Entré en la pequeña casa de invitados. Me metí en la cama recordando entre las brumas que me había producido el vino de cristal. Toda la habitación comenzó a girar sobre mi cabeza. Me levanté presuroso y salí corriendo y dando tumbos de aquella casa. Me arrodillé en el cesped y vomité. Tras de mí escuchaba las risotadas y las chanzas de los soldados que, ya hacía tiempo, no estaban de guardia ante la puerta de aquella pequeña construcción que ya consideraba mía.
Los soldados que, ahora su guardia la hacían como siempre, es decir, por el perímetro de aquel palacio sin murallas, se acercaron a mí y me ayudaron a ponerme de pie. Me dejaron en la cama, no entendí ni una sola palabra de lo que hablaban pero noté por sus risas que estaban divertidos por verme siendo un ser humano más.
La mañana me despertó con el sol muy alto y el estómago revuelto. Alguien había dejado una tetera, que no había visto antes, sobre la llama de una pequeña vela. A su lado habian dejado un pequeño y delicado rollo de papel; el principio y final de este rollo estaba sujeto por dos trozos de madera pintados en negro y laqueados. Desplegué el pequeño rollo, en él había escrito, con una delicada caligrafía, «es bueno tener amigos aunque vengan de lejos». No tuve dudas, Xiao había estado allí, me había dejado la tetera calentando y había dejado aquel rollo de papel que, a pesar de las vicisitudes de la vida, aún conservo como uno de mis dos únicos y mayores tesoros.
Salí al exterior. Un carro repleto de bultos, unos más grandes y otros más pequeños, estaba cerca de la entrada principal de aquel palacio. Los sirvientes estaban terminando de cargarlo. Me acerqué curioso y le pregunté a uno de los sirvientes. -Señor, la señorita Xiao, todos los años envía regalos de año nuevo a todas las familias del pueblo. Me quedé impresionado. No sabía si era costumbre del país que los nobles enviasen regalos a las familias o era, simplemente cosa de Xiao.
Pasé aquel día en calma, tranquilo, esperando la visita de Xiao.
Xiao llegó al día siguiente hacia el mediodía. El maestro Quin y yo estabámos tratando de dilucidar las diferencias entre la filosofía y la religión occidental y la china. Xiao escuchó atenta nuestros razonamientos. -Maestro Quin, siento interrumpir tan interesante debate pero he venido a decirle a Tomás que se prepare pues mañana salimos de viaje. -Puedo preguntar a dónde niña. -¡claro maestro!, iremos a Shong Du, -¡mi querida niña!, excelente opción, es un sitio que os va a fascinar Tomás, algún día vajaré hasta allí y viviré cerca de la puerta del cielo. No entendí estas enigmáticas palabras del maestro.
Al día siguiente Xiao entro alegre en mi estancia. Me extrañó y sorprendió su indumentaria, vestia unos ¡pantalones! negros, una prenda negra de lana ajustada al cuerpo y que le ceñia el cuello y,, por encima de todo una especie de vestido verde, sin mangas, abierto por los costados y que por delante y por detrás le llegaba un poco por debajo de las rodillas. El cabello lo llevaba recogido en un moño del que salía una larga trenza.
-¿Ya estás listo?, -si Xiao, -¿sabes montar a caballo?, -¡Claro, que sé!, los caballos me gustan, son los animales más hermosos y nobles que hay. Xiao estaba alegre.
Salimos y me encontré con una sección de caballería con todo su armamento y pertrechos y tres carros cargados, en uno de ellos iban tres mujeres, las sirvientas de palacio.
Admiré los caballos, ¡eran magníficos!. Xiao y yo montamos en los dos primeros que abrían aquella comitiva. Xiao se puso en marcha ; dos soldados salieron de sus filas y se pusieron , como a medio tiro de ballesta, delante de nosotros.
Estuvimos de viaje tres días. Cada noche, los soldados montaban el campamento y preparaban la guardia y el campamento para ellos, para Xiao y sus sirvientas y para mí. Las mujeres no estaban acostumbradas a aquel trajín de campamentos y soldados.
Xiao salió de su tienda, grande, repleta de gasas que colgaban del frágil techo y que, me dió la sensación, visto lo poco que pude desde el exterior, que las gasas hacian el papel de separar lugares de aquella frágil estancia.
-¡Hemos llegado Tomás, mañana iremos a la ciudad! ¡Buenas noches Tomás! -¡Buenas noches Xiao!
A la mañana siguiente Xiao estaba preciosa con su hanfu azul y blanco. Era un bonito y cálido día de primavera. La ciudad no estaba muy alejada del campamento por lo que fuimos andando escoltados por una buena cantidad de soldados.
Descendimos la suave ladera de la colina y ante nosotros se abrió un pueblo que parecía mirarase en un espejo. Entramos por la entrada principal, una arcada no muy alta pero robusta, bien construida. Delante de nosotros se abría un lago de aguas tranquilas y claras. El pueblo circundaba el estanque con forma de media luna. Xiao me miraba divertida y orgullosa. -¡Xiao, pellízcame! -¿Por qué debería hacer eso? -Por si estoy durmiendo, ¡esto parece un sueño! Xiao me cogió de la mano, suavemente. -¿Me sientes? -¡Claro que te siento Xiao!, me pellizcó con fuerza; lancé una exclamación de dolor. -Xiao, riendo, me dijo. -¡Tonto!, ¡ves cómo no estás durmiendo! -¡Bueno mujer, era una forma de hablar! Xiao se reía y yo también acabé riéndome, la risa de Xiao era contagiosa.
Las calles de aquella ciudad eran canales y los vecinos, para desplazarse, utilizaban unas pequeñas barcas. También había puentes de un solo ojo muy empinados, la mayoría de piedra blanca. Eran sencillamente bellísimos.




Debe estar conectado para enviar un comentario.