Aquella tarde, después de estar toda la mañana inventariando aquel enorme almacén, Xiao comió con Cao, el abuelo y su hija. Después subió a sus aposentos, lo cierto es que hacía calor y se sentía cansada; la noche anterior no pudo dormir bien dándole vueltas a sus preocupaciones que, ni eran tantas ni tan importantes, como ella creía. Se tumbó en la cama después de dejar los libros de cuentas sobre la mesa en la que se hallaba presto a ser servido el servicio de té. Xiao se quedó dormida despertándose sobresaltada al escuchar los gritos de Eva Li. Xiao se asomó a la ventana a ver que le sucedía a su hija; el revuelo de voces y graznidos era cada vez mayor, sin embargo, los gritos de su hija parecían más de placer que de miedo. Xiao, intrigada y asustada, bajó hasta el jardín.
El cuadro que vio Xiao la llenó de gozo, Eva Li corría delante de una fila de patitos que acababan de nacer; la madre de los patitos corría detrás de ellos y parecía llamarlos asustada por que sus hijos se iban detrás de la madre incorrecta. Tomás reía divertido la escena. Eva Li, al ver a su madre exclamó -¡Mira, mami, los patitos han nacido y según Tomás creen que soy su mamá!
Xiao se acercó a Tomás con algo de vergüenza por su comportamiento durante las últimas semanas y con algo de miedo por si él rechazaba la oferta que le iba a hacer. -Tomás, ¿quieres subir al ático a tomar un té conmigo?, creo que tenemos que hablar. -Por supuesto, Xiao, subo enseguida. -Dame unos minutos, ¿quieres?, me tengo que preparar. -Xiao subió a sus habitaciones, se quitó el hanfu que llevaba, se aseó, y se puso un hanfu blanco, ligero, sin nada debajo de él. Se recogió el cabello en una larga y pesada trenza sin joyas ni adornos; sabía que a Tomás le fascinaba verla con la trenza y juguetear con ella.
Xiao cogió el servicio de té y subió con él al sobreático. Se sentó en el suelo tras una mesa baja y puso el té a calentar. Intentó relajarse, pero estaba tan nerviosa que no era capaz de apartar de su mente los miedos que ella misma se había producido. Escuchó a Tomás y a su hija subir por las escaleras. Tomás y Eva Li llegaron al ático, pero Xiao no parecía encontrarse allí. -¡Xiao! ¡Xiao! ¿Dónde estás? -¡Estoy aquí arriba! -¿Cómo se va hasta allá arriba, Eva Li? Preguntó Tomás a su hija. -La niña lo cogió de la mano y lo condujo hasta la escalera que subía a donde estaba su madre.
Tomás con Eva Li de la mano se plantaron en la entrada de aquel espacio que parecía hecho para la intimidad más absoluta. -¡Siéntate, Tomás! Tomás se sentó en el suelo de madera sobre un cómodo cojín al igual que estaba sentada Xiao. -Mami, ¿puedo servir yo el té? -Sí, pero con cuidadito, la tetera está muy caliente. La niña cogió la tetera con cuidado, estaba muy caliente, cogió un poco de las mangas de su hanfu cubriendo el asa y la tapa de la tetera. Derramó el líquido verde despacio en los dos pequeños cuencos de sus padres los cuales la felicitaron por haber servido tan bien el té. -Eva Li, este señor es tu padre…¡Saluda a tu padre, niña! -Mami, ya lo sé. -¿Ya lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho, el abuelo, la tía Cao, tu padre? -¡No me lo ha dicho nadie, mami! -Entonces, ¿cómo lo sabes? La pequeña se encogió de hombros. -¡No sé! -Tomás, ¿le has dicho tú algo a la niña? -No, Xiao, siempre he creído que era decisión tuya. -Bueno, Eva Li, vete a jugar con el abuelo o con la tía Cao, tu padre y yo tenemos que hablar. -¡Joooo, mami! -¡Venga, Evita!, ¡haz caso a tu madre!
Eva Li bajó del sobreático a regañadientes; quería estar con sus padres; pero ¿quién entiende a los mayores? Esta vez el juego de Eva Li fue ayudar a la mamá pata a espantar a la gata naranja que miraba con ojos golosos a los pequeños patitos.
En el sobreático Tomás escuchaba atentamente el relato de Xiao que comenzó pidiéndole perdón por su recibimiento y su comportamiento del último mes. Tomás comprensivo dijo a su mujer que nada tenía que perdonarle pues la entendía. Tomás, con algo más de experiencia de la vida que Xiao, comprendía los miedos de su mujer. Hablaron mucho y muy bien, se veía llegar la nueva vida que Xiao había deseado para ellos tres. Cao llamó discretamente a la puerta.
-Xiao, ¿está Tomás contigo? -¡Abre la puerta y entra, Cao! ¿Qué sucede? – Un señor pregunta por Tomás, dice que es el secretario del Gobernador,que tiene algo importante que decirte. -Xiao, ¿te importa que ese hombre suba hasta aquí? -¡Que suba, Tomás! Cao, ¿te importa acompañarlo hasta aquí? Cao bajó hasta el patio de la Duquesa y volvió a subir con Antonio Pérez. – ¡Señoría, Capitán General! ¡Señora! -¿Qué se os ofrece, Don Antonio? -Señoría, no sé si debería contaros esto delante de vuest… -No os preocupéis, Don Antonio, son mi esposa, la señora Xiao Xian y mi cuñada pequeña Cao Lin. Si no es una cuestión de Estado y secreto podéis hablar con libertad delante de ellas. -¿Queréis un té, Don antonio? Tomad asiento y también tú, Cao. Cao cogió otros pequeños cuencos del pequeño aparador, también casi a ras del suelo, y los puso sobre la pequeña mesa. Xiao, con su delicada elegancia de señorita asiática bien educada, sirvió té para todos.
-Señoría, el antiguo gobernador, Joaquín Murillo, ocultó unas cartas que enviátis a vuestro secretario Tifón. Cuando dejó el cargo se le olvidaron en el cajón en el que las guardó. El nuevo gobernador, las encontró, las leyó y las volvió a esconder. Xiao, miraba de hito en hito a Tomás. -Entonces ¿era cierto que le había escrito?, pensó Xiao. -¿Habéis leído esa cartas, Don Antonio? -Solo por encima, Señoría, el encabezamiento y poco más, la dirigida a vuestro secretario Tifón decía que le enviabais cartas a vuestra esposa, supuse que son las que escritas en chino. -¿Tenéis con vos esas cartas? -No, señoría, pero sé donde están ocultas… -Bien, ¿podéis cogerlas y entregármelas? -Sí, señoría, pero es peligroso. Cada semana, el Gobernador las mira y me envía a buscar un traductor chino distinto que le traduzca el contenido de estas cartas; ninguno a accedido a la petición del Gobernador, cuando comienzan a leer y ven de quién son las cartas y a quién van dirigidas dicen que no entienden el chino que está escrito… -Esta bien, Don Antonio, vamos a hacer lo siguiente, regresad dentro de tres días, os entregaré nuevas cartas, vos tan solo tenéis que cambiar las que yo os de por las que tiene el gobernador y entregármelas. ¿De acuerdo? -Así lo haré, señoría. -¿Alguna cosa más, Don Antonio? -Sí, señoría, el pueblo está algo agitado, creo que se avecina una revuelta, el nuevo Gobernador ha subido los impuestos de todos, artesanos, comerciantes, agricultores… a casi un setenta y cinco por ciento… -Tomás miró a Xiao, preguntándole con la mirada si sabía algo, a lo que su mujer, con la mirada, le contestó que no sabía nada.
-Esta bien, Don Antonio, dentro de tres días, cuando os lleguéis a por esos documentos que os daré, os diré cúal es la situación real. ¿Alguna cosa más? -No, señoría, de momento esto es todo. Gracias, por recibirme en su casa, ¡discúlpenme las molestias, señoras! -¡No es molestia, Don Antonio, al contrario, le doy las gracias. Le respondió Xiao con elegancia y cortesía.
El secretario y Cao bajaron de aquel nido de águilas que era el sobreático dejándo solos al matrimonio que tenían aún muchas cosas de las que hablar.
Después de charlar sobre aquel asunto que, tan oportunamente, trajo el secretario, y de que Xiao le volviese a pedir perdón a su marido por haber dudado de él y creer que nuca le había escrito; Xiao le dió la espalda. -Tomás, cuando estuve a punto de ser concubina del Emperador…me marcó…como se marca al ganado…tal vez no vuelvas a quererme como antes cuando veas la marca… -Xiao, siempre te he amado y siempre lo haré, ¿tú dejaste de amarme por mi marca? No puedo, ni quiero olvidarme de ti, ¿es que acaso no sabes qué te llevo corriendo por mis venas? -Tomás se remangó la manga de su camisa y mostró a Xiao la cicatriz de aquella fea herida que le hicieron la noche del ataque pirata en Wu Dong y que Xiao le cosió con dos de sus cabellos.
Xiao se estremeció, al recordar aquella noche y, al darse cuenta, de que lo que su marido le decía era cierto, su cabello se había fundido, sobre todo los puntos internos, con la carne y la sangre de Tomás. Los dos tenían algo el uno del otro; Tomás los cabellos de Xiao corriendo por sus venas y Xaio a su hija.
Xiao, se aflojó el hanfu y dejó al descubierto su desnuda espalda. Tomás se quedó inmóvil, sorprendido por lo que mostraba su esposa. Xiao comenzó a llorar. -Xiao, es…¡es hermoso! ¡es una auténtica obra de arte! no me gustan los tatuajes, pero reconozco que es de una belleza indescriptible. Xiao, sin dejar de llorar, dejó que su hanfu de seda blanca con bordados sencillos en oro y rojos, resbalase por su desnudo cuerpo. Tomás abrazó a su mujer y la besó con cariño y pasión…
Esa noche, Cao, llamó a la puerta del sobreático. -Xiao, Tomás, aquí fuera os dejo la cena. ¡Buenas noches! Aquella noche Xiao y Tomás apenas durmieron, tenían mucho tiempo perdido que recuperar. Emplearon la noche en amarse como nunca lo hubiesen hecho y en hablar de sus cosas entre susurros y suspiros, ¡de tantas cosas! El sol de media mañana los sorprendió con su hija jugando entre ellos. Xiao supo en ese momento, qué era el verdadero amor.

El tatuaje de Xiao. Imagen generada con IA.

Tomás, Xiao y Eva Li jugando en la cama al comienzo de una nueva vida. Imagen generada por IA.
La felicidad de Xiao.

2 respuestas a «La Duquesa china. Libro II. Capítulo XXX. Un té en el ático»
Veo que ya está todo bien, en tu cuenta y también en este capítulo en el que por fin llega de nuevo la armonía entre Xiao y Tomás que, junto con el resto de los personajes, Eva Li, el abuelo, Cao… forman una verdadera familia. Desde detrás de la pantalla me encanta verlos compartiendo escenas familiares y sonriendo. Una apasionante historia, Alfonso, te felicito. Que tengas una buena semana, un fuerte abrazo.
¡Hola, Evita, guapísima! Si ya parece que se va entonando el blog.
¡Por fin todo se arregla en la familia! Pero aún les quedan unas cuantas aventuras y unos cuantos personajes nuevos que…bueno, ya irás viendo.
¡Gracias, Eva, amiga! ! Buenas semana también para ti!