¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú princesa de Egipto IV. SODOGOMORRA — Las Vegas del Sinaí

El sol del Sinaí caía como una antorcha divina sobre las dunas cuando el Comando Anti‑Hippies del Alto Egipto llegó al festival. Tres abuelas, tres túnicas impecables, tres sandalias afiladas como dagas ceremoniales… y una misión:

Rescatar a Hatetú del desmadre.

La abuela Tururú iba al frente, zapatilla en mano, lista para impartir justicia maternal.

Pero lo que encontraron al llegar a la cresta de la duna… no estaba en ningún papiro.

Allí, bailando como si el mundo fuera un tambor gigante, estaban:

Hatetú, con la melena negra desbordada, medio desnuda, medio borracha y medio drogada y con una risa que iluminaba el desierto.

El chico de Judea, guapísimo, con ese pelo rizado que parecía un brócoli sagrado.

La diosa Isis, que había decidido unirse “solo para vigilar”, pero llevaba ya un buen rato moviendo las caderas, medio desnuda, borracha y drogada como si el Duat tuviera DJ.

Las dos, muy acarameladas, bailaban alrededor del chico, que no decía ni una palabra. Solo sonreía. Una sonrisa tan perfecta que parecía tallada por artesanos de Tebas.

La abuela Tururú se quedó petrificada.

—¡Hatetú! ¡Isis! ¡Pero… pero…!

Las dos chicas saludaron al unísono, felices:

—¡Holaaaaa!

La amiga Hasepsut, del Comando Anti‑Hippies, murmuró:

—Tururú… ¿esa no es tu hija?

—Sí… —respondió Tururú, sin aire—. Y esa es la diosa Isis. ¿Y ese chico quién es?

Isis, encantada:

—Una vibra hermosa, Tururú. No sabés lo bien que baila.

Hatetú, riéndose:

—Mami… tenías razón… Es como cuando te duele una muela… te duele, pero no querés que te la saquen… ¡yuhuuuu!

Tururú abrió la boca para regañarla, pero antes de que pudiera decir nada, vio por el rabillo del ojo cómo Hasepsut se alejaba discretamente, cogida del brazo de dos chicos con flores en el pelo.

—¡Hasepsut! ¿A dónde vas?

—Ay, Tururú… desde que me casé no me he vuelto a divertir. Voy a… a recordar cómo se baila…¡Tururú!

Y se perdió entre la multitud.

La otra amiga, Nefernefer, también empezó a escabullirse.

—¿Y tú? —preguntó Tururú, desesperada.

Nefernefer sonrió con nostalgia:

—¿Ya no te acuerdas, Tururú? Nosotras inventamos estas fiestas.

Y se fue detrás de un grupo que olía a incienso y libertad.

Tururú se quedó sola, rodeada de música, arena y juventud desatada.

Entonces Isis le tomó la mano, le guiñó un ojo y le dijo con picardía divina:

—No me digas que no estás orgullosa de tu hija.

Tururú tragó saliva. Miró a Hatetú, radiante, feliz, viva. Y por primera vez en años… sonrió orgullosa por su hija…

Isis tiró de ella suavemente.

—Ven, mujer. Hoy se goza…como cuando éramos jóvenes.

Y Tururú desapareció entre la multitud, de la mano de una diosa.

Cuando el sol subió del todo, el festival Sinaístock parecía un campo de batalla espiritual: jóvenes dormidos en posiciones imposibles, incienso flotando como niebla sagrada, un sicómoro todavía humeante, y Moisés roncando dentro de su barril.

Las abuelas del Comando Anti‑Hippies despertaron tarde, despeinadas y sin recordar exactamente qué habían hecho.

Tururú abrió un ojo.

—¿Dónde… dónde estamos?

Hasepsut, con una flor en el pelo:

—En el Sinaí, creo.

Nefernefer, con voz ronca:

—¿Y por qué tengo arena hasta en el alma?

Las tres se miraron. Se miraron bien. Y entonces, como si la dignidad les volviera de golpe, cogieron las zapatillas.

—¡A ver, juventud! —gritó Tururú, levantando la sandalia como si fuera un cetro—. ¡Se acabó la fiesta! ¡Circulen!

Los jóvenes, todavía medio dormidos, se dispersaron más por susto que por obediencia.

Hatetú y la diosa Isis, desde una duna, las miraban con una mezcla de ternura y vergüenza ajena.

—Isis… —susurró Hatetú—. La que hemos liado.

Isis sonrió, divina y cómplice.

—Hatetú… esto queda para los papiros.

La caravana regresó al palacio al mediodía. Todos iban arrastrando los pies:

-Hatetú con la melena como un nido de ibis.

-Isis con un vestido chamuscado por la bengala.

-Moisés con ojeras de profeta cansado.

-Nefru‑Luna con un collar nuevo que nadie sabía de dónde había salido.

-José repartiendo infusiones “para la ansiedad post‑festival”.

-Y las abuelas… intentando parecer respetables.

El faraón Turutú estaba en la entrada, con los brazos cruzados.

—¿Se puede saber… qué ha pasado?

Moisés intentó hablar, pero solo salió un croar.

Hatetú se adelantó, digna dentro de lo posible.

—Padre… ha sido… una experiencia espiritual.

Isis añadió:

—Muy espiritual.

El faraón los miró uno por uno. Luego miró a Moisés.

—¿Y por qué hueles a incienso y a cabra?

Moisés, serio:

—Cosas del desierto, abu…

José intervino, profesional:

—Abu, si quieres, puedo organizar una terapia grupal para procesar todo esto.

El faraón lo miró como si hubiera visto un escarabajo parlante.

—No, gracias. Con que no vuelvan a quemar a una diosa, me conformo.

Isis levantó una ceja.

—Fue un accidente, Turutú.

Pasaron unos días. La resaca se fue. La arena se sacudió. La dignidad… más o menos volvió.

Y llegó el domingo. La comida familiar.

Toda la familia real reunida alrededor de la mesa. Pan, cerveza, dátiles… y silencio incómodo.

Hasta que la abuela Tururú habló.

—Hay que ver… esa lagarta de la beduina.

Todos levantaron la vista.

—¿Quién, madre? —preguntó Hatetú.

—¡Esa Nefru‑Luna! Que me ha robado a mi nieto Moisés. Se lo ha llevado del palacio. Una cazafortunas, eso es lo que es.

Turutú, el Faraón, que estaba comiendo en silencio, se atragantó con un dátil.

Tururú —madre de Hatetú— intervino:

-¡Esa lagarta!

—Mami, por favor… Si es lo mejor que le ha podido pasar a Moisés. Siempre ha sido bueno… y un poco tonto. Al menos ella no ha tocado ni un dracma del tesoro real.

Tururú bufó.

—¡Porque no la dejé entrar al palacio!

—Y además —continuó la hija—, han fundado una ciudad que les da muchísimo dinero. Moisés es más rico ahora que nosotros.

Intervino Hanwaset:

—Es verdad, abuela. Sodogomorra está creciendo. Tienen templos‑casino, chiringuitos de chacras, ruletas de papiro…

—¡Callate! —gritó Tururú—. ¡No quiero saberlo!

Pero siguió refunfuñando, como siempre.

—Esa beduina… esa cazafortunas… esa lagarta…

Turutú el Faraón le dijo a su mujer Tururú:

—¿Mira que tienes mala leche, pero aún así te quiero igual, Tururú. y le dió tal beso en los labios pintados con lapislázuli que la abuela casi se desmaya.

Hatetú e Isis se miraron y susurraron:

—Hatetú… la que hemos liado.

Cuando por fin el Sinaístock terminó —o más bien, cuando las abuelas lo dispersaron a zapatillazos ceremoniales— quedó un silencio extraño en el desierto. Un silencio lleno de posibilidades, de arena removida, de incienso flotando todavía en el aire.

Moisés, con la resaca más espiritual de su vida, se sentó en su barril y miró alrededor.

—Oye… —dijo, con voz ronca—. ¿Y si… hacemos algo con todo esto?

Nefru‑Luna, que estaba trenzándose el pelo con cuentas de colores que no recordaba haber comprado, pero haber vendido, levantó la vista.

—¿Algo como qué, mi profeta hermoso?

Moisés señaló las dunas, los restos del festival, los jóvenes que aún vagaban buscando agua o iluminación, y el sicómoro que seguía echando humo.

—Algo… grande. Algo… vibracional. Algo… que nos dé de comer.

Nefru‑Luna sonrió como solo sonríen las beduinas cazafortunas cuando huelen una oportunidad.

—¿Una ciudad?

Moisés abrió los ojos como si hubiera visto otra zarza ardiendo.

—¡Una ciudad!

José, que estaba repartiendo infusiones “anti culpa post‑fiesta”, se acercó de inmediato.

—¿Una ciudad? ¿Y quién la va a dirigir? ¿Vos, la beduina? ¿O yo, que soy el único con formación profesional?

Nefru‑Luna lo ignoró con elegancia.

—Una ciudad libre, Moisés. Una ciudad espiritual. Una ciudad donde la gente venga a buscar su camino.

José añadió:

—Y donde podamos cobrar entrada.

Moisés asintió con solemnidad.

—Eso también.

Los tres se quedaron mirando el horizonte. Y entonces, como si el desierto mismo les diera permiso, una ráfaga de viento levantó una nube de arena que formó, por un instante, una palabra:

SODOGOMORRA

Nefru‑Luna se llevó la mano al pecho.

—¡Ay, qué nombre más lindo!

—Es fuerte. Es místico. Es comercial.

Moisés se levantó sobre su barril, alzó el bastón y proclamó:

—¡En nombre del desierto, del Mar Rojo y de la resaca que nos une… queda fundada SODOGOMORRA!

Los jóvenes que quedaban aplaudieron sin saber por qué. Un camello cercano hizo un sonido que pareció un “olé”. El sicómoro humeante soltó una chispa aprobatoria.

Y así nació:

SODOGOMORRA La ciudad vibracional del Sinaí. Las Vegas del desierto. El lugar donde todo está permitido… excepto aburrirse.

En cuestión de días, empezaron a levantarse:

-El Templo‑Casino “La Ruleta del Nilo”

-El Chiringuito de Chacras 24h de Nefru‑Luna

-El Centro de Terapias Grupales “José te Escucha”

-El Mar Rojo Abre‑y‑Cierra Park, con pases diarios

-El Oasis de la Iluminación Express

-El Mercado de Amuletos que No Sirven para Nada Pero Quedan Bonitos.

Los comerciantes llegaron. Los peregrinos llegaron. Los curiosos llegaron. Los romanos también, pero solo para tomar notas.

Y Moisés, que siempre había sido bueno pero un poco tonto, descubrió que era un genio para los negocios.

Nefru‑Luna manejaba la economía. José manejaba la psicología. Moisés manejaba el Mar Rojo como si fuera una puerta automática.

Y Sodogomorra creció. Y creció. Y creció.

Hasta que un día, Hatetú e Isis, desde una duna, miraron la ciudad recién nacida y dijeron al unísono:

—Hatetú… la que hemos liado.

One response to “HATETÚ, PRINCESA DE EGIPTO IV. Sodogomorra -Las Vegas del Sinaí”

  1. Avatar de alfmartmart

    jajajajaajja…¿hatetú, la que hemos liado!….jajajjajaja

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