoy viendo colores!

—¡Estoy viendo a mi suegra!

—¡Estoy viendo a mi suegra en colores!

Castaneda, satisfecho:

—Viaje astral coletivo, ¿viu?

El faraón se levantó indignado.

—¡Basta! ¡Este hombre es un peligro público!

La abuela avanzó con la zapatilla en alto.

—¡Y yo me encargo de él!

Castaneda retrocedió, tropezó con un romano, cayó sobre un cojín ceremonial y rodó hasta los pies de Hatetú.

Ella lo miró desde arriba, divertida.

—Carlos… creo que tus enseñanzas necesitan… revisión.

Isis añadió:

—O directamente un exorcismo.

El chico de pelobrócoli apareció detrás de Hatetú, sonriendo como si todo tuviera sentido.

Castaneda lo miró con desesperación mística.

—Princesa… ¿por qué esse menino sempre aparece assim… do nada?

Hatetú se encogió de hombros.

—Porque puede ¡hatetú!

Isis tomó a Hatetú del brazo.

—Vámonos, sobrina. Antes de que este hombre invente otra enseñanza.

Y mientras salían del salón, entre gritos, diarreas astrales, romanos tomando notas, Moisés llorando de emoción y la abuela persiguiendo a Castaneda con la zapatilla…

Hatetú e Isis dijeron al unísono:

—Hatetú… la que hemos liado otra vez.

Deja un comentario

Ponte en contacto con nosotros

Bienvenido a un mundo de posibilidades ilimitadas, donde el viaje es tan emocionante y donde cada momento es una oportunidad.

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨

Descubre más desde ¿Y si empezamos a cambiar el mundo?

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo