El palacio entero olía a incienso, a loto… y a resaca divina.
Basthet llevaba horas desaparecida. Embarazada, perjudicada por la fiesta, y con ese andar felino que podía significar cualquier cosa: desde “voy a dormir” hasta “voy a conquistar un reino vecino”.
Pero esta vez… no estaba en ningún sitio.
Y el pánico se desató.
Hatetú fue la primera en gritar:
—¡¿Dónde está Basthet?! —corrió por el pasillo como si la persiguiera un ejército de romanos con resaca.
Nefernefer, que estaba intentando desayunar en paz, dejó caer la tostada.
—¡Estas jovenzanas!
—¡Pero hoy está embarazada! —respondió Hatetú, como si eso explicara que la diosa gata pudiera evaporarse.
Nefru-Luna intentó sentir su energía:
Se sentó en el suelo, cerró los ojos, respiró hondo y dijo:
—Estoy conectando con su esencia… … … —Solo siento hambre.
—¡Eso es tu esencia, no la de Basthet! —le gritó Hatetú.
El Gran CReador entró en modo pánico absoluto.
Apareció con la túnica torcida, el pelo revuelto y un papiro en la mano.
—¡Que alguien llame a los ibis mensajeros! ¡Que revisen los tejados! ¡Que busquen en los establos! ¡Que revisen las pirámides! ¡Que alguien revise el Nilo! ¡Que alguien revise a alguien que revise el Nilo!
—Papá, calmate —dijo Hatetú—. No podemos revisar el Nilo entero.
—¡Pues que el Nilo se revise a sí mismo! —gritó él, fuera de sí.
Anubis ladraba a las paredes.
Literalmente.
—Guau. —Guau. —Guau.
—¿Qué pasa, Anubis? —preguntó Keiko.
El dios chacal señaló la pared con la pata.
—¿Creés que Basthet está detrás? —preguntó Hatetú.
Anubis negó con la cabeza.
—¿Entonces por qué ladrás?
Anubis se encogió de hombros. Ni él sabía.
Isis, que se había ido a descansar, entró en el salón del trono como un huracán con la corona torcida, los ojos abiertos como platos y un tono que hacía temblar las columnas.
—¡¿Cómo que Basthet ha desaparecido?! ¡¿Quién estaba vigilándola?! ¡¿Quién la dejó sola?! ¡¿Quién…?!
—Isis, por favor —intentó calmarla Hatetú—. Estamos todos nerviosos.
—¡Yo no estoy nerviosa! —gritó Isis, nerviosísima.
Todos hablaban a la vez:
—¡Revisen las cocinas! —¡Revisen los tejados! —¡Revisen los templos! —¡Revisen las esfinges! —¡Revisen los gatos del barrio! —¡Revisen a los que revisan!
El palacio entero parecía un hormiguero en llamas.
Y entonces…
Un sirviente entró corriendo, sudando, sin aliento.
—¡José… José la ha encontrado!
Todos se quedaron congelados.
—¿Dónde? —preguntó Hatetú.
El sirviente tragó saliva.
—En su cama. Durmiendo la mona. Abrazada a un cojín. Roncando como un camello asmático.
Silencio absoluto.
Y luego, un suspiro colectivo que hizo vibrar las cortinas.
Hatetú se dejó caer en un sillón.
—Somos idiotas —dijo.
Nefernefer asintió.
—Idiotas divinos, pero idiotas.
El Gran Creador se apoyó en la pared, agotado.
—Voy a necesitar terapia extra esta semana.
Anubis ladró una última vez, como diciendo: se lo dije.
El palacio entero seguía vibrando por el caos de la búsqueda. Gritos, pasos, órdenes contradictorias, un ibis que se había desmayado del susto… y José, el psicólogo judeo‑porteño, caminando por los pasillos con el corazón en la garganta.
No sabía si rezar, llorar o pedir una ambulancia divina.
—Dios mío… —murmuraba—. Si le pasa algo a Basthet, Isis me mata, Hatetú me entierra y el Gran Creador me desintegra. Todo en ese orden.
Llegó a su habitación casi sin aire. Abrió la puerta con un temblor en la mano.
Y ahí estaba.
Basthet durmiendo la mona en medio de la cama, en diagonal, ocupando todo el colchón como solo una diosa gata embarazada puede hacerlo.
Tenía una pierna fuera de la sábana, un mechón de pelo pegado a la frente y un ronquido que parecía un motor de barco antiguo.
Abrazaba un cojín como si fuera un cachorro. Y de vez en cuando hacía un mrrr felino, suave, adorable y completamente inconsciente.
José se quedó congelado.
—No… no puede ser… —susurró—. ¡Estás acá! ¡Estás acá, mamita! ¡Me vas a matar de un infarto!
Se acercó despacio, como si temiera que fuera una ilusión.
Le tocó la frente. Estaba tibia. Respiraba tranquila. Tenía olor a fiesta, a incienso y a gato feliz.
—Ay, Basthet… —dijo José, con una mezcla de alivio y ganas de llorar—. ¿Por qué me hacés esto? ¿Por qué? ¿Qué necesidad había de desaparecer como si fueras Houdini con panza?
Ella respondió con un ronquido más fuerte.
José se sentó al borde de la cama, se tomó la cara con las manos y respiró hondo.
—Estoy casado con una diosa. Una diosa embarazada. Una diosa embarazada y borracha. ¿Por qué no me casé con una contadora? ¿Por qué no me casé con alguien normal? ¿Por qué…?
Basthet, sin abrir los ojos, extendió una mano y le tocó la rodilla. Como un gato que reconoce a su humano incluso dormido.
José se derritió.
—Está bien, está bien… te perdono… pero mañana hablamos, ¿eh? Mañana hablamos en serio. Esto no puede seguir así. Yo soy psicólogo, no soy un GPS para diosas perdidas.
José salió de la habitación con el alma volviendo al cuerpo.
Encontró a un sirviente en el pasillo.
—Deciles que está bien —dijo, todavía temblando—. Que está durmiendo. Que no se murió. Que no se cayó al Nilo. Que no la raptó ningún dios menor. Que… que está durmiendo la mona, ¿ok?
El sirviente asintió y salió corriendo.
A los pocos segundos, se escuchó un suspiro colectivo desde el salón del trono. Un suspiro tan grande que movió las cortinas.
José volvió a entrar en la habitación. Se sentó a su lado. La miró dormir.
—Te amo, pero sos un peligro —murmuró—. Un peligro hermoso, pero un peligro igual.
Basthet ronroneó. Y José, por primera vez en horas, sonrió.
El Gran Creador salió de su sesión de terapia con los ojos rojos, la túnica arrugada y un aire de “estoy haciendo lo que puedo, ¿ok?”. Respiró hondo en el pasillo del palacio, intentando recuperar la compostura.
Y justo entonces… apareció Isis.
Con los brazos cruzados. Con la mirada afilada. Con la corona torcida por el estrés. Y con un aura que decía claramente: hoy no es el día para provocarme.
—Ah —dijo Isis, con una sonrisa que no era sonrisa—. ¿Terapia otra vez?
El Gran Creador tragó saliva.
—Es… es importante trabajar las emociones —balbuceó.
—¿Las emociones? —Isis levantó una ceja—. ¿O la culpa?
El aire se volvió tan denso que hasta las estatuas del pasillo se inclinaron para escuchar.
—Isis, por favor… —intentó él—. No empecemos.
—¡No empecemos dice! —gritó ella, y el eco retumbó por todo el palacio—. ¡Con todo lo que empezaste vos! ¡Con todo lo que ocultaste! ¡Con todo lo que hiciste con Parvati!
El nombre cayó como un rayo.
El Gran Creador palideció.
—Isis… no… no es lo que pensás…
—¡Ah, no! —Isis ya estaba en modo erupción volcánica—. ¡Entonces decime qué es! ¡Decime por qué creo que Parvati me mira como si yo fuera la suplente! ¡Decime por qué cada vez que la pienso siento que me falta aire! ¡Decime por qué…!
El Gran Creador retrocedió un paso. Luego otro. Luego otro.
—Isis, por favor… calmate…
—¡NO ME CALMO! —gritó ella, y una lámpara de aceite explotó sin motivo aparente.
En ese momento, la familia —todavía reunida en el salón del trono por el susto de Basthet— vio a Isis pasar corriendo, llorando a moco tendido, con la dignidad hecha trizas.
—¿Isis? —preguntó Hatetú.
Isis ni los miró.
—¡ME VOY! —gritó—. ¡ME VOY A UNA CONCENTRACIÓN DE MOTEROS!
Y salió del palacio como una tormenta con sandalias.
La familia quedó petrificada.
—¿Moteros? —susurró Nefernefer.
—¿Concentración? —dijo Nefru‑Luna.
—¿Isis? —preguntó Anubis, sin entender nada.
Hatetú se llevó la mano a la frente.
—Hoy… hoy no puedo más.
La concentración de moteros rugía como un ejército de dragones metálicos. Motores, cuero, tatuajes, cerveza, humo, música fuerte… y en medio de todo eso, Isis.
Con su túnica blanca. Con su corona. Con los ojos hinchados de llorar.
Y absolutamente fuera de lugar.
Un motero enorme, con barba trenzada, se le acercó.
—¿Todo bien, reina?
Isis suspiró.
—No. Nada está bien. Estoy rodeada de ruido, olor a gasolina y gente que no sabe quién soy.
—¿Y quién eres? —preguntó el motero.
Isis lo miró con una mezcla de tragedia y orgullo.
—Soy Isis. Diosa de la magia. Madre de Horus. Esposa del Gran Creador. Y… —se le quebró la voz—… víctima de Parvati.
El motero parpadeó.
—¿Par… qué?
Isis suspiró otra vez.
—Una diosa india. Muy flexible. Muy espiritual. Muy… irritante.
Se quedó mirando el horizonte. Los motores rugían. La gente reía. Pero ella solo pensaba en Parvati.
Y en la traición. Y en el dolor. Y en la humillación.
Hasta que algo dentro de ella hizo clic.
—Ya está —dijo—. Me cansé de sufrir. Me cansé de llorar. Me cansé de sentirme menos. ¡Voy a enfrentarla!
El motero la miró sin entender.
—¿A quién?
—¡A Parvati! —gritó Isis—. ¡Me voy a la India!
Y sin pensarlo dos veces…
robó una moto.
Una enorme. Negra. Con calaveras pintadas. Y un ruido que hacía temblar las pirámides.
Se subió. Apretó los dientes. Y gritó:
—¡QUE EMPIECE MI VIAJE ESPIRITUAL!
Aceleró. La moto rugió. Y Isis salió disparada hacia el horizonte, rumbo a la India, al misticismo, al karma, al dharma y a una venganza divina que no tenía ningún sentido.


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