Nota: Aunque el prólogo y el capítulo 1 ya habían sido publicados en días anteriores, he decidido reunirlos aquí (corregidos) junto con la primera parte del capítulo 2 para ofrecer una lectura más fluida de Geografía de una ausencia. A partir de ahora, cada capítulo aparecerá como entrada independiente.
Prólogo. Sombras nada más
Ahora que sé con certeza que se acerca mi hora final, la he vuelto a ver. ¿Habrá venido para llevarme al borde de la laguna Estigia? ¿Esperará conmigo la llegada del barquero Caronte? ¿Tal vez ella misma le pagaría para que me llevase a la otra orilla?
Hace mucho tiempo de aquello.
Su rostro no era más que una sombra borrosa en mi memoria, pero hoy la he visto: con un vestido blanco, puro, radiante, como si de ella emanase una luz mágica, limpia, maravillosa.
Sonreía con aquella sonrisa que tanto me gustaba, con aquellos labios carmesí que tanto disfruté besar.
Sus manos se abrían ante mí como una flor de loto blanca, como si quisiera recogerme entre ellas para darme calor y consuelo, como a un cachorro.
¡Pasó hace tantos años!
Después de aquello, y tras unos días nefastos, casi nunca volví a pensar en ella. Hasta hoy, que se me aparece y desaparece como si quisiera jugar con mi vida… o con lo poco que me queda.
Mei Ling desapareció una oscura noche de diciembre, sin decir adiós, sin dejar mensaje alguno.
Su teléfono entró en un silencio de sepulcro.
Durante días busqué en las noticias algún suceso grave: suicidios, asesinatos… Nada.
Aquella mujer desapareció sin dejar rastro, sin huella. Se fue como vino.
Vino de la nada, se fue a la nada.
Pasé por su calle días después. Nunca había luz en su habitación, solo oscuridad. Ningún movimiento.
Dejé pasar el tiempo. No encontraba noticias de ella, por remotas que fuesen las posibilidades de que me trajesen algún eco.
Nada. Solo sombras.
Mantuve su número durante algún tiempo, no recuerdo cuánto. Hace tanto de todo aquello.
Sabía que aquello acabaría pasando; la vida te enseña. Y cuando nuestras vidas se cruzaron, yo ya intuía lo que iba a suceder antes incluso de cruzar una palabra.
Guardé su número durante días, meses… y con los años terminó escondido en algún rincón, entre los libros de la biblioteca, para morir discretamente como muere el olvido.
Y, sin embargo, Mei Ling está aquí, con su sonrisa luminosa.
Parece tener prisa por que nos vayamos. Pero no. ¡Ahora no! Espera un poco. Ahora que te recuerdo, que te veo como si fueran aquellos días de hace tantos años… no.
No es mi hora de partir. Es la hora de contar aquellos días, aquellas noches. De volver a vivirlos.
Espera tú un poco más. Yo te esperé durante meses, años. No te pido una hora más de vida: te pido solo una hora para recordar.
Días antes de irme de aquella ciudad pasé por la fábrica de tofu clandestina en la que eras esclava. ¿Clandestina? Siempre me pregunté por qué la llamaban así cuando todo el barrio sabía lo que se cocía en aquel sótano.
No encontré el lugar.
Me pregunté si, después de tanto tiempo, estaría equivocado.
Entré en un bar cercano y pregunté al camarero. Hacía tiempo que aquella fábrica no funcionaba. Un día, el poco movimiento que se veía se detuvo, como se detuvo el mundo la primera vez que la besé. Los vecinos solo se dieron cuenta con el paso del tiempo.
¡Espera! ¡Espera!
Aún tengo mucho que recordar.
Hace tanto que no recordaba aquellos días.
Espera unos minutos más.
Quiero volver a sentir el placer de acariciar tu piel.
Espera. Seguro que Caronte tiene mucho trabajo.
No importa si llegamos una hora antes o después.
Ahora solo importa regresar a aquellos días de hace tanto tiempo.
Aquellos días que se convirtieron en sombras.
Sombras en mi mente.
Solo sombras.
Sombras, nada más.
Capítulo 1 — Despacho 7: La extranjera
Hoy he tenido uno de esos encuentros que te obligan a quedarte un momento en silencio después de que la persona se marcha. No por la gravedad de lo que cuenta, sino por la densidad simbólica de lo que deja atrás.
Hay quienes no narran hechos: traen mitologías personales. Y uno, si quiere escuchar de verdad, debe hacerlo sin caer en la literalidad ni en el desprecio.
El hombre —llamémosle X— llegó con una mezcla de pudor y necesidad. Dijo que quería hablar de “coincidencias”, pero enseguida comprendí que lo que buscaba era hablar de sentido.
Recordó una escena de finales de los ochenta, cuando vivía en el sur. Paseaba con su novia —una relación ya en declive— cuando una gitana se empeñó en leerle la mano. Tres frases, me dijo, se le quedaron grabadas como si hubieran sido pronunciadas esa misma mañana: la muerte traumática de su padre, la muerte posterior de su abuela, y la aparición futura de una mujer morena, extranjera, más alta que él, con un hijo, a la que “le costaría” conquistar.
Años después, su padre murió de forma fulminante. Su abuela lo siguió poco después. La tercera predicción, en cambio, quedó suspendida en algún lugar entre la memoria y la expectativa.
No era superstición lo que traía consigo. Era memoria emocional. La forma en que ciertos mensajes, recibidos en momentos de vulnerabilidad, se incrustan en la identidad como si fueran tatuajes.
Luego me habló de otro episodio, muchos años más tarde. Una amiga suya, aficionada al tarot, le describió a una mujer rubia, con un vestido rojo, bailando en la orilla de una playa al otro lado del océano. Años después, una pareja le mostró un vídeo de un viaje: ella, rubia, con un vestido rojo, bailando en la orilla del mar con el agua hasta las rodillas.
Me dijo que se quedó helado. Que aquello no podía ser casual. Que quizá había algo más.
No discutí la coincidencia. No era mi papel desmontar nada. Lo que sí hice fue ayudarle a mirar cómo había vivido esas imágenes, no si eran verdaderas.
Porque lo que traía no era magia. Era narrativa.
En la última parte del encuentro, me confesó que últimamente ve vídeos de tarotistas en internet. Que compara a varios para ver cómo se contradicen o coinciden. Y que, sorprendentemente, casi todos repiten la misma historia: una mujer del pasado, con un gran tatuaje en la espalda, volverá para pedirle perdón y rogarle que regrese.
No vino a preguntarme si eso ocurrirá. Vino a preguntarme qué hacer con esa sensación de “demasiadas coincidencias”.
Y ahí, por fin, apareció lo esencial.
Le dije que la figura de la mujer extranjera —la gitana, la del vestido rojo, la del tatuaje, la que aparece y desaparece en su vida— no es una persona. Es un símbolo. Un arquetipo que emerge cada vez que él atraviesa un umbral vital. La extranjera es lo que viene de fuera de su mundo conocido, lo que lo obliga a transformarse, lo que lo confronta con sus límites, lo que le muestra que su vida puede ser otra.
La extranjera es su propia transición hecha carne.
No sé si esa mujer volverá. No sé si pedirá perdón. No sé si habrá un tatuaje o un vestido rojo. Pero sí sé que, para él, la extranjera representa el lugar donde su identidad se quiebra y se rehace.
Cuando se marchó, me quedé un momento en silencio. No por la historia, sino por la claridad con la que, a veces, la vida de alguien se expresa a través de símbolos que parecen predicciones, pero que en realidad son ecos de su propio proceso interno.
La extranjera no es un destino. Es un espejo.
Capítulo 2 — Donde las palabras buscan un puente
Andrés Beltrán se hallaba en su despacho, como todos los días desde hacía… ¿cuánto tiempo? Ya no era capaz de recordarlo con claridad. Le parecían años, aunque quizá solo habían pasado unos meses desde que aquello sucedió. Había trabajado sin descanso desde las nueve de la mañana, permitiéndose apenas algún respiro acompañado de un café o un breve alto para comer algo rápido. A las ocho de la tarde daba por concluida su agenda, pero no su jornada: ese era el momento que reservaba para reflexionar sobre lo visto, lo escuchado, lo sentido… y para revisar el correo electrónico con la calma que el día no le permitía.
Fue entonces cuando un mensaje inesperado lo detuvo. Después de tanto tiempo, y tras su último doctorado —aún rodeado de cierta polémica—, la universidad lo invitaba a impartir un ciclo de conferencias y talleres destinados a tender puentes entre las culturas asiáticas asentadas en el país, especialmente la china, la más numerosa, y una sociedad española que había olvidado que, en el pasado, existió un vínculo cultural y económico más profundo de lo que ahora se recordaba.
Aquella noche, al cerrar el despacho, Andrés sintió el cansancio como una sombra que no terminaba de retirarse. No era solo el peso del día; era algo más antiguo, más hondo, que seguía ahí desde “aquello” que había ocurrido meses atrás. No pensaba en ello de forma consciente, pero lo rodeaba, como un olor persistente que uno ya no distingue pero que impregna todo. Caminó por el pasillo en penumbra con la sensación de que aceptar o rechazar aquella invitación no tenía que ver con la universidad, ni con la polémica, ni siquiera con la investigación. Tenía que ver con él. Con lo que había quedado suspendido desde entonces, esperando una forma de volver a moverse.
Andrés caminó hasta su casa, que no estaba ni muy lejos ni muy cerca de aquella torre de oficinas. Nunca fue amante del deporte, pero caminar era otra cosa: un modo de ordenar el mundo, de escucharse sin ruido. Sin embargo, cada vez que ponía un pie en la calle le ocurría lo mismo desde que tenía memoria: siempre estaba a punto de ser atropellado por algo, ya fueran patinetes, bicicletas, coches o, sobre todo, autobuses. A estos últimos les tenía un miedo antiguo, casi infantil. Había nacido cuando tenía unos diez o doce años, una mañana en la que, al salir de casa, encontró un revuelo extraño en la avenida. Un autobús se había llevado por delante a un hombre. No vio el impacto, pero sí el desconcierto, los gritos, la forma en que los adultos evitaban mirar directamente. Aquella escena, más sugerida que vista, le dejó una impresión imborrable: la sensación de que la vida podía romperse en un instante, sin transición, sin aviso, sin siquiera la oportunidad de comprender qué había pasado. Desde entonces, cada vez que un autobús pasaba demasiado cerca, algo dentro de él se encogía, como si aquel miedo antiguo siguiera buscándolo.
Cuando por fin llegó a casa, Andrés dejó las llaves sobre la mesa del recibidor y se quedó un instante quieto, como si necesitara que el silencio lo reconociera antes de entrar del todo. Había caminado más de lo habitual, quizá para cansar al cuerpo y así darle un respiro a la mente. Pero el recuerdo de la invitación seguía ahí, insistente, mezclado con ese miedo antiguo que lo acompañaba desde niño. No pensaba en aquel episodio de forma explícita, pero cada vez que un autobús pasaba demasiado cerca, algo en él se tensaba, como si la vida pudiera quebrarse en un segundo sin pedir permiso. Esa fragilidad, aprendida demasiado pronto, lo había vuelto más atento a los detalles, más sensible a los gestos, más consciente de lo que no se dice. Y tal vez por eso la invitación de la universidad no le resultaba indiferente: intuía que aceptar significaba abrir una puerta que llevaba tiempo evitando mirar.
Al entrar en el salón, Andrés no encendió ninguna luz. Dejó el abrigo sobre una silla y se dejó caer en el sofá con un suspiro que no sabía si venía del cuerpo o de algún lugar más profundo. Cerró los ojos un instante, intentando que el silencio de la casa lo envolviera, pero la invitación seguía ahí, latiendo como una idea que no quiere marcharse. No tenía fuerzas para pensar en ello, y aun así, algo en su interior insistía en volver una y otra vez a ese correo inesperado, como si en esas líneas hubiera una posibilidad que no se atrevía a nombrar.
Permaneció así un buen rato, hundido en el sofá, sin encender la televisión ni buscar distracciones. A veces, el cansancio no pide descanso, sino silencio. Y en ese silencio, la invitación volvió a aparecer, como una luz tenue que insiste en filtrarse por una rendija. No sabía si quería aceptar. No sabía si podía. Había algo en él que llevaba demasiado tiempo detenido, como si una parte de su vida hubiera quedado suspendida desde aquel suceso que prefería no nombrar. Sin embargo, mientras respiraba hondo, sintió que aquella propuesta no era solo un compromiso académico: era una llamada. Una posibilidad de volver a moverse, aunque fuera despacio, aunque fuera con miedo.
Cuando abrió los ojos, la habitación seguía en penumbra. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero sí que algo dentro de él había cambiado de posición, como una pieza que, sin encajar del todo, al menos había dejado de oponer resistencia. Se incorporó despacio y volvió a mirar el móvil, donde el correo de la universidad seguía esperando, paciente, como si supiera que tarde o temprano tendría que enfrentarse a él. No era entusiasmo lo que sentía, ni tampoco miedo. Era una mezcla más sutil: la intuición de que aceptar aquella invitación podía abrir una grieta por la que entrara un poco de aire nuevo. Y aunque no estaba seguro de quererlo, tampoco podía negar que lo necesitaba.
Finalmente, se incorporó y encendió la lámpara del salón, una luz cálida que apenas rompía la penumbra. Tomó el móvil y abrió de nuevo el correo, leyéndolo esta vez con más calma, como si las palabras hubieran cambiado durante su breve descanso. No respondió todavía. Guardó el dispositivo en el bolsillo y se quedó mirando la ventana, donde la noche parecía observarlo con una paciencia antigua. “Mañana”, se dijo. No como excusa, sino como una forma de darse permiso. Sabía que, si al despertar la invitación seguía resonando en él, sería señal suficiente. A veces, las decisiones no se toman: se revelan.
A la mañana siguiente, Andrés despertó antes de que sonara la alarma. La luz tenue que entraba por la ventana tenía algo de tregua, como si el día quisiera ofrecerle un comienzo más amable. Permaneció unos segundos mirando el techo, dejando que el cuerpo recordara dónde estaba, quién era, qué había quedado pendiente. Y allí, en ese breve intervalo entre el sueño y la vigilia, la invitación volvió a aparecer con una claridad inesperada, sin la confusión de la noche anterior. No era una obligación ni un desafío: era una posibilidad. Se levantó despacio, preparó café sin prisa y, mientras el aroma llenaba la cocina, supo que ya había tomado una decisión, aunque aún no la hubiera formulado en palabras.
Con el café aún caliente entre las manos, Andrés se sentó frente al ordenador. No abrió ninguna otra pestaña, no buscó distracciones: simplemente volvió a leer el correo, esta vez sin la sombra del cansancio ni la resistencia de la noche. Las palabras parecían más nítidas, como si hubieran estado esperando la luz del día para mostrarse tal cual eran. Respiró hondo, apoyó los codos sobre la mesa y, sin pensarlo demasiado, escribió una respuesta breve, casi austera, aceptando la invitación. No revisó el texto. No lo adornó. Lo envió tal cual, dejando que el sonido del mensaje saliendo de su bandeja marcara un punto de no retorno. Después cerró el portátil con suavidad, como quien cierra una puerta que llevaba demasiado tiempo entreabierta.
Nota: una vez concluida la redacción completa del capítulo 2 lo volveré a subir. A partir de ahí, cada subiré cada capítulo completo como entrada independiente. Gracias por vuestra paciencia y comprensión.

2 respuestas a «Novela: Geografía de una ausencia»
Amigo, he podido comenzar a leer. Pero me deja dar me gusta aquí y no cuando abro la página para abrir entero. Es raro. Me siento reflejada en tu historia. Comenzó muy interesante.
Hola, Sheila. Puede ser un problema de mi página, desde que la hackearon no me funciona bien. Me alegra que te guste la historia. Me pregunto por qué te ves reflejada…si me lo quieres compartir envíame un correo. Gracias, amiga.