La sirenita, el ron y los años que se nos escapan
El ron dominicano tiene algo de magia, de religión antigua, de ese vudú negroide que no te hipnotiza pero sí te abre las puertas de la percepción, como si te dijera en voz baja: “relájate, hermano, que la vida es más grande que tus defensas”. Y en ese mareo amable —no borrachera, no descontrol, sino esa lucidez tibia que afloja los nudos— me llegan recuerdos: el pequeño porche donde tomé el mejor café de mi vida, cerrero como diría García Márquez, y el mejor ron que he probado jamás; aquel silencio que no era soledad sino paz, una paz que parecía suspendida entre dos mundos, como luciérnagas flotando en la noche. Quizá por eso escribo ahora: porque este ron, este mareo bueno, este vudú caribeño que convence en vez de empujar, me abre la cabeza y deja entrar ideas que normalmente no se atreverían a hablar en voz alta.
Y ahora, mientras el ron sigue abriéndome puertas en la mente, me asalta otro recuerdo que no sé si viene del alcohol o de esa entrada que acabo de leer de mi amiga la bloguera. Copenhague… aquel canal..aquel edificio que parecía pintado con lápices de colores recién estrenados y que no parecía un edificio sino una puerta a otro mundo donde la gente sonreía con una ingenuidad casi infantil. Y la sirenita, pobre sirenita, gris, triste, solitaria a pesar de la multitud que pasaba a su lado cada día sin verla de verdad.
No sé por qué vuelve ahora, pero vuelve: como si este ron caribeño tuviera la capacidad de mezclar geografías y épocas, de unir el calor del Caribe con el frío danés, de recordarme que hubo momentos mejores, más limpios, más simples, más míos.
La sirenita… no sé si fue amor a primera vista o si fue su tristeza gris y fría la que me atrapó desde el principio, como si aquella estatua de negra piedra entendiera algo de mí que yo aún no sabía. Su melancolía me llevó directo a Hans Christian Andersen —del que algún día tendré que hablar con la calma que merece— y durante años busqué una edición que reuniera todas sus obras con una traducción digna, cercana al original, sin edulcorantes ni traiciones. Pasó mucho tiempo, demasiados años quizá, hasta que un día la encontré: formato de bolsillo, papel biblia, más de quinientas páginas. Una joya de la corona en mi biblioteca, un tesoro silencioso que guardaba la lucha de aquella sirenita debatiéndose entre tener corazón —alma— o no. Y cada vez que la releía, sentía que esa batalla era también mía: la de elegir entre la dureza del mundo o la vulnerabilidad de sentir demasiado.
El vudú del ron dominicano me lleva aún más atrás, a aquellos años en los que llevé a mi padre —mi padrastro, pero padre al fin y al cabo— de viaje en el camión hasta Alemania.
Era una época distinta, más amable, en la que uno podía parar en cualquier restaurante de carretera de Europa y comer con dignidad por muy poco dinero, saboreando la gastronomía regional como quien colecciona postales vivas.
Recuerdo una parada en Francia, no sé en qué región, en un restaurante que parecía sacado de las viviendas de los galos… pero no de los galos reales, sino de ese pueblecito irreductible que nunca fue conquistado gracias a la poción mágica de su druida. Y mientras comíamos, pensé si aquella poción no sería, en realidad, ron dominicano disfrazado: algo que no te da fuerza sobrehumana, pero sí te abre el tercer ojo.
Pero aquel viaje también tuvo una sombra que el ron dominicano, por mucho vudú que tenga, no puede endulzar. Me sentí demasiado triste porque me di cuenta, casi de golpe, de que aquel hombre que había vivido las últimas aventuras de España —luchando en el Pirineo contra el maquis, sobreviviendo en el Sáhara durante la Marcha Verde— era ya un anciano. Se quedaba dormido de cualquier manera, con la baba cayéndole despacio, como si el cuerpo hubiera decidido rendirse antes que él. Me dio pena, me dio lástima, porque estaba viendo con mis propios ojos cómo se deteriora el cuerpo y la mente humana, cómo la vida se encoge sin pedir permiso. Muchos años después, un día cualquiera, me descubrí haciéndome una de esas preguntas eternas que todos los seres humanos se han hecho desde que el homo sapiens camina erguido por este planeta: ¿cómo he llegado hasta aquí?, ¿cuándo me he convertido en un viejo? Si tengo la sensación de que anoche me fui a dormir y esta mañana, al despertar, habían pasado cuarenta años.
Ser padre —o madre— significa, sobre todo en estos tiempos, bailar sobre una cuerda floja que nunca deja de moverse. Intentas hacer con tus hijos lo que tus padres hicieron contigo, pero corregido, mejorado, afinado… o eso crees, o eso intentas. Los hijos nunca han venido con manual de instrucciones; ese manual lo escriben cada día los padres y los hijos, juntos, intentando que exista un spiritus familiaris, un espíritu santo doméstico que por desgracia hemos ido perdiendo mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa. Un día vas de viaje con tu padre; otro día, en teoría, deberías ir de viaje con tu hijo.
Yo nunca tuve esa oportunidad. Cosas de la vida.
Y así, sin darte cuenta, un día eres muy bueno y al día siguiente eres muy malo, porque la paternidad es eso: una oscilación constante entre el amor, el miedo, la torpeza y la esperanza.
Un buen día —o mejor dicho, un mal día— me enteré de que a la Sirenita la habían decapitado. Pobre sirenita. ¿Qué les habría hecho a esos vándalos para merecer semejante destino? Y de golpe, sin necesidad del vudú del ron caribeño, regresaron a mi mente aquel edificio de colores que parecía pintado con lápices recién estrenados, y aquella mujer de ojos enormes, verde esmeralda, tan pelirroja como el mostrador tras el que trabajaba.
A veces pienso si no sería ella la sirenita convertida en mujer, escapada del pedestal para vivir una vida de carne y sonrisa.
Muchos años después, en aquel porche caribeño con aroma a café cerrero —como diría Gabo— la recordé mientras buscaba la mejor estrategia para asaltar los muros de la finca del otro lado de la calle triste de aquel Macondo insular y robar aquel mango gigantesco con el que quería obsequiar a la tremendísima mulata que me tenía medio embrujado sin necesidad de ron o de vudú. Y en ese instante, con el mango en la mano y el Caribe respirando alrededor, me pregunté qué habría sido de la sirenita: de la de piedra, de la pelirroja, de todas las sirenitas que uno encuentra y pierde sin darse cuenta.
¿Qué fue de la sirenita? ¿Sigue en su triste y frío pedestal de piedra, mirando eternamente hacia un mar que ya no le promete nada?
La sirenita… la sirenita es mucho más que un cuento ancestral europeo.
La sirenita es una vida, la búsqueda de una vida. Todos tenemos derecho a tener una vida, a vivirla, a amarla y a ser amados; a recordar, con el vudú del ron caribeño o sin él, que existimos.
La sirenita, Copenhague, Andersen… en Europa, en el Caribe, en cualquier rincón del mundo, la sirenita nos recuerda que todos tenemos derecho a una vida digna, a un corazón que late, a un alma que no se rinde, a un lugar donde descansar sin miedo. Y quizá por eso vuelve
siempre: porque en el fondo, todos somos un poco sirenita debatiéndonos entre la piedra o el deseo de vivir.


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