¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Sigo con esta serie monotemática que me lleva a hacerme preguntas cuyas respuestas parecen obvias, aunque quizá no lo sean tanto.

Tendemos a dividir el mundo en dos formas de entender la vida: la tradicional y la moderna. Desde los llamados “pueblos avanzados”, solemos etiquetar a las culturas tradicionales como atrasadas o incultas. Pero… ¿realmente lo son?

En muchos aspectos —desde la salud hasta la espiritualidad— estas comunidades nos superan con creces. Y no porque tengan tecnología punta, sino porque han conservado algo que nosotros hemos ido perdiendo: la comunidad, el sentido de pertenencia, la continuidad cultural.

En muchas sociedades tradicionales, cuestiones como los roles de género, la identidad o la sexualidad no se problematizan del mismo modo que en las sociedades modernas. No porque no existan diferencias, sino porque la vida está tan entrelazada con la comunidad que esas tensiones se diluyen. La intimidad, la natalidad, la convivencia… todo se integra de forma natural en la estructura social.

Mientras tanto, nosotros vivimos en comunidades de vecinos donde, aunque estemos rodeados de gente, apenas nos conocemos. A veces ni saludamos al que vive pared con pared, y una simple reunión de escalera puede convertirse en un campo de batalla. El individualismo, la desconfianza y el “cada uno a lo suyo” son casi la norma.

Es cierto que el conflicto forma parte de la naturaleza humana, pero se atenúa cuando vives en entornos donde la ayuda mutua, la empatía y la hospitalidad no son virtudes excepcionales, sino la base misma de la supervivencia. Tres palabras distintas para una misma idea que nuestros psicólogos de Harvard u Oxford podrían estudiar durante décadas… mientras estas comunidades la practican sin teorizarla.

Pongamos un ejemplo. En muchas de estas sociedades, si el hijo de tu vecino deja embarazada a tu hija, no se monta un drama. Como padres puede gustarte más o menos, pero sabes que tus padres vivieron lo mismo, y tú también. Se espera a que nazca el bebé: una boca más que alimentar, sí, pero también una bienvenida más a la tribu. La comunidad prepara el tepee de la nueva pareja, fabrica muebles, organiza una celebración sencilla. Nada de macrobanquetes ni ostentación: solo la familia cercana y los vecinos, la aldea entera, porque todos forman parte de la misma red de apoyo.

En algunas comunidades tradicionales la prevalencia de ciertas enfermedades genéticas es menor, en parte porque desde hace miles de años han evitado la consanguinidad. Mucho antes de que Mendel formulara sus leyes, ya intuían que mezclar linajes era esencial para la salud del grupo. No lo llamaban genética, pero lo practicaban.

En nuestras sociedades “avanzadas”, la gente acumula cada día más problemas psicosomáticos. Dormimos poco, escuchamos poco, trabajamos en empleos que no nos satisfacen y buscamos la felicidad en el dinero, en los títulos, en ser “el mejor” en algo. Buscamos espiritualidad en religiones o prácticas que, arrancadas de su contexto original, pierden su esencia y se convierten en un escape más, en otra forma de anestesia para evadirnos de una vida cada vez más exigente e incómoda.

Recuerdo una conversación:

—¡Vaya, así que tienes una granja!

Me miró con unos ojos que mezclaban tristeza y orgullo.

—¿También tienes tierras? ¿Sabes cuándo cultivar y qué cultivar, cuándo cosechar y qué cosechar?

Esta vez me miró con esos ojos de tinta china llenos de curiosidad y satisfacción.

—¿Y tú? ¿Sabes algo de agricultura o ganadería?

—No, cariño, no tengo ni la más mínima idea. En España, cuando éramos pequeños y aún se vivía en pueblos, todavía había agricultura y ganadería. Aún se hacía la matanza del cerdo de la misma manera que vosotros la seguís haciendo hoy en tu pueblo…

Hubo unos minutos de silencio entre nosotros. No fue un silencio incómodo, sino reflexivo, lleno de preguntas que parecían responderse solas.

—Si nos vamos a vivir a tu pueblo, ¿me enseñarías a cultivar y a cosechar? ¿A cuidar de los animales?

Me miró con sorpresa y admiración dibujadas en sus trazos de tinta.

—¡Por supuesto, cariño!

Si eres de esa generación nacida entre 1955 y 1975, más o menos, y eras de pueblo o tenías pueblo —como se dice ahora—, seguro que al ver el último vídeo que dejo aquí te habrán venido a la memoria muchas cosas. Los que fuimos niños en aquellos años aún conservamos vivos esos recuerdos.

Y yo me pregunto, y te pregunto: ¿cuánta diferencia ves entre la vida de estos pueblos ancestrales y la vida tradicional de aquella España en la que nacimos y crecimos la mayoría de nosotros?

Yo no supe qué era una “gloria”, al menos por ese nombre, hasta que llegué a Aragón. Resulta que una gloria es el mismo sistema de calefacción que ya usaban los romanos… y que es exactamente el kang chino. De verdad, ¿quién inventó eso de “culturas distintas”? ¿Acaso ves tú tantas diferencias entre esos pueblos antiguos y nuestro pasado más inmediato?

Recuerdo cómo, allá en plena Sierra de Cazorla, cuando yo tenía unos cuatro años, todos los niños de la familia dormíamos juntos en pleno invierno, en un colchón de lana sobre el suelo. Niños y niñas, todos juntos, tapados con una manta de lana y frente a la chimenea, que permanecía encendida toda la noche. Recuerdo ir a por agua en cántaros a la fuente del pueblo, por aquellas calles sin asfaltar que se convertían en barrizales en cuanto caían cuatro gotas. Recuerdo la nieve de antes, la de verdad. Recuerdo hacer las necesidades en el patio interior, donde el cerdo engordaba día a día con los restos de la casa. Y recuerdo la matanza, sin veterinarios, y aquellos chorizos y morcillas que sabían a gloria. Recuerdo a mi abuela matando conejos y gallinas para comer… y el trauma que me supuso verlo con cuatro años.

¿De verdad crees que hace tan solo sesenta o setenta años éramos tan distintos de estos pueblos de la estepa, de la taiga o de la tundra?

¿Qué nos ha pasado en los últimos setenta años? Mucho avance, mucha tecnología… pero hemos enfermado psicosomáticamente, nos peleamos por imbecilidades y hemos perdido el sentido de lo que es ser humano. Hemos perdido lo tradicional, la relación con la nieve y el calor, la costumbre de acoger en tu tepee a quien lo necesite, de dar de comer al hambriento, de compartir con tu hermano tu capa.

¿Qué hemos hecho en estos últimos setenta años? Deshumanizarnos.

Así que cuando aquella chica me miró con sus ojos de tinta china, supo que lo que yo decía era la verdad. La verdad sencilla y profunda de la vida: tu familia, tu tepee y tu comunidad.

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