¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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El fuego, la mujer y la tribu: la humanidad que perdimos en sesenta años

Hay series que sirven como entretenimiento y otras que funcionan como espejos. La producción china Seis Hermanas (六姊妹, 2025), ambientada entre los años sesenta y principios de los dos mil, pertenece a esta segunda categoría. No porque debamos analizarla en detalle, sino porque ofrece un marco narrativo perfecto para reflexionar sobre algo que rara vez se dice en voz alta: la sorprendente similitud entre la estructura familiar, moral y social de la China maoísta y la España franquista y posfranquista. Dos países lejanos, dos sistemas políticos opuestos, dos historias aparentemente incompatibles… y sin embargo, dos sociedades que, en lo esencial, se parecían mucho más de lo que los manuales de psicología social —escritos casi todos en Estados Unidos— han querido admitir.

Durante décadas, la psicología social estadounidense impuso al mundo una dicotomía tan cómoda como falsa: sociedades colectivistas (como China) frente a sociedades individualistas (como España, según ellos). Pero esa clasificación, repetida hasta la saciedad en universidades y libros de texto, no resiste el más mínimo análisis histórico. España en los años 50, 60, 70 e incluso 80 no era una sociedad individualista. Y China, pese a su retórica comunista, tampoco era colectivista en el sentido que imaginaban los académicos norteamericanos. Lo que ambas compartían era algo mucho más profundo y más antiguo: el familismo tradicional, una estructura emocional, económica y moral donde la familia —no el individuo, no el Estado— era el verdadero eje de la vida.

Esto no es una opinión. Es algo que ya advirtieron, con una honestidad poco común en su época, los psicólogos sociales estadounidenses Harry Triandis y Michele Gelfand, quienes señalaron que la clasificación colectivismo/individualismo era una simplificación extrema, útil solo para describir la cultura estadounidense… y poco más. Triandis fue uno de los primeros en denunciar que los experimentos realizados en campus norteamericanos no podían generalizarse al resto del mundo. Décadas después, el famoso artículo sobre el “problema WEIRD” lo confirmó: los estadounidenses son la población más atípica del planeta, y sin embargo sus modelos psicológicos se exportaron como si fueran leyes universales.

Por eso, cuando uno compara la España de Franco y la China de Mao —o incluso la España de la Transición y la China de las reformas de Deng Xiaoping— descubre algo que desmonta por completo la arrogancia académica de los gringos: las dos sociedades funcionaban de manera muy similar en lo que realmente importa para entender la vida humana.

La familia como núcleo económico.

El honor familiar como brújula moral.

La solidaridad interna como forma de supervivencia.

El sacrificio colectivo para “sacar el país adelante”.

La disciplina social.

El respeto a los mayores.

La moral sexual rígida.

La importancia del apellido.

La idea de que uno no vive solo para sí mismo, sino para los suyos.

Y entonces surge la pregunta inevitable, incómoda, necesaria: ¿Vamos a seguir aceptando sin cuestionar los modelos psicológicos y antropológicos -y paleoantropológicos- fabricados por los gringos

—modelos basados en su propia cultura, su propia historia y sus propios prejuicios— o vamos a escuchar a quienes han vivido, viajado y observado el mundo sin superioridades culturales, raciales o religiosas?

Cuando uno ha viajado por el mundo sin prejuicios, sin la arrogancia académica que pretende clasificar a los pueblos desde un despacho, descubre algo que ningún manual de psicología social estadounidense es capaz de explicar: la familia humana funciona igual en todas partes. Lo vi en España, lo vi en China y lo vi, sobre todo, en Mongolia, en la estepa, en la taiga y en la tundra, donde la vida aún conserva esa autenticidad que la modernidad ha ido borrando en otros lugares. Allí, como en la España rural de los años cincuenta o en la China maoísta, la familia, el clan y la tribu siguen siendo el eje de la existencia. No por ideología, sino por necesidad, por tradición y por pura humanidad.

En las yurtas mongolas, los niños crecen libres, corriendo entre caballos y viento, pero desde muy pequeños aprenden a colaborar, a cuidar del ganado, a ayudar en el hogar. No porque alguien les adoctrine, sino porque la vida misma les enseña que la supervivencia es un proyecto común.

Y en ese proyecto, como ya hemos visto en artículos anteriores, la mujer sostiene su mitad del cielo: organiza, cuida, transmite, mantiene el fuego encendido, da estabilidad emocional y continuidad cultural. Exactamente igual que en la España de posguerra, donde la mujer era el pilar silencioso de la familia, y exactamente igual que en la China rural, donde la retórica igualitaria del Partido no cambió la realidad profunda: sin las mujeres, la vida se habría detenido.

Y sin embargo, desde Estados Unidos —ese país que nunca ha entendido el familismo tradicional porque jamás lo ha vivido— se atrevieron a clasificar a estas sociedades como “colectivistas”. Mongolia, China, Vietnam, Siberia… todas metidas en el mismo saco, como si fueran variaciones exóticas de un mismo modelo. Pero lo que los gringos llaman “colectivismo” no es más que la forma natural en que los seres humanos han vivido durante decenas de miles de años.

No es ideología: es antropología.

No es política: es supervivencia.

No es doctrina: es hogar.

Por eso, cuando escucho a ciertos académicos estadounidenses hablar de “sociedades colectivistas”, no puedo evitar recordar lo que he visto con mis propios ojos: hogares donde el olor a comida es el mismo que en Aragón, risas de niños que suenan igual que en un pueblo de Teruel que en una yurta en Mongolia, mujeres que sostienen la vida con la misma fuerza en un barrio de Pekín que en cualquier barrio de cualquier ciudad de España, ancianos respetados como en las aldeas chinas o mongolas. Y entonces me pregunto cómo es posible que una ciencia que presume de universalidad haya sido tan ciega ante lo más universal de todo: la familia humana.

Porque, al final, la verdad es esta: Lo que yo he visto en el mundo no se parece en nada a lo que dicen los libros de psicología social escritos en Estados Unidos… ni a las reescrituras que hace la universidad española, que sigue utilizando manuales gringos como si fueran verdades universales.

Y aquí surge la reflexión que quiero dejar clara en este artículo: ¿Qué sentido tiene estudiar psicología social a los 61 años, después de haber vivido en carne propia lo que la teoría ignora? He viajado por el mundo, he convivido con personas de otros colores, otros rasgos, otras lenguas y otras historias, con las que he tenido hijos o he convivido. He sufrido prejuicios raciales y he amado más allá de ellos. Y en todas partes, absolutamente en todas, he encontrado lo mismo: el olor a hogar, el ruido de la vida, la familia como refugio, la mujer como columna vertebral, los niños como promesa.

Eso no es colectivismo.

Eso no es individualismo.

Eso es humanidad.

Los años setenta y ochenta fueron un terremoto simultáneo en España y en China, aunque cada país lo vivió a su manera. En España, la muerte de Franco abrió las compuertas de una modernidad que llevaba décadas acumulando presión. En China, la muerte de Mao y la llegada de Deng Xiaoping iniciaron un aperturismo controlado, económico más que político, pero suficiente para que el mundo exterior entrara por las rendijas. Y con ese mundo exterior llegó algo que nadie esperaba: el breakdance.

Puede parecer anecdótico, pero no lo fue. El breakdance —esa mezcla de música, cuerpo, calle y desafío— entró en España a finales de los setenta y explotó en los ochenta. En China llegó un poco más tarde, pero con un impacto igual de profundo. Para los jóvenes, fue una liberación. Para las familias, un desconcierto. Para los Estados, una amenaza. Porque el breakdance no era solo un baile: era un símbolo de apertura, de individualidad expresiva, de ruptura con la disciplina tradicional. Era el primer síntoma visible de que el mundo estaba cambiando más rápido de lo que las familias podían asimilar.

En España, ese aperturismo vino acompañado de algo mucho más fuerte: una libertad sexual brutal, sin transición, sin educación emocional, sin preparación social. Se abrieron clínicas abortivas, los análisis de embarazo se volvieron accesibles y gratuitos, y la moral familiar —individual y colectiva— se desmoronó en cuestión de años. Lo que había sido una sociedad trabajadora, austera, cohesionada y centrada en la familia se vio de repente inundada por drogas, juego, pornografía y un consumismo que prometía libertad pero que trajo, sobre todo, soledad.

China vivió un proceso distinto, pero con consecuencias similares. El aperturismo económico trajo dinero, desigualdad, migraciones masivas del campo a la ciudad, ruptura de familias, pérdida de redes comunitarias y una modernidad que avanzaba demasiado rápido para una sociedad que llevaba milenios organizada en torno al clan y al hogar. El breakdance, la música occidental, los videoclubs clandestinos y la cultura urbana fueron los primeros síntomas de un cambio que nadie sabía cómo gestionar. Y, como en España, las familias quedaron desbordadas.

Porque lo que se rompió en los años setenta y ochenta no fue una estructura “colectivista” ni “individualista”. Lo que se rompió fue la familia humana, esa que había sostenido la vida durante milenios. Lo que se rompió fue la red emocional que daba sentido a la existencia. Lo que se rompió fue la continuidad cultural que las mujeres habían mantenido generación tras generación.

Lo que se rompió fue la infancia libre, la de los niños que colaboraban, que crecían en comunidad, que vivían en hogares donde había olor a comida, ruido de vida, presencia de abuelos, de tíos, de vecinos.

Y lo que vino después fue un mundo donde la libertad se confundió con la ruptura, donde la modernidad se confundió con el desarraigo, y donde la soledad se convirtió en la nueva normalidad.

Los años noventa y los primeros dos mil fueron el punto de no retorno. Tanto en España como en China, la modernización dejó de ser una promesa para convertirse en una fuerza arrolladora que transformó la vida cotidiana a una velocidad que ninguna familia —ni española, ni china, ni mongola, ni de la estepa o la taiga— podía absorber sin fracturas profundas.

En España, la entrada en la Unión Europea trajo dinero, infraestructuras, consumo y una sensación de libertad sin límites. Pero esa libertad tenía un precio: la disolución acelerada de las redes familiares. Los abuelos dejaron de vivir con los hijos, los hijos dejaron de vivir cerca de los padres, y la familia extensa —que había sido el corazón de la vida española durante siglos— se redujo a un modelo nuclear frágil, aislado y cada vez más dependiente del Estado y del mercado. La mujer, que durante generaciones había sostenido la mitad del cielo, se encontró atrapada entre el trabajo, la maternidad, la soledad urbana y una presión social que confundía emancipación con abandono de la estructura familiar.

En China, el proceso fue distinto pero igual de devastador. La globalización convirtió a millones de campesinos en trabajadores migrantes que abandonaron sus aldeas para vivir en dormitorios industriales. Las familias quedaron partidas: padres en las fábricas, hijos criados por abuelos en el campo, matrimonios separados por miles de kilómetros. La mujer china, que había sido el eje emocional del hogar, se vio obligada a sostener familias fragmentadas, a criar sola, a trabajar sin descanso y a adaptarse a un mundo donde la tradición ya no servía y la modernidad no ofrecía refugio.

Y mientras tanto, en ambos países, la globalización trajo lo mismo: pornografía accesible, juego online, drogas baratas, alcohol omnipresente, consumismo compulsivo, soledad emocional y una cultura que glorificaba el éxito individual por encima de cualquier vínculo humano. Lo que había sido una sociedad de hogares llenos, de comidas compartidas, de vecinos que se conocían, de niños que jugaban en la calle, se convirtió en un paisaje de apartamentos silenciosos, pantallas encendidas y vidas desconectadas.

La familia humana —esa que yo he visto en Mongolia, en China, en España, en la estepa, en la taiga, en la tundra— quedó reducida a una sombra de lo que fue. Y lo más irónico es que, mientras todo esto ocurría, la academia estadounidense seguía hablando de “colectivismo” e “individualismo” como si esas categorías explicaran algo. No explicaban nada. No explican nada. Porque lo que se rompió no fue una ideología, sino la estructura emocional que había sostenido a la humanidad durante milenios.

España y China, cada una a su manera, vivieron el mismo proceso: la modernidad desbordó a las familias, desbordó a las mujeres, desbordó a los niños, desbordó a la moral colectiva y desbordó a la comunidad. Y lo que quedó fue un mundo donde la libertad se confundió con aislamiento, donde la abundancia se confundió con vacío, y donde la identidad se fragmentó en mil pedazos.

Si uno observa con atención, tanto la serie china Seis Hermanas (六姊妹), basada en la novela homónima de Yi Bei, publicada en 2018, como la española Cuéntame, estrenada en el año 2001, cuentan en realidad la misma historia: la historia de una familia que atraviesa décadas de cambios políticos, económicos y morales que desbordan su mundo íntimo. Dos países distintos, dos culturas distintas, dos lenguas distintas… pero una misma estructura emocional.

En Seis Hermanas, seguimos a una familia china desde los años sesenta hasta los primeros dos mil. En Cuéntame, acompañamos a los Alcántara desde los sesenta hasta la España contemporánea. Y lo que vemos en ambas no es casualidad: es la fractura de la familia tradicional bajo el peso de la modernidad.

En China, la Revolución Cultural, el maoísmo, el aperturismo de Deng Xiaoping y la globalización van erosionando la estructura familiar que había sostenido la vida durante milenios. En España, la dictadura, la Transición, la entrada en Europa y la modernidad acelerada producen un efecto casi idéntico. En ambas series, las mujeres cargan con el peso emocional de la familia, los hijos crecen entre tradición y ruptura, y los padres intentan adaptarse a un mundo que cambia demasiado rápido.

Y lo más revelador es que ambas ficciones muestran, sin pretenderlo, los mismos hitos históricos que hemos analizado en este artículo:

-la llegada del breakdance como símbolo de apertura juvenil,

-la irrupción de la libertad sexual sin educación emocional,

-la aparición de clínicas abortivas y pruebas de embarazo accesibles,

-la entrada de las drogas, el juego y el porno,

-la destrucción de la moral familiar colectiva,

-el divorcio y la secularización,

-la ruptura de las redes comunitarias,

-la soledad creciente,

-la deshumanización del día a día,

-y la pérdida de la infancia libre y colaborativa que aún se conserva en la estepa, la taiga y la tundra.

Lo que vemos en Seis Hermanas y en Cuéntame no son dos historias nacionales: son dos versiones de la misma historia humana. La historia de cómo sociedades trabajadoras, cohesionadas y profundamente familiares fueron arrasadas por una modernidad que prometía libertad, pero que trajo desarraigo, velocidad, ruido, consumo y soledad.

Ambas series muestran, desde la ficción, lo que yo he visto en la vida real viajando por el mundo: que la familia humana —la de España, la de China, la de Mongolia, la de la estepa y la de la taiga— funciona igual en todas partes… y que cuando se rompe, lo que se rompe no es una estructura cultural, sino la base misma de la humanidad.

La sociedad humana, desde al menos Homo erectus, lleva más de 250.000 años siendo esencialmente la misma. Durante el 95% del tiempo que hemos caminado sobre la Tierra, la vida se ha organizado siempre alrededor de los mismos pilares: la familia, el clan, la tribu, el fuego, la cooperación y la mujer sosteniendo la mitad del cielo. No importa el color de la piel, la latitud, la lengua o el paisaje: en todas las culturas, en todas las épocas, en todos los rincones del planeta, la mujer ha ocupado el mismo lugar estructural, no por casualidad, sino por causalidad biológica, genética y social.

Los niños, desde el Paleolítico hasta hace apenas unas décadas, crecían libres, aprendiendo desde muy pequeños que la cooperación y la hospitalidad no eran virtudes abstractas, sino condiciones de supervivencia. Gracias a esa cooperación —y gracias a las mujeres que mantenían encendida la vida cotidiana— los tepees, las yurtas, las casas de adobe y las chozas de madera olían a hogar: a comida, a humo, a pies descalzos, a sudor, a caballos, a cabras, a bebés, a ancianos… a humanidad.

Durante cientos de miles de años, la familia humana se reunió alrededor del fuego para hablar, comer, reír, llorar, recordar y transmitir cultura. Esa escena —la familia reunida, la mujer sosteniendo, los niños aprendiendo, los mayores enseñando— es la constante más profunda de nuestra especie.

La encontramos en Mongolia, en China, en España, en la estepa, en la taiga, en la tundra, en los Andes, en el Sahel y en cualquier lugar donde haya habido seres humanos.

Y, sin embargo, en apenas sesenta años, hemos destruido esa continuidad milenaria. Hemos roto la estructura que nos hacía humanos. Hemos dejado caer a la especie en brazos de un demonio moderno que nunca salió de sus despachos, y que cuando lo hizo fue para mirar al mundo con prejuicios, para clasificarlo, para juzgarlo y para corromper aquello que no se parecía a él. Ese demonio —que nunca entendió la vida real, la vida del hogar, la vida del clan, la vida de la mujer que sostiene el cielo— se permitió decidir qué era progreso y qué era atraso, qué era libertad y qué era opresión, qué era modernidad y qué era barbarie.

Pero la verdad es más simple y más profunda: la humanidad era humana antes de que la modernidad la deshumanizara.

Y lo que hemos perdido en estas últimas décadas —la familia, la comunidad, la cooperación, la infancia libre, la continuidad cultural, el olor a hogar— no es un detalle sociológico: es la base misma de lo que somos como especie.

La humanidad no nació en los despachos ni en los laboratorios. Nació alrededor del fuego, en las manos de las mujeres que sostuvieron la mitad del cielo, en los niños que crecieron libres, en las familias que sobrevivieron gracias a la cooperación y a la hospitalidad. Y aunque en apenas sesenta años hayamos permitido que la modernidad deshumanizada arrase con esa herencia milenaria, todavía late en nosotros la memoria profunda de lo que fuimos. Recuperarla no es nostalgia: es supervivencia.

En cada extremo del continente euroasiático, las familias, la humanidad y los valores eran los mismos. No por casualidad, sino por la maravillosa biología humana que hace que las mujeres sean la columna vertebral de la familia en este y en cualquier continente.

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