Los años fueron pasando; al principio lentamente; a medida que la pequeña Eva Li crecía parecía que el tiempo se aceleraba. Algunas veces el tiempo parecía detenerse para siempre como aquel día en que la pequeña preguntó a Akiko -Mamá, ¿por qué yo no tengo los ojos tan bonitos como tú y la abuela y Gloria? -Pero, cariño, ¡si tienes unos ojos preciosos! y serán aun más bonitos cuando seas más mayor. Mariko, adoraba a aquella niña igual que Gloria, el ama de cría que se quedó en la casa de Akiko como ama de llaves y para ayudar a Mariko con todas las tareas domésticas.
Cuando la pequeña cumplió diez años su abuela, Mariko, falleció siendo una mujer muy mayor. Mariko falleció en paz con la conciencia tranquila de aquellas personas que saben que todo lo que hicieron fue con las mejores intenciones y tratando de no hacer daño nadie. Al funeral de Mariko, acudieron lo poco que quedaba de aquella familia, Chen y Pilar, Tifón y Cao, todos eran muy mayores y se aferraban de alguna manera a aquello que tan poco les quedaba de lo que fue una gran familia con sus penas y alegrías, Su nieta-sobrina Eva Li y la hermosa Akiko a la que vieron crecer entre las paredes de piedra y madera de la duquesa que seguía, en su tristeza, llorando y con los desgarradores gritos de sus vetustas vigas de madera, pareciendo lamentarse y llamar a aquellos que ya no se cobijaban bajo sus tejados orientales o bajo la sombra de sus ya, también, ancianos árboles. Todo y todos habían envejecido a su alrededor, no solo ella, la Duquesa, que sabía que enterraría a todos los allí presentes.
Un par de años después del fallecimiento de la abuela Mariko, Akiko decidió que era la hora de que su hija supiese la verdad de su vida y de su familia. Eva li, no sabía como aceptar aquella revelación que le hiciese su madre. La jovencita estuvo perdida durante semanas en sus pensamientos y sus sentimientos. Tras mucho llorar y pensar y sentir decidió que Akiko era su madre, su madre la parió, pero, por desgracia no pudo hacer más, pero quien le dió la vida fue su madre real, Akiko, quien la acunó y junto con su abuela Mariko y su ama de cría, Gloria, le dio la vida, la educación que tenía y seguía recibiendo y quien luchó por mantener los títulos de condesa y duquesa heredados de su difunta madre.
Akiko agradeció la determinación de la muchachita, parecía que la joven había madurado en tan solo unas semanas y ya se veía que tenía esa fuerza de carácter y determinación que era propia de su familia.
Los años siguieron pasando. Akiko a veces se sentía sola, extrañaba el sentir a un hombre en la casa, extrañaba a Batzorig a la vez que se preguntaba si ese hombre; el último hombre que se enredó entre su piel y cabello; el último hombre del que se enamoró, el último hombre que quedaba en aquel nuevo mundo, ¿hubiese sido un buen padre para Eva Li?
Akiko nunca supo que tras la desaparición de Batzorig este pensó cada día en ella, que cada día y cada noche la extrañaba y que algún tiempo después, Batzorig se arrepintió de haber tomado aquella estúpida decisión de irse al continente y unirse a las expediciones de exploración de los territorios del norte de México. Akiko nunca supo que en una de aquellas prisiones -puestos fronterizos- Batzorig se encontró con un joven capitán, al principio los hombres no se reconocieron. Cuando Batzorig escuchó el nombre del capitán, Jaramillo, le preguntó si era él aquel muchacho…El capitán le respondió que sí y en aquella noche de guardia bajo las estrellas del desierto los hombres rememoraron, entre las alegrías y las chanzas que producen los recuerdos del pasado, sobre todo si saliste con vida de aquella, su primera batalla, la de Cagayan. Jaramillo, vió que Batzorig llevaba un pequeño retrato del amor de su vida. Jaramillo la reconoció enseguida y los dos hombres tuvieron charla para días.
Akiko nunca supo que Batzorig le escribió una larga carta, pidiéndole perdón y que se casase con él, si no lo estaba ya. Aquella carta nunca llegó a su destinataria, salió volando del pecho del coronel Batzorig como una hoja más en el desierto, la noche en la que los Apaches, la única tribu que nunca quiso abandonar su tradicional estilo de vida nómada, asaltaron aquel puesto fronterizo matando a todos los soldados españoles y los frailes misioneros que estaban de paso para abrir otra misión más al norte.
Los años continuaron pasando. Eva Li, ya era una mujer hecha y derecha con las cosas muy claras y «solterona». Akiko, ya muy anciana era aún muy activa, todas las mañana iba al mercado con la que se convirtió en amiga, el ama de cría, Gloria; todas las tardes iba a la Duquesa, se sentaba en el velador de siempre, el de toda la vida, el de debajo del árbol del abuelo Quin, aquel velador que daba a la bahía.
Akiko aquella tarde fue a la Duquesa, antes de salir, cogió a su muñeca, la princesa Liu, que le acompañó toda su vida y era el icono de la sinceridad, del amor fraternal, de aquel que nunca tuvo grietas. Aquella muñeca que su amiga-hermana, Eva Li, le regaló el día de su llegada a Manila cuando las dos eran unas pequeñas de seis años.
Akiko se sentó como todas las tardes en su velador, la hija de Cao y Tifón, fallecidos hacía muchos años, le sirvió, como todas las tardes su té, con el cariño que solo aquella mujer podía demostrarle a Akiko. Como todas las tardes, Akiko, sacó de su gran zurrón de cuero el gran librote que estaba leyendo y que esa tarde terminó. Cerró el libro, cogió a la princesa Liu, le dijo unas cuantas palabras cariñosas, como cuando era niña y jugaban las dos amigas con sus muñecas. Luego la apretó contra su pecho con fuerza con su dos manos mientras sonreía mirando la hermosa bahía que se comenzaba a teñir de añiles y naranjas.
-¡Mamá!, ¡mamá!, ¡¡¡MAMÁ!!! Eva Li acarició el hombro de su madre; Akiko cayó desplomada sobre el velador. A la anciana Akiko la tuvieron que enterrar en el panteón familiar sin que le pudiesen quitar a la princesa Liu de sus manos, parecía que todo aquel amor, representado en su princesa Liu, se le hubiese fundido con su corazón.
Fin de la Duquesa china.

La abuela Akiko, en su velador de la Duquesa, con su muñeca, la princesa Liu apretándola contra su pecho. Imagen generada con IA.

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