¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hoy he tenido una de esas sesiones que te obligan a detenerte un momento después de que el paciente se marcha. No por la gravedad del caso, sino por la densidad simbólica de lo que trae.

Hay personas que no cuentan hechos: traen mitologías personales, y uno, como terapeuta, tiene que aprender a escucharlas sin caer en la literalidad ni en el desprecio.

El paciente —llamémosle X— llegó con una mezcla de pudor y necesidad.

Me dijo que quería hablar de “coincidencias”, pero enseguida comprendí que lo que quería hablar era de sentido.

Comenzó recordando una escena de finales de los ochenta, cuando vivía en Málaga.

Paseaba con su novia —una relación ya en declive— cuando una gitana se empeñó en leerle la mano.

Tres frases, me dijo, se le quedaron grabadas como si hubieran sido pronunciadas esa misma mañana: la muerte traumática de su padre, la muerte posterior de su abuela, y la aparición futura de una mujer morena, extranjera, más alta que él, con un hijo, a la que “le costaría” conquistar.

Años después, su padre murió de un cáncer fulminante. Su abuela lo siguió poco después. La tercera predicción, en cambio, quedó suspendida en algún lugar entre la memoria y la expectativa.

No era superstición lo que traía a la sesión. Era memoria emocional. Era la forma en que ciertos mensajes, recibidos en momentos de vulnerabilidad, se incrustan en la identidad como si fueran tatuajes.

Luego me habló de otro episodio, muchos años más tarde, recién salido de prisión. Una amiga suya, que entonces se dedicaba al tarot, le echó las cartas medio en broma. Le describió a una mujer rubia, con un vestido rojo, bailando en la orilla de una playa al otro lado del Atlántico. Años después, una pareja le mostró un vídeo de su estancia en México: ella, rubia, con un vestido rojo, bailando en la orilla del mar con el agua hasta las rodillas.

Me dijo que se quedó helado. Que aquello no podía ser casual. Que quizá había algo más.

No discutí la coincidencia. No era mi papel desmontar nada. Lo que sí hice fue ayudarle a mirar cómo había vivido esas imágenes, no si eran verdaderas.

Porque lo que traía no era magia. Era narrativa.

En la tercera parte de la sesión, me confesó que últimamente ve vídeos de tarotistas en internet. Que compara a varios para ver cómo se contradicen o coinciden. Y que, sorprendentemente, casi todos repiten la misma historia: una mujer del pasado, con un gran tatuaje en la espalda, volverá para pedirle perdón y rogarle que regrese.

No vino a preguntarme si eso ocurrirá. Vino a preguntarme qué hacer con esa sensación de “demasiadas coincidencias”.

Y ahí, por fin, apareció lo esencial.

Le dije que la figura de la mujer extranjera —la gitana, la del vestido rojo, la del tatuaje, la que aparece y desaparece en su vida— no es una persona. Es un símbolo. Un arquetipo que emerge cada vez que él atraviesa un umbral vital. La extranjera es lo que viene de fuera de su mundo conocido, lo que lo obliga a transformarse, lo que lo confronta con sus límites, lo que le muestra que su vida puede ser otra.

La extranjera es su propia transición hecha carne.

No sé si esa mujer volverá. No sé si pedirá perdón. No sé si habrá un tatuaje o un vestido rojo. Pero sí sé que, para él, la extranjera representa el lugar donde su identidad se quiebra y se rehace.

Cuando el paciente se marchó, me quedé un momento en silencio. No por la historia, sino por la claridad con la que, a veces, la vida de alguien se expresa a través de símbolos que parecen predicciones, pero que en realidad son ecos de su propio proceso interno.

La extranjera no es un destino. Es un espejo.

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