El Espía, el Perro y la Ira de una Diosa
Hatetú, princesa de Egipto.Capítulo VIII
Anubis seguía inmóvil, firme como una estatua divina con orejas puntiagudas. Hanwaset, a su lado, señalaba al chico pelo brócoli como quien señala una plaga bíblica.
—¡¿Lo ves, mamá?! —decía, indignado—. ¡Siempre ha sido demasiado discreto! ¡Demasiado! ¡Nadie es tan discreto sin esconder algo!
Hatetú, con una toalla en la cabeza y otra en la cintura, suspiró.
—Hanwaset, cariño… hay gente tímida.
—¡No tanta! —protestó él—. ¡Este tipo se camufla mejor que un camaleón en una alfombra de papiro!
El chico pelo brócoli —que en ese momento parecía más brócoli que nunca— levantó las manos.
—Yo… yo solo estaba sentado…
Anubis gruñó. Un gruñido grave, profesional, de perro policía celestial.
Isis, que venía con los ojos aún rojos por la discusión con el Gran Creador, lo interpretó como una señal divina.
—Muy bien, mi amor —dijo acariciando la cabeza del dios‑perro—. Tú siempre sabes quién es de la familia y quién no.
José entró con su mate, como si aquello fuera una reunión de vecinos.
—Bueno… esto ya es un quilombo —dictaminó—. A ver, hermano, soltá la verdad. No seas boludo. Nadie se esconde en vasijas por timidez.
El chico tragó saliva.
—Yo… yo…
Isis cruzó los brazos. La vena de la frente le latía con ritmo de tambor tebano.
—Habla —ordenó—. Estoy de muy mal humor. Mi marido me ha llamado “energía femenina organizada”. ORGANIZADA. A mí. Así que no estoy para tonterías.
Hanwaset añadió:
—Y yo tampoco. Ese tipo se escondió en el carro de las ofrendas. ¡En el carro!
José asintió con gravedad profesional.
—Confesá, hermano. Te va a hacer bien.
El chico pelo brócoli cerró los ojos, respiró hondo y dijo:
—Me llamo Isaac.
Silencio.
—Y soy de Judea.
Más silencio.
—Y… soy espía en prácticas del Shomré‑Sod.
Anubis ladró como si acabara de resolver un crimen.
Hanwaset gritó “¡LO SABÍA!”.
Hatetú se llevó la mano a la frente.
José murmuró “qué país complicado”.
Isis simplemente dijo:
—¡Al calabozo!
Y así, Isaac fue arrastrado por dos guardias nubios que no entendían nada, pero que ya estaban acostumbrados a obedecer órdenes absurdas.
Pasaron unos días.
Y como siempre ocurre en Egipto, los rumores viajaron más rápido que los mensajeros, más rápido que los dioses, más rápido incluso que Nefru‑Luna cuando levita con viento a favor.
Los rumores decían:
“El Gran Creador, convertido en señor mayor, está todas las noches de juerga en Sodogomorra.”
Isis, que conocía a su marido mejor que nadie, frunció el ceño.
—Si hay un rumor absurdo sobre él… —dijo— …probablemente es verdad.
El Comando Anti‑Hippies asintió al unísono.
Hatetú también.
Hanwaset, indignado por naturaleza, también.
José bebió un sorbo de mate y dijo:
—Bueno… si queremos saber la verdad, necesitamos un espía. Uno que ya esté entrenado. Uno que ya esté metido en el quilombo. Uno que ya esté preso, ponele.
Todos miraron hacia el calabozo.
Isis suspiró.
—Está bien. Lo liberamos. Pero solo si promete lealtad a Hatetú y se pasa a nuestro bando.
—Y si espía en Sodogomorra —añadió Hanwaset.
—Y si no se esconde más en vasijas —añadió Hatetú.
—Y si no miente tan mal —añadió José.
Anubis ladró, aprobando.
Isaac fue llevado ante ellos, temblando como un papiro mojado.
Isis lo miró fijamente.
—Isaac de Judea, espía en prácticas del Shomré‑Sod… ¿aceptas ser nuestro agente en Sodogomorra?
Isaac tragó saliva.
—Sí… sí, señora. Lo que usted diga.
Isis sonrió. Una sonrisa peligrosa.
—Perfecto. Porque si mi marido está de juerga… esta vez no se libra. Tengo una lista larga de infidelidades divinas que pienso recitarle una por una. Incluida la de la griega aquella… la del cisne. ¡Hay que ver qué gustos raritos tenía la tía!
Anubis ladró. José levantó el mate. Hatetú suspiró. Hanwaset murmuró “por fin alguien lo pone en su sitio”.
Y así comenzó la misión más absurda, más peligrosa y más necesaria del universo:
«Operación Sodogomorra».
El Gran Creador estaba tumbado boca arriba en la cama de la mansión de Nefru‑Luna y Moisés, mirando el techo como si esperara que el universo se reiniciara solo.
No podía dormir.
No por falta de sueño. Sino por exceso de discusiones.
Primero Isis. Luego las abuelas del Comando Anti‑Hippies. Luego Isis otra vez. Luego Nefru‑Luna vibrando en el pasillo. Luego Moisés preguntándole si quería una infusión de manzanilla cósmica.
El Gran Creador se giró a la izquierda. A la derecha. Boca abajo. Boca arriba. En diagonal. En espiral. En posición fetal divina.
Nada.
—¡No se puede vivir así! —gruñó—. ¡Ni meditar, ni dormir, ni enojarse tranquilo!
Se levantó de golpe, con la túnica arrugada y el pelo blanco electrificado.
—Me voy a dar una vueltecita —anunció al vacío—. Una vueltecita inocente. Hace siglos que no salgo… desde antes de la Gran Mojadura Cósmica.
Nadie respondió, porque nadie estaba escuchando. Pero él igual se sintió autorizado.
Se puso un manto gris, una barba blanca postiza (por si acaso) y salió de la mansión con paso sigiloso.
Sodogomorra lo recibió como a un viejo amigo.
Luces. Música. Risas. Gritos. Olor a incienso, vino, sudor y decisiones equivocadas.
Era como Las Vegas del Sinaí, pero con más camellos y menos impuestos.
El Gran Creador entró en el primer local que vio: El Oasis del Descontrol.
Y allí empezó todo.
Primero una copita. Luego otra. Luego otra que “no contaba porque era pequeña”. Luego un juego de dados. Luego otro. Luego otro que “no contaba porque casi gano”.
Y luego… las bailarinas.
Había de todo el continente:
-tartésicas con castañuelas de bronce
-romanas con túnicas estratégicas
-griegas con peplos sospechosamente cortos
-nubias con trenzas interminables
-asiáticas con abanicos que parecían armas divinas
Cada noche hablaba con una distinta.
Cada noche le contaban desgracias.
Cada noche le pedían un milagrito.
Y él, borracho como una cuba sagrada, respondía:
—Yo… yo ya no hago milagros después de las doce… preguntale a mi secretaria… o a mi mujer… o a su perro… no sé…
Mientras tanto, Isaac —oculto detrás de una columna, una palmera, una cortina o una bailarina según el momento— tomaba notas frenéticamente.
El gran creador perdía hasta la túnica.
Literalmente.
Una noche salió del casino con una hoja de parra y una sandalia que no era suya.
Otra noche salió con una túnica que ponía “Propiedad del Oasis del Descontrol”.
Otra noche salió sin túnica, sin sandalia y sin dignidad.
Isaac lo seguía como podía, temblando, tomando notas, preguntándose por qué había aceptado esta misión.
Y al amanecer, siempre lo mismo:
El Gran Creador subía tambaleándose la montaña del Sinaí, murmurando:
—No vuelvo más… no vuelvo más… mañana me porto bien…
Y al día siguiente volvía.
Isaac no sabía qué hacer.
No se atrevía a decírselo a Isis. No quería morir. No quería que Anubis lo oliera. No quería que Hanwaset lo mirara con esa cara de “te lo dije”.
Así que fue a Hatetú.
Hatetú escuchó el informe con la mano en la frente.
—Ay, Isaac… esto es peor de lo que pensaba.
—Yo… yo no quiero decírselo a Isis… —balbuceó él—. Me da miedo.
Hatetú lo miró con ternura.
—Isaac, cariño… si no se lo dices tú, se lo dirá el perro.
Anubis ladró desde la puerta, como confirmando.
Isaac tragó saliva.
—Está bien… se lo diré…
Y se lo dijo.
Isis escuchó el informe con una calma tan peligrosa que hasta Anubis retrocedió un paso.
—¿Todas las noches? —preguntó.
—Sí, señora… —susurró Isaac.
—¿Bebiendo? —Sí…
—¿Jugando? —Mucho…
—¿Con bailarinas? —De todas las regiones…
Isis respiró hondo.
Muy hondo.
Demasiado hondo.
—Perfecto —dijo con una sonrisa que daba miedo—. Pues se acabó. Voy a mi mansión del Sinaí. Y esta vez… esta vez no se libra.
Anubis se puso a su lado, erguido, listo para la batalla.
Hatetú dudó. Hanwaset también. José bebió mate.
—¿La acompañamos? —preguntó Hatetú.
Isis miró al horizonte.
—No. Esta bronca es mía.
Anubis ladró, como diciendo: “pero yo sí voy”.
—Tú sí, mi amor —dijo Isis acariciándole la cabeza—. Tú siempre vienes.
Y así, con paso firme, túnica al viento y perro‑dios a su lado, Isis subió la montaña del Sinaí dispuesta a protagonizar la discusión más épica, más larga y más peligrosa de la historia del universo.
Una discusión que haría temblar los cielos.


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