La vida y la muerte me están desgastando
La vida y la muerte me están desgastando es el título de una de las obras más singulares de Mo Yan. En ella, el escritor chino se ríe de sí mismo y de su propia literatura a través de una serie de reencarnaciones animales en las que, vida tras vida, conserva la memoria de quién fue. Esa conciencia persistente —casi un castigo, casi una broma cósmica— le permite observar el mundo desde ángulos insólitos, con una mezcla de humor, crueldad y ternura que solo él sabe sostener.
Mo Yan, cuyo nombre real es Guan Moye, nació en 1955 en Gaomi, provincia de Shandong. Su seudónimo significa “no hables”, un recordatorio de la censura que marcó su infancia durante la Revolución Cultural. A pesar de ello —o quizá por ello— desarrolló una voz literaria poderosa, influida tanto por la tradición china como por autores extranjeros como Gabriel García Márquez o William Faulkner. Su reconocimiento internacional se consolidó con la adaptación cinematográfica de Sorgo rojo por Zhang Yimou, con una inolvidable Gong Li como protagonista.
En El suplicio del aroma del sándalo, Mo Yan rinde un homenaje explícito a García Márquez. Los primeros párrafos evocan de forma transparente aquel inicio que todos los bibliófilos llevamos tatuado en la memoria: el coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento, recordando el día en que conoció el hielo. Ese gesto de reverencia literaria —tan humilde, tan transparente— solo aumenta mi admiración por él.
Quizá su capacidad para retratar la condición humana tenga que ver con haber nacido en una época de hambrunas, cambios brutales y heridas históricas aún abiertas. Algo similar ocurre con Gong Li, nacida en 1965, cuya presencia cinematográfica también parece atravesada por la memoria de un país que mutaba demasiado rápido.
El suplicio del aroma del sándalo se sitúa en un momento convulso: la caída de la dinastía Qing, gobernada por la emperatriz viuda Cixí, atrapada entre traiciones internas y la presión de las potencias extranjeras que buscaban trocear China como ya habían hecho con África. La novela respira ese clima de asedio, de dignidad herida y de violencia ritualizada.
En este contexto histórico —marcado por la Guerra de los Bóxers, la intervención de las “ocho potencias” y la modernización forzada— Mo Yan introduce un elemento profundamente local: la ópera maoquiang, típica de la provincia de Shandong y a punto de desaparecer del acervo cultural chino. Esa música popular funciona como una banda sonora emocional que acompaña a los personajes mientras se debaten entre la vida y la muerte, entre la lealtad y la traición, entre la resistencia y el derrumbe del imperio.
Mo Yan y García Márquez comparten otro paralelismo: si Macondo te fascinó, Gaomi del noreste te atrapará igual. Es el Macondo de Mo Yan, con una diferencia esencial: Gaomi existe. Y, aun así, en sus novelas se convierte en un territorio mágico, un lugar donde lo real y lo fantástico se entrelazan sin costuras. Allí, el realismo mágico no es un artificio literario, sino una forma de mirar el mundo.
Y mientras leo a Mo Yan, no puedo evitar pensar en cómo hemos mirado siempre a Asia desde la distancia, como si fuera un escenario remoto donde ocurren cosas que no terminamos de comprender. Quizá por eso me vienen a la memoria aquellas películas que intentaron traducirnos un mundo entero en dos horas, como el clásico 55 días en Pekín, con su Pekín de cartón piedra y su épica occidentalizada. Crecimos con esas imágenes, creyendo que hablaban de China, cuando en realidad hablaban de nosotros: de nuestras fantasías, de nuestros prejuicios, de nuestra necesidad de simplificar lo que no entendemos.
Con los años he descubierto que esa mitad del continente —inmensa, compleja, contradictoria— sigue siendo para nosotros un territorio casi mítico. Lo poco que sabemos llega filtrado, manipulado, reducido a titulares o a exotismos. Y, sin embargo, cuanto más leo, más veo cine, más escucho sus músicas, más me asomo a sus historias, más crece en mí una admiración profunda por esa sensibilidad que parece hecha de seda y acero al mismo tiempo.
Quizá por eso me conmueve tanto la delicada belleza de las mujeres asiáticas, esa mezcla de fuerza silenciosa y fragilidad aparente que nunca he encontrado en ningún otro lugar. Y, sobre todo, porque cuando pienso en esa belleza pienso inevitablemente en Gong Li, con esa elegancia que parece flotar incluso cuando está quieta, y pienso también en Mei Ling, en esa presencia que durante meses llenó mis días con una suavidad que aún no sé nombrar. Hay algo en ambas —en la actriz que convirtió la luz en un gesto, y en la mujer real que convirtió un gesto en un recuerdo— que me recuerda que Oriente no es un lugar, sino una forma de respirar. Una forma de estar en el mundo sin hacer ruido, sin exigir nada, y aun así dejar una huella que no se borra.
Tal vez por eso vuelvo a Mo Yan: porque en sus novelas siento que se abre una puerta. Una puerta hacia un lugar real —Gaomi— que, sin embargo, vibra con la misma magia que Macondo. Un lugar donde la vida y la muerte se desgastan mutuamente, donde lo cotidiano se vuelve mítico, donde lo humano se muestra sin filtros.
Un lugar que existe. Un lugar que, de algún modo, también me está llamando.
Y mientras cierro el libro, no sé si lo que escucho es el eco de Gaomi… o el eco de aquella que aún no ha terminado de irse, mientras el té aún no acaba de enfriarse.

Imagen generada con IA.
Una joven china de 1912 avanza sola por un camino de tierra que se abre paso entre un mar de sorgo rojo. La luz del atardecer tiñe el aire de oro viejo. Ella lleva un hanfu campesino, sencillo, desgastado, pero hermoso en su humildad. Su cesta de mimbre cuelga de su mano izquierda. Su rostro está girado ligeramente hacia abajo, como si escuchara algo que no pertenece del todo a este mundo. El viento mueve el sorgo y un mechón suelto de su cabello. La escena es íntima, silenciosa, profundamente melancólica. Podría ser un fotograma perdido de Sorgo Rojo, un recuerdo de Sun Meiniang de la novela el suplicio del aroma de sándalo, o una imagen que Zhang Yimou habría descrito con la misma mezcla de crudeza y poesía con la que la hubiese interpretado la bellísima Gong Li.
Y así avanza, hacia ninguna parte, mientras el té se enfría despacio, como se enfrían las presencias que tardan en irse, mientras la vida y la muerte me van desgastando.

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