¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Regresa en un rayo de sol español

Hay imágenes, recuerdos, películas, cuadros, monumentos y canciones que nos acompañan toda la vida. No porque sean “importantes” en un sentido académico, sino porque quedaron atrapados en algún rincón de la memoria gracias a las emociones que nos despertaron. El primer beso, el primer viaje en solitario, la primera aventura compartida… emociones que se quedan adheridas a la piel.

Han pasado casi cincuenta años y aún recuerdo —como si hubiese ocurrido ayer— la primera vez que vi Hair. Fue en el cine Avenida, en aquella Melilla de mi primera adolescencia. La guerra de Vietnam había terminado apenas cuatro años antes, y los jovencitos que éramos en 1979 vivíamos en un estado extraño: ingenuos hasta la ternura, inquietos hasta la electricidad. Éramos hijos de una época que hoy nos parece mejor, quizá porque la distancia suaviza los bordes, quizá porque realmente lo era.

Aún recuerdo a mi basca. Ese era el nombre que le dábamos al grupo, pero cuando mi madre lo oyó por primera vez le saltaron todas las alarmas. Era la España de las bandas terroristas, del plomo indiscriminado, de las noticias que helaban la sangre cada noche. ¿Qué estaría haciendo su hijo con “una vasca”, una presunta terrorista solo por el simple hecho de ser de las Vascongadas? Las palabras, cuando no tienen grafía, se vuelven peligrosas: el viento las distorsiona, las exagera, las convierte en amenazas que nunca existieron.

Después de salir del cine, con los sentimientos aún revueltos por Hair, toda la basca —toda la pandilla— nos reunimos donde siempre: aquella cúpula de hormigón que, según decían, ocultaba debajo la depuradora de aguas. Estaba justo al final de la calle donde vivía Cándido Lóbera, al final de aquella empinada cuesta que desembocaba en unos acantilados altos y abruptos.

Éramos los chicos y chicas del instituto de F.P. y del Bachillerato, mezclados sin fronteras, y nos sentábamos en el punto más alto de la cúpula mirando al mar, a la puesta de sol. Allí descubríamos que Homero tenía razón cuando describía el ocaso en Troya como “la aurora de dedos de púrpura y naranja” —o algo parecido; la cita exacta se me escapa ahora, pero la emoción permanece.

No recuerdo en qué momento alguien hacía rular el whisky, la cerveza o el hachís (que nunca me gustó). Tampoco recuerdo cuándo las chicas empezaban a cantar el Hare Krishna. Y, a estas alturas de mi vida, ya no sé qué parte de todo aquello es memoria real y qué parte es fantasía, o qué huecos ha rellenado el cerebro con su propia imaginación.

Pero sí recuerdo a aquella chica morena, de piel tostada y cabello siempre trenzado. Llevaba una falda negra bordada hasta los tobillos y un montón de abalorios hippies en el cuello y las orejas. Siempre me miraba sin apartar la mirada, fija, tranquila, como si supiera algo que yo aún no sabía. Era muy bonita, y me atraía mucho, pero la adolescencia —esa mezcla de torpeza y miedo— no me permitió acercarme a ella. Era, en cierto modo, el reflejo vivo de la banda que acabábamos de ver en Hair.

Hair no nació como película: nació como musical de Broadway. Estrenado en 1967, fue un estallido cultural sin precedentes, una mezcla de teatro, ritual, protesta política y celebración de la juventud que rompía todas las normas escénicas de la época. No era solo un espectáculo: era una declaración de guerra contra la guerra, contra la autoridad, contra la moral rígida, contra la América que enviaba a sus hijos a morir a miles de kilómetros de casa.

En 1979, Miloš Forman llevó Hair a la gran pantalla y el resultado fue un éxito rotundo. La película conserva la esencia del musical, pero añade una dimensión emocional y cinematográfica que la convierte en una obra única. Hair tiene muchas cosas que la hacen “especial”: no es solo una declaración de principios de una generación, sino también una forma distinta de mirar la vida y de escuchar la música. Es, en cierto modo, un tratado de rituales místico‑simbólicos que anticipa lo que pocos años después se consolidaría como la New Age: una espiritualidad híbrida, comunitaria, sensorial, que buscaba abrir puertas interiores más que levantar banderas políticas.

Hair es una ópera pop filmada, una explosión de juventud, música y contradicción que Miloš Forman transforma en un viaje emocional sobre la identidad, la libertad y el peso de la sociedad. La película no se limita a adaptar el musical de Broadway: lo reinterpreta, lo expande y lo convierte en un retrato íntimo de una época en la que la juventud estadounidense vivía entre dos fuerzas opuestas: el deseo de romper con todo y la obligación de cumplir con un destino impuesto.

La historia sigue a Claude, un joven de clase media que llega a Nueva York para alistarse en el ejército. Allí se encuentra con un grupo de hippies liderados por Berger, un espíritu libre que encarna la contracultura en su forma más pura: humor, caos, ternura, rebeldía y una profunda necesidad de vivir sin cadenas. A través de ellos, Claude descubre un mundo que desafía todo lo que creía saber sobre la vida, el amor, la autoridad y la guerra.

Forman filma la contracultura como si fuera un ritual antropológico: cuerpos que bailan, voces que se mezclan, símbolos que se repiten, una tribu que funciona con sus propias reglas. La música no es un adorno: es el lenguaje emocional de la película. Cada canción es una declaración de identidad, un manifiesto político o una catarsis colectiva.

Hair es luminosa y amarga al mismo tiempo. Es divertida, sensual, ingenua, profunda y, sobre todo, honesta. No idealiza a los hippies ni demoniza al ejército: muestra dos mundos que chocan porque representan dos formas de entender la existencia. Y en ese choque, la película encuentra su verdad.

Sin necesidad de revelar nada, basta decir que Hair es una obra que deja huella. No por lo que cuenta, sino por lo que despierta: preguntas sobre quiénes somos, qué queremos, qué tememos y qué estamos dispuestos a sacrificar para pertenecer a algo.

La película abre con una declaración de intenciones: la juventud como fuerza cósmica, como energía que brota de la tierra y del cuerpo.

Central Park no es solo un parque: es un santuario urbano donde la tribu hippie se manifiesta por primera vez ante el espectador.

La cámara de Forman se desliza entre los cuerpos jóvenes que bailan, ríen, se tocan, se empujan con cariño, se celebran. No hay coreografía rígida: hay movimiento orgánico, casi animal, como si cada uno respondiera a un pulso interior que los sincroniza sin necesidad de reglas. Es una danza comunitaria, un rito de pertenencia.

Y entonces aparece ella: la voz.

Una mujer negra, poderosa, con una presencia que atraviesa la pantalla. Su voz no solo canta: invoca. Es un canto que parece surgir de un lugar más profundo que la garganta, un canto que mezcla gospel, soul y una espiritualidad que no pertenece a ninguna iglesia concreta. Es la voz de la comunidad afroamericana convertida en profecía, en anuncio de una era nueva: “This is the dawning of the Age of Aquarius…”

Forman filma esta irrupción como si fuera un fenómeno natural: la voz se eleva, la cámara se abre, el grupo se expande, el ritmo se contagia. Los cuerpos se vuelven más libres, más sensuales, más luminosos. La juventud se convierte en un elemento de la naturaleza.

Y sí: hasta los caballos de la policía parecen bailar con ellos. Ese detalle, que podría parecer anecdótico, es en realidad un gesto simbólico: la autoridad se ve obligada a moverse al ritmo de la juventud, aunque sea por un instante. La rigidez del orden se quiebra ante la energía vital de los chicos y chicas que celebran su existencia.

La escena funciona como un rito de apertura. En antropología, los ritos de apertura sirven para:

  • presentar la tribu,
  • mostrar sus símbolos,
  • establecer su moral,
  • y preparar al recién llegado para la transformación.

Eso es exactamente lo que ocurre con Claude, que observa desde fuera, tímido, desconcertado, fascinado. Él es el “extraño” que entra en la tribu. Y nosotros, como espectadores, entramos con él.

La escena de Aquarius no es solo un número musical: es una puerta. Una puerta hacia un mundo donde la libertad no es un concepto político, sino un estado del cuerpo.

Hair no es solo una película, ni un musical que me ha acompañado de una u otra forma a lo largo de mi vida. Algunas de sus canciones las he cantado durante años a voz en grito, como esta, cuando viajaba a Manchester: “Manchester, England, England, across the Atlantic sea…” Era imposible no sentir que la película seguía viajando conmigo, que aquella música seguía siendo una brújula emocional que apuntaba siempre hacia la juventud que fui.

Y es precisamente esa canción la que marca la segunda escena importante de la película.

Si Aquarius es la apertura ritual, Manchester, England es la presentación del protagonista: Claude. Y aquí Miloš Forman hace algo muy inteligente: no nos lo presenta como un héroe, ni como un rebelde, ni como un joven especialmente brillante. Nos lo presenta como un chico normal, casi tímido, casi torpe, casi invisible. Y eso es exactamente lo que necesita la historia.

La escena comienza con Claude caminando por Nueva York con una mezcla de desconcierto y fascinación. Él no pertenece a ese mundo, y la música lo subraya: “Manchester, England, England…” es una canción que juega con la idea de identidad como algo aprendido, repetido, casi mecánico. Claude canta sobre sí mismo como si estuviera recitando un formulario: nombre, procedencia, aspiraciones. Es un yo construido desde fuera, no desde dentro.

La coreografía es mínima, casi rígida. Los movimientos de Claude contrastan con la fluidez tribal de Aquarius. Donde los hippies se movían como agua, Claude se mueve como un soldado que aún no es soldado. Donde ellos bailaban con el cuerpo entero, él apenas se atreve a ocupar espacio.

La escena funciona como un diagnóstico psicológico:

  • Claude vive atrapado entre el deber y el deseo.
  • No sabe quién es, pero sabe quién se supone que debe ser.
  • Su identidad es una estructura vacía esperando contenido.
  • Su vida está escrita por otros: familia, sociedad, ejército.

Y aquí aparece el contraste antropológico: Si la tribu hippie es un grupo con símbolos, rituales y moral propia, Claude representa la cultura dominante, la que no permite desviaciones, la que exige obediencia, la que define la identidad desde arriba.

La canción, aparentemente ligera, es en realidad una crítica feroz a la construcción social del yo. Claude se describe como “genio” porque así lo dice la letra, pero la escena deja claro que no se siente así. Es un joven que aún no ha descubierto su propia voz.

Y eso es lo que hace que su encuentro con Berger y la tribu sea tan poderoso: Claude es un lienzo en blanco. Ellos son pintura, caos, color, vida.

Manchester, England es la escena que nos dice: “Este chico está a punto de cambiar. Y tú, espectador, vas a verlo transformarse.”

La escena de I Got Life ocurre en la mansión donde vive la chica “pija” (Sheila) de la que Claude se enamoró en el parque. Ese detalle es fundamental, porque cambia por completo el significado del momento: no estamos en un espacio neutro, sino en el corazón mismo de la América acomodada, ordenada y clasista. Y es precisamente ahí donde Berger decide irrumpir como un vendaval.

La secuencia comienza con Claude sentado en la mesa, rígido, educado, intentando comportarse como “se debe” en una casa bien. Todo es elegante, silencioso, perfectamente colocado. La familia de la chica representa la estructura social que Claude ha aprendido a respetar: normas, modales, jerarquías, expectativas.

Y entonces aparece Berger.

Descalzo, despreocupado, luminoso, con esa energía que parece reírse de la gravedad y de las convenciones sociales. Entra en la mansión como si fuera suya, como si las alfombras, los cubiertos de plata y los retratos familiares no significaran absolutamente nada. Y sin pedir permiso, sin pedir perdón, sin pedir nada, invade el espacio de Claude y de la familia de Sheila.

La canción comienza como una provocación, pero enseguida se convierte en algo más profundo: “I got life…” Berger enumera partes del cuerpo, impulsos, deseos, sensaciones. Es un canto a la existencia física, a la vida que se siente y se respira, no a la vida que se obedece. En esa mansión llena de normas, Berger convierte el salón en un ritual de liberación.

Antropológicamente, esta escena es un rito de inversión: el rebelde entra en el templo de la clase alta y lo transforma en un espacio tribal. La mansión deja de ser un símbolo de estatus y se convierte en un escenario donde la libertad se expresa a través del cuerpo. Berger baila, salta, se sube a la mesa, se acerca a una anciana, la provoca, la empuja a moverse. Y Claude, atrapado entre la vergüenza y la fascinación, empieza a reaccionar.

Psicológicamente, es el primer despertar de Claude:

  • descubre que tiene cuerpo,
  • descubre que puede reírse,
  • descubre que puede desobedecer,
  • descubre que la vida no es solo deber,
  • descubre que la libertad también es una emoción.

La cámara de Forman acompaña este despertar con un movimiento juguetón, casi infantil. El montaje es rápido, vibrante, lleno de vida. La escena se convierte en un torbellino que contrasta con la rigidez del mundo al que Claude cree pertenecer.

Y lo más importante: I Got Life es la primera vez que Claude siente que podría pertenecer a algo distinto. No lo admite, no lo entiende, no lo dice. Pero su cuerpo lo sabe.

La tribu lo ha tocado. Y ya no será el mismo.

La escena de Hare Krishna en Hair es uno de esos momentos en los que la película deja de ser cine y se convierte en un ritual. No es solo una canción: es una invocación, un mantra colectivo que transforma el espacio y a quienes lo habitan. Y aquí es donde la película toca directamente mi propia memoria: porque yo también viví ese canto, en aquella cúpula de hormigón de Melilla, cuando las chicas de mi pandilla empezaban a entonar el Hare Krishna mientras el sol caía sobre los acantilados. La vida, a veces, se sincroniza con el cine.

En la película, el Hare Krishna aparece como una irrupción luminosa en medio del caos urbano. Un grupo de jóvenes vestidos con ropas coloridas, casi ceremoniales, entra en escena cantando el mantra con una mezcla de alegría, devoción y teatralidad. No es una burla ni una parodia: es una representación de la búsqueda espiritual que marcó a toda una generación. La contracultura no solo rechazaba la guerra y la autoridad; también buscaba nuevas formas de trascendencia, nuevas maneras de conectar con algo más grande que uno mismo y a nosotros, a mí, me ocurrió precisamente eso.

Antropológicamente, esta escena es un rito de comunión. El mantra funciona como un puente entre culturas: una espiritualidad importada, reinterpretada, mezclada con música pop y con la estética hippie.

Es la espiritualidad como experiencia sensorial, no como dogma.

Es la búsqueda de paz interior en un mundo que se desmoronaba por fuera.

Psicológicamente, el Hare Krishna representa la necesidad de pertenencia. La tribu hippie no solo ofrece libertad: ofrece comunidad, ofrece un lugar donde cantar juntos, donde repetir palabras que, aunque no se entiendan del todo, generan una sensación de unión.

Claude observa esta escena con la misma mezcla de desconcierto y fascinación que yo sentía en la cúpula: algo está ocurriendo, algo que no pertenece al mundo de las normas, algo que toca una fibra que él -y yo- no sabíamos que teníamos.

La escena es breve, pero poderosa. Es un recordatorio de que la contracultura no fue solo política: fue espiritual, emocional, ritual. Y que, como ocurre con todos los rituales, su fuerza no está en el significado literal de las palabras, sino en la energía colectiva que se crea al repetirlas.

Y así, entre colores, cantos y sonrisas, Hair nos muestra que la juventud de aquella época buscaba algo más que libertad: buscaba sentido. Como nosotros, en aquella cúpula, sin saberlo.

Tras este viaje ácido de Claude —un auténtico ritual de paso, un proceso de integración en la tribu— se suceden momentos que van más allá de la simple amistad. La relación entre Claude y Berger se hace más profunda, más humana, más luminosa. Pero no solo entre ellos: toda la tribu se convierte en una familia improvisada que también acoge a la novia “pija” de Claude, Sheila, esa chica que rompe las normas de la alta sociedad para vivir según sus propias creencias, para respirar libertad sin pedir permiso.

Claude ingresa en el ejército, atrapado entre el deber y el destino.

Y entonces ocurre lo que convierte Hair en algo más que una película: un acto de amistad, de amor incondicional, de entrega absoluta. Berger, el espíritu libre, el rebelde, el que parecía no tener raíces, es quien acaba yendo a Vietnam en su lugar.

Ese gesto no es solo una decisión narrativa. Es un símbolo. Es la rebeldía de una generación alzándose contra la injusticia de una guerra que enviaba a miles de jóvenes a morir en una jungla que no era la suya. Es la denuncia de un sistema que convertía la vida en un número, en una leva, en una obligación mortal. Es la contracultura diciendo: “No aceptamos este destino. No aceptamos esta muerte.”

Y es también, en su esencia más íntima, un acto de amor. Un amor que no necesita etiquetas. Un amor que se expresa en la entrega, en el sacrificio, en la luz que uno deja para otro.

Las lágrimas de Claude en la pista de aterrizaje, mientras ve alejarse los aviones de transporte de tropas, lo dicen todo. Son el resumen perfecto de la película y de toda su sabiduría emocional. Hair no es solo una película ni un puñado de canciones que me han acompañado toda la vida porque tocaron mis emociones: es que yo viví esas emociones en aquella adolescencia ya tan lejana, que empieza a desdibujarse en blanco y negro.

Un par de años después de ver Hair por primera vez, con diecisiete años, ingresé en la Brigada Paracaidista. Y al menos treinta veces, aquella última canción —Let the Sunshine In— resonó una y otra vez en mi cabeza mientras, igual que los soldados de la escena final, nos introducíamos en orden y sin pensar en el vientre de esa ballena metálica que eran los Hércules. Mismo casco, mismo uniforme, misma juventud. Dos mundos opuestos: Hair y el ejército. Dos versiones contradictorias de la vida que, sin embargo, siguen viviendo en mí, con todo lo que eso implica, con las distorsiones dolorosas que sufre alguien que lleva en la epigenética el espíritu de Hair.

Hair no solo forma parte de mi vida: de alguna manera, es mi vida.

Y el lunes, a Manchester, England, England… I believe in God, I believe God is me. That’s me.

2 respuestas a «Regresa en un rayo de sol español»

  1. Avatar de Eva

    Un completo análisis de una película que recuerdo con cariño y que me encanta recordar. Una impresionante banda sonora y mucha frescura y encanto en esos hippies que hoy vemos tan lejanos.
    Me gusta mucho esta serie de entradas, Tommy, Quadrophenia, Hair…
    Un fuerte abrazo, Alfonso y feliz domingo y semana

    1. Avatar de alfmartmart

      Muchas gracias, Evita…Ten buena semana. Un fuerte abrazo.

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