¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Marín Cortés partió con el Virgen de Guadalupe dos días después de la reunión de oficiales. Tenía claro cuál era su misión en tierra y no quería defraudar a su amigo Tomás. Después de lo sucedido en Manila; Martín se propuso cambiar de vida, ya no tenía veinte años y ver la hermosa familia que su amigo de juventud había formado lo indujo a la reflexión. No le fue fácil el tornaviaje, no solo por las tempestades o lo largo que ya se le hacía estar tantos meses en alta mar y capitaneando un buque que, siempre, iba sobrecargado.

Lo de Martín fue más allá, se preguntaba como sería eso de ir a dormir todos los días a tu casa…tu casa…su casa; nunca tuvo una casa ni mucho menos un hogar, tuvo muchas camas, todas ajenas, muchas mujeres ajenas y ningún sitio decente donde reposar sus, a veces, molidos huesos. Se hacía viejo, se decía a sí mismo y…sí, ya iba siendo hora de saber que quería para su vejez. Dejar de vagar por esos mares tempestuosos, como su vida. Tener un hogar que le calentase los huesos durante el día, una mujer que cocinase para él y que por las noches no solo calentase su osamenta sino, también su alma.

Martín, después de arribar en Acapulco y hacer las tareas que, como capitán tenía que supervisar, y teniendo varios meses de espera, hasta que la temporada de tifones y tempestades pasasen; se dirigió a la ciudad de México a entregar en mano la carta al Virrey y relatarle en persona lo que allí sucedía.

El Virrey lo recibió lo antes que pudo sabiendo que traía carta urgente del gobernador de Filipinas. Martín relató al Virrey lo acontecido en aquella provincia. Martín tuvo que esperar varios días en México a que el Virrey le diera una carta para el Gobernador y que le dijera que tan solo le podía dar tres navíos con toda la artillería que necesitaban de costa, arcabuces, pólvora y munición, pero que hombres de refuerzo no les podía enviar pues todos los que tenían eran indispensables en aquellas tierras.

Martín, después de dar las gracias al Virrey partió de nuevo para Acapulco, un capitán debía estar donde estaba su barco. En Acapulco, Martín se fue alojando en una y otra posada hasta que un día, hambriento y harto de vagar por las calles de aquella ciudad sin rumbo fijo, entró a comer en una posada grande, limpia y bien iluminada.

Martín se sentó en una de las mesas, no había demasiados parroquianos, lo que Martín agradeció, pues se había acostumbrado a la soledad y no le servía cualquiera como compañía. Las camareras, meseras, en aquella zona de España, no estaban muy atareadas, pero una de ellas se acercó a la mesa que ocupaba Martín. -¿Qué deseáis señor? ¿Tequila, vino? ¿Algo de comer? Martín, no supo qué contestar en ese momento, aquella mujer tenía algo especial que Martín, en un primer momento no supo identificar. -Bueno, señoría ¿Es usted mudo o es que ha visto a un fantasma? -Perdón, señora, quiero comer y una jarra de buen vino. -En seguida, señor. Martín se fijo en la mujer, joven de unos veinticinco años. Su vestido verde se contoneaba al ritmo de sus caderas. Su cabello era muy largo y muy negro, se veía limpio, algo que no era muy frecuente entre las taberneras.

La mujer llegó a la mesa de Martín con un abundante plato de comida y una jarra de buen vino. La mujer se apoyó en la mesa y Martín pudo fijarse en más detalles de aquella joven. Sus ojos eran entre rasgados y almendrados y de un color tan verde que hasta la selva tropical les tendría envidia. Su generoso escote dejaba poco para la imaginación, su piel era del color del canelo un color que nunca Martín había visto.

-Si necesitáis algo más, llamadme señor, y si buscaçáis alojamiento mi cuarto es el último al final de la escalera. Martín, casi sin saber por qué arreglo el precio del alojamiento. Al llegar la noche, Martín, solo en el cuarto bien iluminado y bien ventilado, comprobó que era un cuarto muy espacioso, muy limpio, aseado y femenino. Martín se metió en la cama y cuando estaba apunto de dormirse entró aquella mujer que sin pudor se desnudó delante de él quedándose como su madre la trajo al mundo. Martín, que había gozado de bellezas de todas las partes del mundo, se quedó impresionado por la belleza de aquella mujer. Era distinta, tenía algo que Martín no conseguía descifrar.

Esa noche ni Martín ni la joven durmieron. A la mañana siguiente Arreglaron el precio por los dos meses que Martín aún estaría en tierra. El arreglo fue justo para los dos, aquella mujer sabía como negociar.

La segunda noche, comenzaron, casi tímidamente las confidencias. Al cabo de quince o veinte días La muchacha ya sabía todo lo que se podía contar sobre la vida de Martín y este supo todo, o casi todo, de la vida de aquella mujer. Se llamaba Isabel Yaretzi de Lope y Aguirre, era hija de una princesa de Texcoco que fue entregada en matrimonio por su padre el Tlatoani de aquella ciudad enemiga de los Mexicas, como pacto de buena voluntad y alianza contra aquellos devoradores de seres humanos.

Sus padres se instalaron en la ciudad de México pero su padre era un soldado español sin fortuna y su madre, a la que la corona española respetó sus títulos, bienes y tierras, era suficientemente rica. El padre, no sabía Isabel, si por maldad, envidia o frustración, quería quedarse y administrar los bienes de su mujer, como si esta fuese una retrasada mental. El Padre, Lope, que era bastante mujeriego, pendenciero y borrachín, se lió con una mujer indígena pobre con ansias de poder. Entre los dos idearon un plan para «quitar de enmedio» a la princesa Texcalqueña y hacerse ambos con la fortuna de su madre.

El plan tuvo éxito y su padre, sin respetar el debido luto por el fallecimiento de su esposa, se casó de inmediato con la «otra». Isabel, que ya era mayorcita, estaba harta de las palizas y humillaciones a las que su madrastra le sometía mientras su padre tenía sus «propios intereses» sobre la niña. Así que una noche harta de aquella mala vida se escapó de su casa y se dijo, -«puesta a la mala vida, que al menos saque provecho de ello»; con lo que se dio a servir en tabernas y a taberneros y clientes, hasta que aprendió a como desenvolverse en ese mundo, que le daba muy buenos dividendos.

Martín, sin saber por qué, tuvo por primera vez en su vida compasión de aquella mujer, que no solo por que era bella sino que, bien por natural bien por necesidad, era una persona muy inteligente.

Dicen que el roce hace el cariño y no se sabe si fue por este motivo, pero Martín fue la primera vez que dormía con la misma mujer durante muchos días, como le sucedía a isabel, nunca había estado más de una o dos noches con el mismo hombre, o por las confidencias nocturnas, las risas, o el sexo que se fue convirtiendo en otra cosa para ambos. Pero lo cierto era es que los dos sentían el uno por el otro algo que no sabían o no querían reconocerse a sí mismos, sabían que aquello sería efímero, tanto como que el día que Martín tuviese de partir de nuevo, aquel vínculo que tenían se cortaría, para siempre dejando en una y otro una amargura por el tiempo pasado y la imposición de su realidad cotidiana.

Llegó el día de la partida. Martín e Isabel solo se miraron a los ojos, una mirada puede expresar mucho más que las palabras. Martín se dirigió al puerto; Isabel a servir comidas y bebidas y una cama «caliente» a los transeúntes de todo pelaje y condición.

Al llegar al puerto Martín se encontró que no se podía partir por la tempestad que llevaba días asolando aquel mar. Regresó a la posada. Isabel estaba en sus quehaceres cotidianos. Aquello molestó sobremanera a Martín, se dió cuenta de que no quería ver, ni imaginar a Isabel, entre las sábanas con otro. Cogió a Isabel de la mano y subió con ella a su cuarto. La desnudó lentamente, besando y saboreando cada centímetro de su piel y sorprendiendose ante cada curva del cuerpo de la joven, como si fuese la primera vez que la veía desnuda, mientras prenda tras prenda caían al suelo.

A la mañana siguiente Isabel nada más incorporarse de la cama se sintió mareada y vomitó. Martín se alarmó, pensó que Isabel estaba enferma -¡Acuéstate! voy a buscar a un médico. -¡No seas tonto! ¡no necesito un médico! no al menos ahora, dentro de nueve meses sí lo necesitaré. -¿Qué?, ¿cómo? -¡Estoy embarazada! Martín no sabía cómo reaccionar ni qué decir. -¿No tienes que salir de viaje con tu barco?, pues, ¡ándele! Martín abrumado salió del cuarto y le pareció escuchar como Isabel lloraba. Al llegar al puerto la salida del buque se tuvo que volver a retrasar, otra tempestad azotaba aquel océano que llamaban Pacífico.

Martín regresó a la posada. Isabel no estaba en la taberna, Martín subió hasta el cuarto de isabel, donde la mujer estaba llorando y abrumada por aquel embarazo que sería una carga más en su vida. Martín levantó a Isabel, la abrazó y le propuso matrimonio. Isabel se encolerizo, como decía ella «se le revolteba su sangre india y era capaz de arrancar el corazón de aquel hombre que se quería casar con ella solo por pena! Martín e Isabel estuvieron enfadados muchos días hasta que Isabel cedió, dándose cuenta de que la proposición de Martín era cierta y genuina.

Isabel hacía semanas que se había puesto en contacto con un primo suyo, capitán de un grupo de soldados españoles de origen Texcoqueño y que, por varias razones, el Virrey no quería contar con ellos. Los Texcoquenses estaba dispuestos a ir donde la corona les enviase, pero para ellos no había trabajo.

Cuhátemoc, que así se llamaba el primo de Isabel fue a la posada a hablar con Martín. Este no podía hablarles de pagas o beneficios, solo de una inminente batalla y de que el gobernador, amigo suyo desde la juventud, era un hombre honrado y honesto que sabría como solventar aquel problema imprevisto. Isabel, también participó en la conversación terminando de convencer a su primo de que si no los querían en México, en Filipinas, tal vez encontrasen algo mejor, o una vida mejor.

Tras otro retraso por otra tempestad por fin pudieron embarcar los cuatrocientos hombres de Cuhátemoc. Isabel, aficionada a la moda tenía tantos baúles de ropa y complementos que Martín pensaba que necesitaría fletar otro buque solo para todos los baúles de su mujer. Martín e isabel se casaron pocos días antes de la partida para Filipinas en cerrito de Tepeyac delante de la tilma donde estaba impresa la imagen de la Virgen de Guadalupe. Los cuatrocientos Texcoquenses lo celebraron por todo lo alto en una sincrética mezcla de rito cristiano e indígena que impresionó no solo a Martín sino también a su esposa Isabel.

La boda de Martín e Isabel en el cerrito Tepeyac delante de la tilma donde está impresa la imagen de la virgen de guadalupe. Imagen generada por IA.

Imagen de la Virgen de Guadalupe, «La Guadalupana», impresa en la tilma original del indio Juan Diego, actualmente expuesta en la Basílica de Guadalupe, ciudad de México.

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