Un recorrido por lo que sucede dentro de nosotros cuando la vida nos obliga a cambiar: nacer, crecer, amar, separarse y despedir.
Hay momentos en los que la vida se detiene un instante y nos deja ver lo que normalmente evitamos mirar: que vivir es atravesar una sucesión de cambios que nos obligan a morir y renacer muchas veces sin que nadie lo note.
No hablo de grandes tragedias ni de grandes celebraciones. Hablo de lo cotidiano: del hijo que crece, del padre que envejece, del cuerpo que cambia, del amor que se transforma, de la muerte que se acerca.
Y entonces me pregunto cómo hacemos para aceptar todo eso sin rompernos. Cómo la mente humana consigue adaptarse a lo inevitable. Cómo sobrevivimos a los ritos de paso que nos atraviesan desde que nacemos hasta que morimos.
No hablo de “cultura”. Hablo de seres humanos expresando lo mismo con otros colores. Hablo de psicología profunda, de antropología vivida, de lo que sucede dentro mientras afuera hacemos como si nada.
Cuando nace un hijo, no solo nace un bebé. Nacen una madre y un padre.
Y mueren dos personas que ya no volverán a existir.
La cuarentena —en España hasta hace poco, en China todavía hoy— no es un detalle folclórico. Es un mecanismo humano universal para permitir que la mente se reorganice.
-La madre necesita aceptar que su cuerpo ya no es solo suyo.
-El padre necesita aceptar que ya no es un hijo: ahora es responsable de una vida.
-Ambos necesitan despedirse de la pareja que eran.
-Y el bebé necesita un mundo que lo reciba sin ruido.
La cuarentena es un duelo y un nacimiento simultáneo. Un tiempo para que la mente se adapte a una identidad nueva que llega sin manual de instrucciones.
Y lo sorprendente es que, aunque España y China lo expresen de forma distinta, la función psicológica es idéntica: dar tiempo para que la vida nueva no destruya la anterior.
El paso de la infancia a la adultez no sucede en un examen, pero el examen lo simboliza. La Selectividad en España, el Gaokao en China, o cualquier prueba equivalente, como saltar por encima de uno o varios toros como hacen en algunas tribus africanas, cumplen la misma función psicológica:
obligar al adolescente a aceptar que ya no es niño y obligar a los padres a aceptar que ya no pueden protegerlo.
Psicológicamente, este tránsito es brutal:
-El hijo siente miedo a decepcionar. Esto ocurre en todas las «culturas humanas, sea saltando por encima de toros o sea caminando sobre brasas.
-El padre siente miedo a soltar.
-La madre siente miedo a perder.
-El adolescente siente vértigo ante la libertad.
-La familia entera se recoloca.
-Padres y abuelos sienten que acaban de envejecer varios años de golpe.
No es el «examen» lo que pesa. Es el duelo por la infancia que se va.
Y aquí también España y China o cualquier «cultura del mundo se parecen más de lo que creemos: cambian los colores, pero el vértigo es el mismo.
Una boda no es solo una celebración. Es un cambio interno profundo.
-Uno renuncia a una parte de su libertad.
-Acepta la vulnerabilidad del otro.
-Acepta que ya no puede vivir solo para sí mismo.
-Integra la historia de otra familia en la propia.
-Se compromete a sostener y ser sostenido.
Psicológicamente, casarse es un acto de valentía: es aceptar que el amor no es solo emoción, sino responsabilidad.
Y también es un duelo: el duelo por la vida individual que queda atrás.
En España se celebra con fiesta, banquetes y ritos. En China con banquetes, fiesta y rituales. En ambos casos, la mente humana atraviesa el mismo proceso: reorganizarse para compartir la vida.
El divorcio es uno de los ritos psicológicos más complejos que existen.
No porque rompa una pareja, sino porque rompe una identidad.
Cuando hay abuso, maltrato, abandono, adulterio o incesto, por cualquiera de las dos partes o de las dos familias, el divorcio es un acto de protección. La mente necesita salir de ahí para sobrevivir. Es un divorcio ético, un divorcio que salva.
Pero cuando el divorcio se convierte en una huida inmadura —cuando se usa para evitar crecer, para no asumir responsabilidades, para escapar del compromiso— entonces no es un acto de libertad, sino de fragilidad, de infantil egoísmo.
Psicológicamente, el divorcio exige:
-reconstruir la identidad,
-aceptar la culpa y la inocencia,
-reorganizar la vida,
-aprender a estar solo,
-y, a veces, aprender a no repetir lo mismo.
España y China lo expresan de forma distinta, pero la herida interna es universal, es la misma.
La muerte es el rito de paso más universal y el más difícil de aceptar.
No porque no sepamos que va a llegar, sino porque la mente humana no está hecha para imaginar su propia desaparición ni la de quienes ama.
Por eso necesitamos rituales. Por eso en España, hace cincuenta años, la foto del difunto se colocaba en casa. Por eso en China y en toda Asia la foto sigue ocupando un lugar central. Por eso necesitamos un rostro, un nombre, un objeto, un lugar.
Psicológicamente, un funeral es:
-aceptar que un ser querido o no tan querido, ya no está,
-aceptar que seguimos aquí,
-aceptar que la vida continúa aunque duela,
-aceptar que la memoria es lo único que queda.
El duelo no es tristeza. Es reorganización interna. Es aprender a vivir con un hueco que ya no se llena.
Cuando miro estos ritos —nacimiento, adolescencia, boda, divorcio, muerte— veo que todos tienen algo en común: son reorganizaciones internas.
La mente humana se adapta, se estira, se rompe, se recompone.
A veces madura.
A veces se defiende.
A veces se niega.
A veces acepta.
Y lo más sorprendente es que, aunque cada sociedad pinte estos ritos con colores distintos, la arquitectura psicológica es la misma.
No existen culturas distintas. Existen los mismos seres humanos enfrentándose a los mismos vértigos:
-dejar de ser quien éramos,
-aceptar lo que llega,
-soltar lo que se va,
-sostener lo que duele,
-acompañar lo que cambia.
La normalidad no existe. Es un pacto psicológico que hacemos para no desbordarnos.
Quizá ser humanos sea esto: aprender a cruzar puentes invisibles sin saber cómo se hace, mientras la mente se adapta, se resiste, se rompe y se recompone.
Y aun así, avanzar. Porque estamos hechos para acompañarnos. Porque, aunque cambien los gestos y los colores, la vida interior es la misma para todos.
Pero la pregunta crucial, ¿cómo aceptamos qué la vida es lo qué es? Que los niños crecen, que pasan de bebés a infantes, púberes, adolescentes, jóvenes, jóvenes adultos, tienen sexo, se casan, tiene hijos, enferman se ayudan, te ayudan, te haces viejos, ellos lo ven como lo normal, se divorcian, se vuelven a casar, enfermas y mueres… ¿Los seres humanos procesamos la vida por qué es algo filogenético, por qué lo aprendemos desde que nacemos, es decir, es innato en nosotros aceptar que la vida es como es y no nos sorprende que nuestros hijos se casen y tengan hijos?
No sé si algún día tendré la respuesta a esta pregunta que tendré que reformular bien.
Pero si no la tengo ¿qué importa? La vida seguirá hasta que nosotros mismos acabemos con ella.


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