El pater Julián consiguió pasar a China desde Taiwán, donde llevaba dos largos años, gracias a unos contrabandistas a los que el Pater hubo convertido para la fe católica. El tiempo transcurrido en aquella isla hizo mella en el espíritu del cura. Allí sufrió, por primera vez en su vida, lo que era el desprecio, el hambre o la sed, el frío o el calor extremo y también comprendió lo que era la caridad o la hospitalidad y que estos sentimientos nada tenían que ver con la fe católica, tanto el odio como el desprecio, como la caridad y la hospitalidad eran sentimientos y costumbres universales. Julián se reconocía a sí mismo que de poco sirve lo aprendido en los libros si este conocimiento no está sustentado por la experiencia de la vida y él, el Padre Atila, estaba teniendo una experiencia de la vida que hizo, aún más, que se plantease su fe, su religión y qué hacía él en este mundo, teniendo como abía tenido, hasta ese momento, una vida que consideraba vacía. Julián seguía buscando, pero no sabía el qué.
Ya en la costa China, Julián se despidió de sus nuevos feligreses los cuales le desearon lo mejor y le dieron un atillo con comida, algo de ropa, y un pellejo de agua. Julián comenzó a caminar sin un rumbo fijo, no conocía la geografía de aquel país que descubrió era mucho más inmenso de lo que jamás pudo imaginar.
El cura llegó a sentir verdaderos éxtasis ante la belleza de algunos parajes de aquella tierra que, se decía a sí mismo, parecía recreada de un libro de caballerías. Julián cada vez que su espíritu caía en uno de aquellos arrobamientos daba gracias a Dios por su inconmensurable poder de crear un mundo tan bello y a la vez tan cruel. Julián no se refería a la crueldad de la naturaleza si no a la crueldad humana. Julián comprendió que Jesús vino al mundo para quitar la crueldad de este mundo de humanos injustos y egoístas. El amor era lo que proclamaba su religión, entonces ¿por qué había tan poco amor en el mundo? Julián entre estas y otras cavilaciones iba y venía de un pueblo a otro predicando su fe. En su periplo se encontró con todo tipo de personas, ninguna que le fuese extraña a la condición humana, ninguna que no hubiese visto antes.
El primer invierno fue acogido en un templo budista. Julián, sin saber como, llegó hasta el techo del mundo. Aquellas montañas de nieves perpetuas le dejaron sin palabras. En la Lamasería, donde Julián pasó casi año y medio, aprendió muchas cosas nuevas que eran más antiguas que su fe y que, de una u otra forma, venían a decir lo mismo. Los monjes del monasterio eran como los monjes de occidente, -Aquel hombre tenía razón, todo es igual en todas partes, se decía el cura recordando las palabras de los difuntos Tomás y Xiao.
Julián se despidió de sus nuevos amigos a los que tanto debía ya que cuando se marchó de allí para seguir con la prédica de su fe, se notaba un profundo cambio en sí, aunque no sabía que hubo cambiado en él. Se notaba distinto, como si su alma estuviese un poco más cerca de algo a lo que el Padre Atila no sabía que nombre o adjetivo ponerle.
Julián continuó con la labor que se hubo marcado, continuó pasando frío, hambre, desprecios y aprecios, fue presa de ladrones y predicador entre ellos, donde se dió cuenta de lo poco que sabía de fes y de las condiciones humanas.
El siguiente invierno lo pasó en un monasterio taoísta, donde continuó con ese aprendizaje que parecía que el señor le había puesto como dulce penitencia. Julián permaneció dos largos años en el monasterio de donde salió para continuar con su vida de cura mendicante por toda Asia. Sin embargo, Julián, ya no sabía si era católico, budista o taoísta o lo era todo a la vez y no era nada al mismo tiempo. Julián se debatía a diario entre una cuestión y otra y con estas filosofías en la mente se fué introduciendo por una estrecha, larga y profunda garganta, profunda, oscura, húmeda y que parecía no tener fin.
Al final de aquella larguísima garganta, se abría una gran meseta llena de verdor rodeada por enormes montañas que parecían los dientes de un dragón que protegían la pequeña aldea rodeada de campos de cultivo, de arrozales y búfalos.
Julián se puso a predicar en mitad del pequeño mercado. Nadie le hacía caso, nadie parecía verle. -«¿Estaré muerto?» se preguntaba el sacerdote al ver que la indiferencia a su alta y desmejorada figura era total. Los aldeanos, poco acostumbrados a ver extranjeros en su escondida aldea, se preguntaban si aquel tipo extranjero era realmente un hombre tan alto, macilento y de ropas negras y raídas o era un ser espectral.
Los aldeanos poco a poco se fueron acostumbrando a la presencia de Julián que pasaba las noches bajo un puente próximo a la aldea. Se alimentaba de la caridad que comenzaron a hacerle los niños después de hacerle mil y una travesuras que Julián soportaba con estoica o confuciana paciencia.
El invierno se le vino encima sin avisar. Bajo su puente, Julián tenía siempre prendida una pequeña hoguera donde calentaba sus ya no jóvenes huesos. Una noche comenzó a nevar tanto que la ventisca apagó el raquítico fuego con el que se calentaba el cura y apagó su fuego interno.
Julián despertó entre dos jóvenes tan bellas e iguales que pensó que estaba muerto y que Dios le había concedido la Gracia de llevárselo a un paraíso donde los ángeles debían ser aquellas dos mujeres que desnudas dormían apaciblemente sobre él. Julián con esta ensoñación en la mente se quedó nuevamente dormido. Cuando volvió a despertarse las dos mujeres ya no estaban a su lado, pero fue consciente de que, si estaba muerto, aquello era muy real. La cama era real, palpable, el fuego que iluminaba la estancia de aquella humilde casa campesina era real, calentaba y daba una agradable luz. Extrañamente, Julián se sintió por primera vez en casa, en un hogar.
Las dos mujeres, hermanas gemelas, cuidaron de Julián como hombre y como marido. El cura no salía de su asombro y de su felicidad. No era feliz por tener dos mujeres todas las noches en su cama, eso no era algo más que banal, se sentía feliz por que estaba convencido que había llegado al final de su viaje.
Julián, como siempre, se debatía a sí mismo, haciéndose preguntas que solo con el corazón se podía responder. -¿Está mal que duerma todas las noches con dos hermanas?, ¿acaso no está escrito en la ley de Moisés que no te acuestes con dos hermanas, que no vean sus desnudeces?, pero…si ellas se han visto desnudas desde que nacieron… ¿Por qué tu pueblo elegido sí y el mio no? ¿Por qué tus rabinos pueden casarse y tener dos esposas y yo, pobre cura católico, no?, ¿por qué los musulmanes, que llegaron después de nosotros, sus rabinos pueden casarse hasta con tres mujeres y yo, seguidor de las enseñanzas de tu hijo, no?, ¡también soy un hombre, un ser humano! y también puedo amar a mis esposas y al resto de la humanidad!
Julián fue feliz el resto de su vida, comenzó a no cuestionarse tantas cosas respecto a la religión, nunca dejó apartadas del todo sus filosofías tenía tiempo para pensar en todo eso mientras trabajaba en los campos de arroz de sus esposas gemelas las cuales le dieron once hijos. Su vida transcurrió con una regla Benedictina, «Ora et Labora». Julián oraba mientras trabajaba, daba gracias por todo aquello que tenía en su vida, comprendió que podía amar sin complejos a aquellas dos mujeres y a sus once hijos..
Julián fue traduciendo la Biblia al chino y los textos budistas y taoístas al español y al latín, fue un trabajo inmenso que le llevó toda su vida.
El Pater Julián falleció agarrado de la mano de sus dos esposas ya muy ancianas y rodeado de sus hijos y amigos que echaron de menos a aquel occidental loco pero buena persona y trabajador incansable.
Julián se fue de este mundo feliz, satisfecho con su vida, perdonándose a sí mismo sus pecados, que en realidad, no sabía cuales eran excepto uno, el haberse creído superior a los demás y haber perdonado los pecados de los hombres y mujeres cuando eso solo lo podía hacer Dios y el mismo pecador. Julián se fue en paz consigo mismo con el mundo y pleno de amor.

El Pater Julián predicando en China. Imagen generada con IA.

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