La mujer es la columna vertebral de la familia —Proverbio chino—
Poco sabemos, en realidad, sobre la vida cotidiana de aquellas personas
—nuestros antepasados— que habitaron el Paleolítico y el Neolítico.
La información procede de la arqueología, la paleoantropología, la antropología y la psicología evolutiva. Entre estas disciplinas se construyen modelos que, convertidos en hipótesis, nos permiten aproximarnos a cómo vivían y sentían aquellas sociedades. Y dado que ellos y nosotros éramos esencialmente los mismos —con los mismos cerebros, motivaciones y sentimientos—, trasladar esa arquitectura psicológica al contexto de entonces nos ofrece una imagen razonablemente coherente, aunque necesariamente general, de su mundo emocional y social.
En aquellas sociedades paleolíticas y neolíticas ya existían la empatía, el germen del amor filial y las primeras formas de hospitalidad. Las mujeres serían, con toda probabilidad, la verdadera “columna vertebral” de la familia, un concepto que ya entonces tenía sentido aunque la sexualidad se viviera de manera más libre y flexible que en los milenios posteriores. Su papel en la cohesión del grupo, en la crianza y en la transmisión de saberes las situaba en el centro de la vida social, mucho antes de que surgieran las estructuras que acabarían restringiendo su libertad.
Tenemos que tener claro que generalizar en ciencia significa partir de conceptos bien establecidos, aun sabiendo que bajo ellos subyacen matices naturales, como la idea de una sexualidad más flexible en el Paleolítico y el Neolítico.
Probablemente se formaban parejas e incluso núcleos familiares, pero esa unión no implicaba la noción de fidelidad rígida que aparecería mucho después.
En grupos pequeños y cooperativos, los niños eran criados por toda la tribu, y aunque pudieran conocer a sus progenitores biológicos, su educación era una responsabilidad compartida. En ese contexto, la maternidad evidente otorgaba a la mujer un papel central no solo en la vida social, sino también en el pensamiento simbólico. Como creadora de vida, es muy probable que fuese percibida como una figura sagrada, una diosa madre primigenia cuya presencia cohesionaba a la comunidad.
Ese reconocimiento de la mujer como creadora de vida no solo tuvo implicaciones sociales, sino también simbólicas. En algún momento, ese respeto espontáneo hacia la maternidad comenzó a transformarse en pensamiento mágico‑religioso: la idea de que la vida, la muerte y la fertilidad estaban ligadas a fuerzas invisibles. Y es aquí donde lugares como Göbekli Tepe adquieren una importancia extraordinaria. Mucho antes de la agricultura, ya encontramos estructuras monumentales dedicadas a rituales colectivos. Esto sugiere que la religión —o una forma temprana de pensamiento simbólico organizado— precedió a la vida sedentaria y pudo impulsar la cooperación entre grupos humanos. En ese universo espiritual naciente, la figura femenina debió ocupar un lugar destacado.
La aparición de la agricultura supuso una transformación tan profunda que alteró por completo el equilibrio social que había caracterizado a las comunidades preagrícolas.
El sedentarismo trajo consigo la acumulación de bienes, la necesidad de proteger territorios y la aparición de excedentes.
Con la propiedad llegó la herencia, un concepto inexistente en sociedades móviles.
Este nuevo marco exigía saber con certeza quién era el padre de cada niño. Fue entonces cuando la sexualidad femenina comenzó a ser regulada y controlada. La mujer, que durante milenios había sido el centro emocional y simbólico del grupo, empezó a ser vista como un recurso reproductivo cuya fidelidad debía garantizar la continuidad del linaje. Así comenzó una desigualdad estructural que transformaría para siempre su lugar en la sociedad.
Con el surgimiento de las primeras ciudades, el pensamiento mágico‑religioso se volvió más organizado. En este nuevo escenario, la figura femenina ocupó un lugar central en muchos cultos. En regiones como Sumer, la sexualidad se convirtió también en un acto ritual. Así nació la prostitución sagrada: mujeres que, en templos dedicados a diosas como Inanna o Ishtar, participaban en ceremonias donde la unión sexual simbolizaba la renovación de la fertilidad y el orden cósmico. Lejos de la marginalidad posterior, estas mujeres eran respetadas y protegidas. Pero con el tiempo, a medida que las jerarquías se consolidaban, esta práctica se secularizó y perdió su dimensión espiritual. Lo que había sido un servicio religioso se convirtió en un oficio, y con ello surgió el estigma.
Filósofos y teólogos de distintas culturas —griegos, romanos, hindúes, budistas, judíos, cristianos e islámicos— reflexionaron sobre la prostitución, casi siempre desde una mirada masculina que oscilaba entre la hipócrita condena moral, la tolerancia pragmática o la resignación fatalista. La mujer prostituida quedó atrapada en una posición ambigua: necesaria para la sociedad, pero despreciada por ella. Las consecuencias psicológicas y sociales fueron profundas: exclusión, vergüenza impuesta, violencia estructural y una constante lucha por la supervivencia.
Resulta profundamente revelador que, a lo largo de milenios, mientras la posición social de la mujer se deterioraba y su libertad era restringida por estructuras económicas, religiosas y morales cada vez más rígidas, su papel esencial dentro de la familia permaneciera intacto. El proverbio chino que afirma que “la mujer es la columna vertebral de la familia” no es una metáfora poética, sino el reconocimiento de una realidad antropológica que atraviesa culturas y épocas. Incluso cuando fue convertida en mercancía, esclava, concubina o encerrada en harenes; incluso cuando su cuerpo fue controlado y su libertad recortada, siguió siendo el eje emocional y afectivo de la vida cotidiana. La historia muestra desigualdades y violencias, pero también una constante: la mujer ha sostenido, generación tras generación, la cohesión del grupo humano, ha sostenido la mitad del cielo. Esa paradoja —ser esencial y, al mismo tiempo, ser relegada— es clave para comprender nuestro pasado y nuestras tensiones actuales.
Si observamos la larga historia humana, resulta evidente que el modelo de mujer libre, sexualmente autónoma y socialmente central que caracterizó a las sociedades preagrícolas no pudo sobrevivir al advenimiento de las economías agrícolas, ganaderas e industriales. No porque fuese un modelo inferior, sino porque respondía a un mundo radicalmente distinto: grupos pequeños, móviles, cooperativos, viviendo en un planeta inmenso y casi vacío. En ese contexto, la libertad sexual y la crianza colectiva eran funcionales. Pero las sociedades agrícolas —y más tarde las industriales— se organizaron según lógicas completamente diferentes: propiedad, herencia, acumulación, jerarquía, control territorial y religiones normativas. La cultura se adaptó a esas necesidades y moldeó nuestras formas de pensar. Por eso, la libertad sexual moderna choca con estructuras que no están diseñadas para sostenerla. No es que la idea sea errónea; es que pertenece a otro ecosistema humano, a otro “paraíso” que ya no existe.
No deja de ser revelador que el Génesis comience afirmando que “Dios creó al hombre y a la mujer por igual”, quizá un eco lejano de aquellas sociedades preagrícolas donde la mujer ocupaba posiciones de liderazgo, chamanismo o autoridad simbólica. Ese mundo, descrito como “el paraíso”, no era otra cosa que la vida de los cazadores‑recolectores: cuerpos atléticos, nutrición variada, trabajo limitado y libertad social. Cuando Eva muerde la manzana
—símbolo de la curiosidad y de la transición hacia la agricultura— comienza la verdadera caída: el trabajo de sol a sol, la propiedad, la desigualdad y la subordinación femenina. El mito convierte esa curiosidad en pecado, esa inteligencia en engaño, esa libertad en desobediencia. Así, lo que fue un modo de vida funcional se transforma en castigo, no porque lo fuera, sino porque las nuevas sociedades necesitaban reinterpretarlo para justificar un orden distinto.
Sin embargo, las mujeres —esas diosas creadoras de vida que nos acompañan desde el Paleolítico hasta hoy— han sostenido, generación tras generación y siglo tras siglo, la mitad del cielo. Y han sido siempre, y deben seguir siendo, la columna vertebral de aquello que nunca debería desaparecer de la sociedad humana: la familia.
Para quienes deseen profundizar visualmente en muchos de los temas tratados en este artículo —el papel de la mujer en la prehistoria, su relevancia social, simbólica y económica, y la posterior transformación de su estatus con la llegada de la agricultura— recomiendo este excelente documental, que resume de forma clara y rigurosa lo que la arqueología y la antropología han descubierto en las últimas décadas.
Otyken no es la primera vez que aparece en este blog, pero ellas traen consigo esos ecos antiguos, casi olvidados, de una humanidad que aún era genuina, libre y profundamente conectada con la vida. Su música nos recuerda —a veces sin palabras, siempre sin teoría— aquello que fuimos antes de que la historia nos domesticara.
