Esto ya lo he escuchado antes
Saltaron a la pantalla de mi portátil como cualquier otro clip.
No sabía quiénes eran. Tampoco de dónde venían. Durante los primeros treinta segundos pensé que estaba escuchando a unos irlandeses particularmente asilvestrados o quizá a unos tipos de Tennessee que se habían perdido camino de algún festival de folk.
Pero no.
Eran rusos.
Unos cuantos barbudos rusos haciendo una música que a mis oídos sonaba extrañamente «céltica», mientras tocaban, bailaban y, sobre todo, se reían. Se reían de ellos mismos y un poco del mundo entero, con unas bromas deliberadamente brutas, campesinas y exageradas que, salvando todas las distancias culturales, me hicieron pensar inevitablemente en aquel Esteso que se disfrazaba de cateto español para cantar sus barbaridades sobre el agro-rock o la pobre Ramona.
Aquellos tipos se llamaban Otava Yo.
Y algo no encajaba.
O quizá, pensándolo mejor, encajaba demasiado bien.
Porque si cerraba los ojos por un momento y dejaba de pensar en banderas, fronteras, guerras, gobiernos y mapas, aquella música rusa no me resultaba tan lejana. Había algo familiar en ella. Algo que me llevaba hacia Irlanda y los Balcanes, hacia las aldeas de Europa oriental, hacia fiestas campesinas que nunca había visto y, sin embargo, parecían pertenecer a algún rincón remoto de la memoria.
Entonces cometí el error maravilloso de seguir mirando vídeos.
Y aparecieron otros pueblos.
Niños y niñas bailando en Asia Central. Mongoles. Pueblos de la Rusia asiática. Nómadas de la estepa. Y después, inesperadamente, una canción africana de una belleza extraordinaria.
Cuanto más miraba, más incómoda se volvía una pregunta.
¿Qué demonios estaba viendo?
Evidentemente aquellas músicas no eran iguales. Tampoco aquellas danzas pertenecían a una tradición común que pudiéramos hacer retroceder alegremente miles de años hasta encontrar un imaginario abuelo neolítico golpeando dos piedras. Sería bonito. También sería falso.
Pero debajo de aquellas enormes diferencias había cosas que regresaban una y otra vez.
El círculo.
Los pies golpeando la tierra.
Las palmas.
La repetición.
El cuerpo que espera el cuerpo del otro.
El grupo que lentamente comienza a moverse como si durante unos minutos dejara de ser una colección de individuos.
Y entonces la pregunta cambió.
Ya no era:
¿Por qué unos rusos me suenan vagamente a irlandeses?
Era otra mucho más antigua.
¿Desde cuándo hacemos esto los seres humanos?
Y para intentar responderla habrá que viajar bastante más lejos que Rusia.
Mucho más.
Habrá que retroceder hasta un mundo en el que todavía no existían rusos, ni españoles, ni irlandeses, ni kazajos, ni siquiera Europa como concepto.
Habrá que regresar hasta nuestros antepasados.
Porque mucho antes de inventar las fronteras, probablemente ya habíamos aprendido a bailar.
Eso no significa que pasara treinta años haciendo turismo. Todo lo contrario. La mayor parte de Europa la conocí desde la cabina de un camión, desde una autopista, una nacional, una gasolinera, un polígono industrial o esa carretera secundaria que uno atraviesa porque no queda otro remedio.
Pero treinta años dan para mirar.
Y recuerdo una sensación que se fue haciendo cada vez más evidente conforme mis viajes me llevaban hacia el este: cuanto más lejos llegaba, más diferentes parecían las cosas y, al mismo tiempo, extrañamente, más iguales.
Cambiaba la lengua. Cambiaban los carteles de las carreteras. Cambiaban las comidas, los rostros, las iglesias, las casas. Cambiaba incluso esa multitud de pequeñas normas no escritas mediante las cuales cada pueblo decide cómo relacionarse con un desconocido.
Pero luego mirabas algo y pensabas:
Esto ya lo he visto antes.
Quizá no exactamente así. Quizá a mil kilómetros de distancia y construido con otros materiales. Pero había algo familiar.
Se percibía especialmente en la arquitectura.
Una iglesia, una plaza, una casa campesina, un tejado, una fortificación podían convertirse casi en estratos arqueológicos a la vista. Los pueblos dejan en los edificios las huellas de aquellos con quienes estuvieron en contacto, de los imperios a los que pertenecieron, de las religiones que adoptaron, de las rutas comerciales que los atravesaron y también de las soluciones que encontraron independientemente porque tenían delante problemas parecidos.
Europa empezaba a parecerme menos un tablero dividido por líneas y colores y más un enorme palimpsesto humano.
Y quizá por eso aquellos barbudos rusos de Otava Yo consiguieron desconcertarme.
Porque había vuelto a suceder.
Esta vez no estaba viendo una iglesia desde la ventanilla de un camión. Estaba sentado delante de mi portátil escuchando una música nacida a miles de kilómetros de mi casa y mi cabeza insistía:
Esto me resulta familiar.
Entonces empecé a sospechar que estaba mirando el problema al revés.
Tal vez la pregunta no fuera por qué rusos, irlandeses, balcánicos, pueblos del Cáucaso o gentes de las estepas podían tener determinadas cosas que a nuestros ojos parecen resonar unas con otras.
Quizá primero había que preguntarse qué ocurre cuando los seres humanos conviven, comercian, emigran, conquistan, son conquistados, se casan, rezan, trabajan, celebran una cosecha, entierran a sus muertos y bailan unos junto a otros durante siglos.
Las fronteras podían decirme dónde terminaba un país.
Pero no necesariamente dónde terminaba una cultura.
Y después de tantos años cruzándolas con un camión, empezaba a sospechar que las segundas eran muchísimo más difíciles de dibujar.
Mientras escucho las Danzas eslavas de Rimski-Kórsakov, o veo a hombres y mujeres eslavos ponerse sus trajes de fiesta y bailar las danzas de sus pueblos, me sucede algo curioso.
Entiendo lo que está ocurriendo.
No hablo el idioma. No conozco los pasos. Seguramente desconozco buena parte de los símbolos que ellos reconocerían inmediatamente. Pero entiendo la alegría, el cortejo, el desafío, la complicidad; entiendo que cuando alguien golpea el suelo con el pie y los demás responden, está pasando algo entre aquellos seres humanos.
Y tengo la extraña certeza de que podría sucederme prácticamente en cualquier lugar del mundo.
Probablemente metería el pie donde no debo y llegaría medio compás tarde, pero si alguien me tendiera una mano sabría qué hacer.
Bailar.
Y eso plantea una pregunta extraordinaria.
¿Hasta qué punto llevamos la música y la danza inscritas en nuestra historia filogenética?
La pregunta no tiene todavía una respuesta sencilla. Sabemos que la música aparece en todas las culturas humanas estudiadas y que la arqueología ha encontrado evidencias de actividad musical anteriores incluso a las primeras pinturas rupestres conocidas. Pero seguimos discutiendo por qué surgió semejante capacidad y qué papel desempeñó en nuestra evolución.
Quizá ahí esté precisamente el problema.
Preguntamos cuándo inventamos la música como si algún antepasado nuestro hubiera construido un instrumento y, satisfecho con su ocurrencia, hubiese inaugurado aquella tarde la historia universal del rock and roll.
Pero el primer instrumento musical pudo ser muchísimo más antiguo y sencillo.
El cuerpo.
Tenemos manos que pueden golpear.
Pies que pueden marcar un pulso.
Una voz que puede repetir sonidos.
Un cuerpo capaz de balancearse.
Y, sobre todo, poseemos una capacidad asombrosa para escuchar un ritmo y ajustar nuestros movimientos a él. La sincronización temporal de movimientos y sonidos entre varios individuos constituye precisamente uno de los fenómenos que estudian quienes buscan las posibles raíces biológicas de la música y la danza.
¿Pudo comenzar con el sexo entendido cómo ritmo, cadencia, comenzando, tal vez en Homo Erectus?
Imaginemos entonces una noche remotísima.
No sabemos cuándo ocurrió y sería tramposo ponerle una fecha.
Hay fuego.
Alguien golpea rítmicamente algo. Quizá las manos. Quizá el suelo. Quizá un objeto que suena bien por pura casualidad.
Otro ser humano repite el golpe.
Otro responde con la voz.
Un cuerpo comienza a balancearse.
Y sucede algo extraordinario: varios individuos empiezan a compartir el tiempo.
Ya no son solamente unos cuantos animales reunidos alrededor del fuego. Durante unos instantes todos saben cuándo llegará el siguiente golpe.
Uno.
Otro.
Otro.
Y juntos.
Tal vez allí haya que buscar una de las raíces más profundas de la danza: no solamente en el movimiento, sino en nuestra capacidad para decir con el cuerpo:
ahora.
Ahora todos.
Es tentador llamar a eso una adaptación evolutiva. Hay investigadores que han propuesto que las exhibiciones vocales y motoras sincronizadas pudieron desempeñar funciones relacionadas con cooperación, cohesión o señalización colectiva. Pero son hipótesis evolutivas, no una película recuperada del Paleolítico.
Y esa cautela, lejos de estropear la historia, la hace más fascinante.
Porque la danza no fosiliza.
No podemos encontrar las huellas de unos pies y saber que estaban bailando. Las voces desaparecen en el instante mismo en que dejan de sonar. Los primeros tambores, si estuvieron hechos de piel y madera, podían desaparecer sin dejarnos prácticamente nada.
La prehistoria de la música tiene, por eso, algo desesperante: cuando empezamos a encontrar instrumentos reconocibles arqueológicamente, necesariamente estamos observando una parte de una historia cuyas capacidades vocales, gestuales, rítmicas y corporales pudieron antecederlos. El estudio paleoantropológico de la musicalidad tiene precisamente que reunir arqueología, anatomía vocal, cerebro, audición, gesto, ritmo, movimiento y emoción.
Y eso nos devuelve a aquellos eslavos que estoy viendo bailar en la pantalla.
Entre ellos y los primeros seres humanos que alguna vez sincronizaron sus cuerpos hay un abismo de decenas de milenios de cultura que no podemos rellenar inventándonos una línea directa.
Y, sin embargo, el animal que baila sigue siendo el mismo.
Homo sapiens.
Quizá por eso puedo contemplar una danza de un pueblo que jamás he visitado y comprender inmediatamente lo esencial.
No conozco su baile.
Pero reconozco el acto de bailar.
Y ahora nuestra pregunta ya puede avanzar un paso más.
Porque en algún momento dejamos de movernos solamente ante los demás y comenzamos también a hacerlo ante aquello que considerábamos sagrado.
Y para buscar ese momento tendremos que entrar en el Neolítico.
Tendremos que acercarnos a un lugar extraordinario.
Göbekli Tepe.

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