Hay días que, sin proponértelo, te ponen en un camino virtual que no habías pensado. Hoy es uno de esos días.
Esta mañana subí unos cuantos vídeos sobre la vida de una familia mongola. Y esta tarde —ya sé que por cosas del algoritmo— he estado viendo casi sin pestañear estos vídeos que os dejo aquí, y otros que no sé si acabaré poniendo.
Esta mañana me preguntaba cuántos de nosotros aguantaríamos viviendo como esa familia mongola. Ahora no solo me pregunto eso, sino cuántos de nosotros aguantaríamos vivir como esta familia nenet, nómadas de la tundra rusa, montando y desmontando su campamento cada semana como mucho. Y me pregunto algo esencial: ¿cómo lo hicimos?, ¿cómo fuimos capaces?
Tanto en los vídeos de esta mañana como, sobre todo, en estos, estamos viendo cómo los seres humanos —y no solo los Homo sapiens— nos “desparramamos” por todo el mundo.
En las películas clásicas del far west vemos cómo se trasladaban los indios norteamericanos de un campamento a otro, de los de verano a los de invierno.
¿Te has puesto alguna vez en situación? ¿Cómo sería tirar de dos palos cargados con pieles de búfalo o de reno por toda la tundra, la estepa, las montañas, los bosques… o por las franjas de costa del norte de España, por ejemplo?
Imagínate los utensilios que aquellas personas del Paleolítico transportarían de un campamento a otro. Está claro que su tepee tendría las dimensiones necesarias para albergar a la familia. Un tepee de piel de reno, de búfalo… Y seguramente también se llevarían los palos. ¿Cuál sería la relación coste‑beneficio de no transportarlos y tener que buscar y “manufacturar” otros nuevos, de las mismas dimensiones, para toda la tribu? Creo que saldría mucho más rentable llevarse toda la casa a cuestas. Y seguro que también se llevaban cestos y enseres domésticos, incluso de piedra, por el mismo motivo: la relación coste‑beneficio.
La antropología comparada dice que no se pueden comparar aquellas tribus del Paleolítico y del Neolítico con las tribus actuales. Creo que tienen razón… pero solo a medias.
Como sabes, soy muy crítico con todo, especialmente con la ciencia y con los científicos de despacho, y con aquellos que ni siquiera de niños fueron de acampada.
Viví “en el campo” desde los ocho años hasta los treinta. No es que aprendiera gran cosa de ganadería o agricultura —no era mi función—, pero militar sí sé que no es nada fácil montar o desmontar un campamento. Y que, salvando mucho las distancias, trasladar un campamento moderno a cuestas tampoco es ninguna broma.
Así que imagínate si aquellas gentes del Neolítico eran imbéciles, como algunos nos quieren hacer creer. Como si estuvieran todo el día pintando en las paredes de las cuevas, guiados por chamanes drogados haciendo ritos religiosos porque no entendían el mundo que les rodeaba.
Yo les diría a esos científicos de laboratorio que deberían pasarse un añito con estas familias nómadas. Así verían cómo sobrevivió la humanidad y cómo domesticó animales de tiro mucho antes de lo que ellos imaginan.
Posiblemente hubiese muchos campamentos permanentes o semipermanentes, desde los cuales algunos miembros de la tribu saldrían a pescar, cazar, recolectar, marisquear, comerciar o visitar a parientes de otros campamentos cercanos.
Viendo estos vídeos estamos viendo cómo fuimos siempre, cómo nunca deberíamos haber dejado de ser y cómo, con mucha suerte, volveremos a ser en un futuro que, tal y como van algunas guerras y distopías, no ha de tardar mucho.
Ya lo dije no hace mucho en otra entrada de este blog, sobre un artículo —paper les dicen ahora, los muy imbéciles— que afirmaba que dormir juntos se “inventó” para tener sexo. Y yo decía que no, que dormir juntos se inventó para quitarse el frío, que el sexo ya estaba inventado desde antes de que “Lucy” pusiera sus pies en la tierra.
Científicos de sillón que no saben lo que es estar en el campo de maniobras de Chinchilla después de haber pasado el día “rebozado” en nieve y barro, a diez o quince grados bajo cero. Los tres paracaidistas que compartíamos tienda nos apretujábamos unos contra otros, empapados y oliendo mal, intentando entrar en calor para dormir unas horas. Tras la cena, empapados como estábamos, antes de meternos en el saco era casi obligatorio tomarse un cubata. Y antes de salir del saco —fuera la hora que fuera—, si te tocaba guardia bajo una ventisca a las tres de la madrugada, era casi obligatorio un trago de coñac y una guindilla de las de antes, de las que picaban de verdad, no como las de ahora, que son para niños de cristal.
En fin.
Preparaos, porque se acerca lo que nunca tendríamos que haber dejado de ser. Preparaos, porque lo visto en tantas series y películas apocalípticas no tiene nada que ver con la realidad que se nos presenta. Una realidad en la que solo sobrevivirán los más fuertes. Pero no los más fuertes de músculo, sino los más fuertes de mente. Los que sepan hacer cosas. Los que sepan montar y desmontar su tepee en menos de un día.
