¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hoy me siento extraño. Hace días que no para de llover. El cielo gris y triste me recuerda que la vida, a pesar de todo -de sus alegrías y tristezas- continúa.

La vida es extraña. Te acerca cosas, situaciones, personas… que luego se van. En tu vida siempre estás tú, con todos tus aciertos y errores; errores que en realidad nunca lo son, porque actuamos con los «datos» que tenemos cada momento y con todo el bagaje de nuestras experiencias pasadas.

A veces repetimos patrones de conducta hasta que aprendemos una lección que, muchas veces, no sabemos cuál es, no podemos verla o incluso no queremos verla.

Cuando algo en nuestra vida no marcha bien, sentimos la necesidad de contárselo a alguien: familiares, amistades. Pero ¿qué sucede cuando no podemos o no queremos contárselo a nadie?

Tal vez por que creamos que nos van a juzgar duramente o incluso a reírse de nosotros. Entonces acudimos a un profesional de la salud mental. La rumiación -estar dándole vueltas continuamente a alguna idea- desgasta física y mentalmente, sobre todo cuando no hay nadie a tu alrededor que pueda comprender qué te empujó a hacer aquello que hiciste y por qué.

Todos los seres humanos tendemos a juzgar a los demás duramente, a ver «la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio».

Vivimos tiempos difíciles, cargados de sinsentido, de falta de rumbo, de falta de amor…

En muchas ocasiones he hablado en este blog del amor por uno mismo.

Hoy tengo dudas: ¿es amor por uno mismo saber que, a pesar de no poder ayudar a nadie, decides seguir adelante? Lo ignoro.

De lo que sí estoy seguro es de que cada experiencia, cada lección, debe servirnos para aprender, para crecer como personas, para acercarnos más a ese amor humano hacia nuestros semejantes. Y que como ser humano, puedes -o incluso debes- involucrarte en reducir un poco las injusticias del mundo. Pero sin engañarnos: hay personas que son injustas consigo mismas, y ni tú ni nadie puede ayudar a quién no desea ser ayudado, ni por ti ni por nadie.

En 1980, cuando llegamos a esta ciudad, en el centro, en la avenida principal, había un pasaje que aún hoy existe y que comunica la avenida central con una calle posterior. A la izquierda, según bajas hacia el río, se encontraba el mayor kiosko especializado en cómics, tan populares en aquella época.

Recuerdo como solía comprar aquellos libros de cómics grandes, voluminosos, pesados, dibujados en blanco, y negro y como cada viñeta era una sensación, un sentimiento en sí mismas.

No recuerdo a los autores de aquellos libros, pero sí recuerdo lo que me gustaba pasear bajo la lluvia con aquellos volúmenes, y el olor a tinta y papel aún frescos.

No recuerdo al autor de aquel libro lleno de viñetas inspiradoras, ni recuerdo la historia que contaba. Solo recuerdo las tres o cuatro viñetas finales de aquella historia.

En la primera, en una calle del centro de cualquier ciudad europea, dos amantes -un chico y una chica- se besaban apasionadamente mientras el viento del frío invierno agitaba los bajos de sus abrigos.

En la siguiente viñeta, la última hoja que aún se aferraba al árbol caía, mecida a capricho del viento.

En la tercera, la calle aparecía ya sin los amantes.

En las dos últimas, la hoja reposaba en el suelo de esa calle cualquiera, y en la última, la calle quedaba vacía, sin la hoja ya arrastrada por el viento. La calle limpia, recordándonos que todo se lo lleva el viento, el tiempo: recuerdos, personas, sensaciones, sentimientos…que todo pasa, que todo, tal vez, llega.

He visto muchas calles como aquella por toda Europa. Siempre me venían a la mente estas viñetas. Siempre soñé con despedirme así de alguien, pero la vida es más cruda, es más cruel, y nadie puede ayudar a quien no quien quiere ser ayudado.

Recuerda: lo que el viento se llevó, se lo llevó para siempre y tú no puedes hacer nada, tan solo lo que está en tu mano.

Lo que el viento se lleva, no regresará.

Lo que el viento se lleva, bien llevado está.

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