Esto ya lo he escuchado antes IV
No podemos ni siquiera imaginar cómo nació la música. En realidad, tampoco podemos imaginar con certeza cómo surgió casi ninguna de las cosas que caracterizan a nuestra especie. ¿Cómo se le ocurrió a alguien golpear un tronco hueco y convertirlo en un tambor? ¿Quién pensó por primera vez en coser pieles para fabricar un abrigo o unas botas capaces de proteger del frío? ¿Qué mecanismos permitieron que apareciéramos como especie sobre este planeta y desarrolláramos conductas tan extraordinarias como el lenguaje, el arte o la propia música?
Para intentar aproximarnos a estas preguntas debemos emprender un viaje en dirección contraria a la que suele seguir nuestra mirada. No hacia las grandes civilizaciones, ni hacia las cuevas prehistóricas, ni siquiera hacia los primeros seres humanos. Debemos descender hasta un mundo invisible, un universo tan pequeño que durante la mayor parte de nuestra historia ni siquiera supimos que existía.
Ese mundo es el de los genes.
Allí, en largas cadenas de ADN empaquetadas dentro de cada célula de nuestro cuerpo, se encuentra escrita una parte fundamental de nuestra historia. No la historia de una persona concreta ni la de una cultura determinada, sino la historia biológica de una especie que durante millones de años fue acumulando pequeñas variaciones, errores de copia, adaptaciones y soluciones evolutivas hasta llegar a convertirse en el animal que hoy compone sinfonías, fabrica guitarras eléctricas y canta alrededor de una hoguera.
Y aunque pueda parecer sorprendente, para comprender por qué hacemos música quizá debamos empezar por comprender cómo funciona una molécula.
Durante miles de años los seres humanos convivimos con los efectos de la herencia sin comprender su mecanismo. Los hijos se parecían a sus padres, algunas enfermedades aparecían una y otra vez en ciertas familias y determinados rasgos físicos parecían transmitirse de generación en generación como si existiera una especie de receta invisible que viajara de unas personas a otras.
A mediados del siglo XIX, un monje llamado Gregor Mendel comenzó a estudiar unas humildes plantas de guisantes en el jardín de su monasterio. Cruzó plantas altas con plantas bajas, plantas de semillas verdes con otras de semillas amarillas y, observando pacientemente los resultados, descubrió que la herencia seguía ciertas reglas. Sin saberlo, había encontrado las primeras pistas de uno de los grandes secretos de la vida.
Mendel jamás vio un gen. Ni siquiera sabía que existía el ADN. Sin embargo, comprendió que debía haber algún tipo de información que pasaba de padres a hijos y que influía en el aspecto y las características de los organismos. Décadas después la ciencia descubriría que aquella información estaba escrita en una molécula extraordinaria: el ácido desoxirribonucleico, más conocido como ADN.
Hoy sabemos que cada uno de nosotros es portador de una inmensa biblioteca biológica. En cada célula de nuestro cuerpo se almacena un texto compuesto por miles de millones de letras químicas. Si pudiéramos desplegar todo el ADN contenido en una sola célula, mediría aproximadamente dos metros de longitud. Sin embargo, ese enorme manuscrito permanece cuidadosamente empaquetado dentro de un núcleo microscópico.
Y es precisamente en esas instrucciones donde comienza nuestra historia.
No la historia de una persona concreta, sino la de una especie entera.
Porque antes de construir tambores, cantar canciones o inventar violines, nuestros antepasados tuvieron que convertirse en organismos capaces de escuchar sonidos, reconocer patrones, memorizar secuencias, aprender conductas nuevas y cooperar con otros individuos. Ninguna de esas capacidades apareció de repente. Fueron el resultado de millones de años de evolución biológica.
Los genes no contienen partituras musicales. Ningún recién nacido trae grabada en su ADN una sinfonía de Beethoven ni una jota aragonesa. Lo que sí contienen son las instrucciones necesarias para construir un cerebro capaz de aprenderlas.
Y ahí es donde la historia comienza a ponerse interesante.
Cuando pensamos en evolución solemos imaginar criaturas gigantescas, colmillos impresionantes y una lucha constante por la supervivencia. Sin embargo, la verdadera protagonista de la evolución suele ser algo mucho más discreto: una pequeña variación genética.
A veces, durante la copia del ADN, se produce un cambio. Una letra se sustituye por otra. Una secuencia se repite. Un fragmento desaparece. La mayoría de estas modificaciones no tienen consecuencias importantes. Algunas son perjudiciales. Pero en ocasiones aparece una variación que ofrece alguna ventaja y entonces la selección natural puede favorecer su conservación.
Millón tras millón de años, esos pequeños cambios fueron modelando cerebros cada vez más complejos.
Nuestros ancestros desarrollaron sistemas nerviosos capaces de identificar sonidos procedentes de depredadores, reconocer las llamadas de sus semejantes o distinguir el llanto de una cría. Lo que en principio era simplemente una herramienta para sobrevivir terminaría convirtiéndose en la base biológica de algo mucho más sofisticado.
La música.
Antes de que existieran las canciones ya existía la capacidad de percibir ritmos.
Antes de que existieran los instrumentos ya existía la coordinación motora necesaria para seguir una secuencia temporal.
Antes de que aparecieran los cantos tribales ya existía un cerebro preparado para detectar patrones sonoros.
En cierto sentido, la música podría ser una consecuencia inesperada de capacidades que evolucionaron para otros fines.
La importancia de los genes se aprecia con claridad en algunas enfermedades hereditarias.
Existen casos en los que una pequeña alteración genética puede modificar profundamente el desarrollo del cerebro. Un ejemplo clásico es la fenilcetonuria. Si no se trata a tiempo, una única alteración genética puede provocar graves problemas neurológicos y cognitivos. Del mismo modo, ciertas mutaciones relacionadas con el lenguaje pueden dificultar enormemente la comunicación humana.
Estos casos nos recuerdan que el cerebro no surge por arte de magia. Es el producto de complejos programas biológicos escritos en nuestros genes.
Sin embargo, hay algo aún más interesante.
Cuando los arqueólogos estudian los restos de nuestros antepasados, descubren que la evolución humana no fue únicamente una historia de genes, huesos y selección natural. También fue una historia de cuidados.
En distintos yacimientos se han encontrado individuos con graves patologías o discapacidades que sobrevivieron durante años gracias a la ayuda de su grupo. Entre los ejemplos más conocidos se encuentra una niña neandertal del yacimiento de El Sidrón que presentaba síndrome de Down y consiguió vivir varios años pese a sus importantes problemas de salud. Su supervivencia difícilmente puede explicarse sin la protección y los cuidados de otros miembros de la comunidad.
Hallazgos similares sugieren que nuestros antepasados cuidaban a individuos vulnerables mucho antes de la aparición de la medicina, de las religiones organizadas o de las grandes civilizaciones.
La empatía también forma parte de nuestra historia evolutiva.
Y quizá esto tenga más relación con la música de lo que podría parecer a primera vista.
La selección natural no construyó el cerebro humano para componer óperas ni para tocar la guitarra eléctrica.
Construyó un órgano capaz de resolver problemas, comunicarse, cooperar y adaptarse.
Pero una vez apareció semejante herramienta, comenzaron a surgir posibilidades completamente nuevas.
El lenguaje permitió transmitir conocimientos.
La memoria permitió conservar tradiciones.
La imaginación permitió crear mundos inexistentes.
La empatía permitió conectar emocionalmente con los demás.
Y la música apareció en algún punto de ese proceso.
Tal vez surgió como una extensión de las llamadas emocionales que ya utilizaban nuestros ancestros. Tal vez ayudó a fortalecer los vínculos grupales. Quizá sirvió para coordinar trabajos colectivos, rituales o celebraciones. Es posible incluso que funcionara como una forma de comunicación anterior al lenguaje complejo.
No lo sabemos con certeza.
Lo que sí sabemos es que ningún otro animal ha convertido el sonido en algo tan elaborado, tan simbólico y tan universal.
Así llegamos a una conclusión curiosa.
Cuando escuchamos una canción no sólo estamos oyendo una sucesión de notas. También estamos contemplando el resultado de una larguísima cadena de acontecimientos biológicos que comenzó mucho antes de que existieran los seres humanos.
Cada ritmo que reconocemos, cada melodía que nos emociona y cada instrumento que fabricamos son posibles gracias a un cerebro construido a partir de instrucciones genéticas acumuladas durante millones de años de evolución.
La música no está escrita en los genes.
Pero sin los genes nunca habría existido la música.
Y quizá por eso, cuando escuchamos un tambor resonar en la distancia, una voz cantar junto al fuego o una multitud acompañar una canción que conoce de memoria, una parte muy antigua de nosotros parece despertar.
Como si, en algún lugar profundo de nuestra historia biológica, ya hubiéramos escuchado aquello antes.
Quizá la primera canción no fue una canción.
Quizá fue una madre intentando tranquilizar a su hijo durante una noche de tormenta hace cincuenta mil años.
Quizá fue un grupo de cazadores marcando el ritmo de una tarea colectiva. Quizá fue alguien golpeando distraídamente dos trozos de madera alrededor de una hoguera mientras el resto observaba las llamas.
No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que aquellos seres humanos ya poseían el mismo órgano que llevamos dentro del cráneo, construido por los mismos genes y modelado por las mismas fuerzas evolutivas.a al lector.
Cuando escuchamos una canción de The Who, una jota aragonesa, un canto africano o una melodía interpretada en una flauta paleolítica reconstruida por los arqueólogos, estamos contemplando expresiones culturales muy distintas. Sin embargo, todas ellas nacen del mismo instrumento biológico: un cerebro humano.
Los estilos cambian. Los instrumentos cambian. Las culturas cambian.
Pero el cerebro que los hace posibles sigue siendo, esencialmente, el mismo.
La música no está escrita en nuestros genes.
Pero la capacidad de emocionarnos con ella sí nació gracias a la larga historia biológica escrita en ellos.
Quizá por eso algunas melodías producen una extraña sensación de familiaridad.
Como si una parte muy antigua de nosotros, escondida bajo miles de generaciones, nos susurrara:
«Esto ya lo he escuchado antes.»
En los años ochenta, la escritora estadounidense Jean M. Auel comenzó a publicar una serie de novelas ambientadas en la Prehistoria cuya protagonista, Ayla, una niña cromañón que queda huérfana y es acogida por un grupo de neandertales, acabaría conquistando a millones de lectores. Más que un clásico de la literatura histórica, Ayla se convirtió en uno de esos personajes que terminan instalándose en el corazón de quienes los acompañan a lo largo de sus aventuras.
Lo que hizo especialmente novedosa esta saga fue el extraordinario trabajo de documentación de su autora. Auel recorrió Europa visitando yacimientos arqueológicos, museos y centros de investigación que, para la época, se situaban a la vanguardia de los estudios sobre la Prehistoria. Gracias a ello, fue capaz de recrear con un notable grado de detalle aspectos de la vida cotidiana de nuestros antepasados: desde la fabricación de herramientas y armas hasta técnicas para enderezar varas destinadas a convertirse en lanzas o flechas.
La trilogía formada por El clan del oso cavernario, El valle de los caballos y Los cazadores de mamuts (a la que después se sumarían nuevas novelas dentro del ciclo de Los hijos de la Tierra) constituye un auténtico viaje por la antropología y la vida social de la Prehistoria. Es cierto que la obra está inevitablemente contemplada a través de la mirada de una mujer del siglo XX y, por tanto, filtrada por cierto presentismo. Sin embargo, quizá esa distancia no sea tan grande como podría parecer, porque, al fin y al cabo, aquellos seres humanos que vivieron hace cincuenta mil años tenían los mismos miedos, las mismas esperanzas, la misma capacidad de amar y el mismo cerebro que nosotros. En muchos aspectos, eran distintos; en lo esencial, seguían siendo humanos.

También existe una adaptación cinematográfica protagonizada por Daryl Hannah. No fue un gran éxito de taquilla ni suele aparecer en las listas de las mejores películas de la década, pero siempre le he tenido cariño. Quizá no alcance la riqueza y la profundidad de las novelas, pero consiguió despertar en mí la misma fascinación por aquel mundo lejano en el que nuestros antepasados comenzaban a descubrir todo lo que significaba ser humanos.
Existe la versión en castellano.

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