Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XIV. Isis y el Delorean
Isis, todavía temblando por el descubrimiento del secreto azul, abre un portal sin querer. Un torbellino la envuelve. La sala del trono desaparece.
Y de pronto…
¡PUM!
Aparece sentada dentro del DeLorean, justo en el asiento del copiloto.
Eva pega un frenazo.
—¡Pero niña! ¿De dónde sales tú? ¡Casi me da un fluzo‑infarto!
Isis, despeinada, con los papiros azules flotando alrededor:
—¿Qué clase de carro solar es este? ¿Y por qué huele a metal caliente y a… nostalgia?
Eva, sin perder la compostura:
—Esto no es un carro solar, reina. Es un DeLorean. Y lo del olor… es normal. Tiene personalidad; y…generador de fluzo.
Isis respira hondo, mira por la ventanilla y ve líneas temporales pasando como ríos de luz.
—Estoy… viajando por el tiempo buscando datos para mi artículo…
—¡Y yo otra vez igual! ¡Los hombres me tienen harta! ¡Todos iguales! ¡Todos con secretos¡ !Todos con familias escondidas!
Eva suelta una carcajada.
—¡Ay, Isis… si yo te contara! Los hombres son como los mandos de la tele: cuando más los necesitas… desaparecen entre los cojines.
Isis la mira, sorprendida por la sabiduría terrenal.
Eva, para distraerla, toca un botón.
—Mira, escucha esto. Esto cura cualquier mal de amores divino.
El radiocasete del DeLorean se enciende.
Y suenan…
Guns N’ Roses.
A toda pastilla.
-«WELCOME TO THE JUNGLEEEEE»…
Isis abre los ojos como si hubiera visto un cometa.
—¿Qué es esto? ¡Suena a furia divina! ¡A tormenta del Nilo! ¡A ejército de Sekhmet cabreada!
Eva sonríe:
—Es rock, cariño. Del bueno.
Isis empieza a mover la cabeza. Luego los hombros. Luego todo el cuerpo.
—¡Esto es maravilloso! ¡Esto es… poder!
Eva sube aún más el volumen.
Isis, ya transformada, abre un nuevo portal azul.
—Gracias, Eva. Me has recordado quién soy.
Y salta del DeLorean canturreando la canción de los Guns N’ Roses, con los papiros azules girando a su alrededor como mariposas eléctricas.
Eva la mira desaparecer y murmura:
—Pues nada… otra diosa que se vuelve fan del rock.
El DeLorean arranca.
El portal se cierra.
El salón del trono estaba lleno… pero vacío. Lleno de gente. Vacío de aire. Porque cuando una diosa se marcha envuelta en un torbellino azul, dejando atrás un secreto que te rompe el alma, el silencio se vuelve una criatura viva.
Hatetú caminaba con las manos cruzadas a la espalda —como siempre—, dando vueltas como un péndulo nervioso.
—No puedo creerlo… —murmuraba—. ¡No puedo creer que el Gran Creador engañara así a mi Tiita! ¡A Isis! ¡A la que inventó el concepto de “hogar”!
Tururú, la Gran Esposa Real, estaba sentada en el trono con cara de haber visto tres eclipses seguidos.
—Yo siempre dije que ese hombre tenía demasiados secretos —bufó—. Pero esto… esto supera mis expectativas más pesimistas.
Nefernefer y Hasepsut, las nobles del Comando Anti‑Hippies, asentían con indignación sincronizada.
Hanwaset estaba blanco como un papiro recién fabricado.
—Yo… yo no sabía nada… —balbuceó—. ¿El Gran Creador… con otra familia? ¿Y nadie lo notó? ¿Ni Sekhmet?
Hatetú suspiró.
—Sekhmet siempre está ocupada entrenando a las abuelas. Y a las princesas reales. Y a cualquiera que respire cerca de ella.
En ese momento…
Aparece José.
Pero no el José tranquilo, terapeuta, dulce y mate en mano. No. Este José entró como si hubiera sido arrojado desde un portal emocional.
—¿Qué ha pasado? —preguntó—. Me han dicho que Isis… que el Gran Creador… que una familia paralela… que Basthet… que un portal… ¡¿QUÉ ESTÁ PASANDO?!
Antes de que nadie pudiera responder, Basthet —melosa, tambaleante y claramente perjudicada por la fiesta— se le colgó del cuello como si fuera un árbol cómodo.
—Jooooose… —ronroneó—. Estoy triste. Y embarazada. Y confundida. Y con hambre. Y con sueño. Y con… contigo.
José se quedó rígido. RÍGIDO. Como una estatua recién inaugurada.
—Yo… esto… no… —miró a Hatetú suplicando ayuda—. ¿Por qué siempre me pasan estas cosas?
Hatetú se encogió de hombros.
—Porque eres bueno, José. Y los buenos atraen problemas. Es ciencia.
Y entonces…
¡PASOS FELINOS! ¡TAMBORES DE ENTRENAMIENTO! ¡UN RUGIDO CONTENIDO!
Sekhmet entró en el salón del trono.
Detrás de ella, las princesas reales que entrenaba: disciplinadas, sudadas y con cara de “no sabemos qué pasa, pero estamos listas para pelear”.
Sekhmet clavó sus ojos de leona en su hermana pequeña.
—¡Basthet!
Basthet se escondió detrás de José, que entró en pánico absoluto.
—Hermanita… puedo explicarlo…
Sekhmet avanzó como una tormenta.
—Te fuiste de fiesta sin tu marido. Volviste perjudicada.
Estás embarazada. Y estás tratando a José con esa condescendencia felina que me pone de los nervios.
Basthet bajó las orejas.
—Es que… estaba triste…
Sekhmet resopló.
—¡Y yo también estoy triste! ¡Pero no por eso me voy de juerga por el Nilo!
-¡No estuve en el Nilo! respondió Basthet indignadísima. -Estuve con el yate de papi en marbella.
Sekhmet fue a replicar a su hermana pequeña pero Tururú se levantó, indignada.
—¡Esto es una vergüenza! ¡El Gran Creador engañando a Isis! ¡Basthet de fiesta! ¡Sekhmet enfadada! ¡Y nosotras sin afilar las chanclas!
Nefernefer levantó un papiro.
—Ya hemos empezado la lista de reivindicaciones.
Hasepsut añadió:
—Y la lista de castigos.
Hanwaset tragó saliva.
José intentó respirar.
Basthet ronroneó.
Sekhmet rugió.
Y mientras tanto, en algún lugar del tiempo…
Isis seguía escuchando rock.
Unos días antes…
El mensajero llegó al galope, cubierto de polvo y dramatismo innecesario.
—¡Príncipe Ramsés! ¡Su primo hitita ha invadido Kadesh!
Ramsés suspiró.
—¿Otra vez? ¿Y ahora por qué?
—Dice que… que usted está cortejando a su hermana.
Ramsés abrió los ojos como si le hubieran tirado un escorpión por la túnica.
—¿YO? ¿CUÁNDO? ¿DÓNDE? ¿POR QUÉ?
Castaneda, sentado en un cojín comiendo dátiles, intervino con su acento imposible:
—Altezaaa… num se preocupe, viu? A gente às veiz parece que tá cortejandô só por respirarr… é um problêma culturáu, misturadô com energíía babilónicâ…
Ramsés lo miró con resignación.
—Castaneda… ¿puedes dejar de comer dátiles en momentos de crisis?
—Num posso, não, meu rei… —dijo metiéndose otro—. O açúcaaar me ajuda a pensarr.
El padre de Ramsés apareció entonces, solemne, con su bastón ceremonial.
—Hijo mío —dijo—. Ve a Kadesh. Defiende el honor de Egipto. Y llévate a Castaneda.
Ramsés palideció.
—¿A Castaneda? ¿Por qué?
—Porque es el envenenador oficial del reino —respondió el padre—. Por si la batalla sale mal.
Castaneda sonrió con orgullo.
—Ééé um honórrr servííí à pááátria do Nílôôô, viu meu rei… o espírritu de Rá vibraaa dentro do meu chackrââ egípcio…
Ramsés suspiró.
—Muy bien. Vamos a Kadesh.
Dos días después:
Los dos ejércitos se miraban con tensión.
Ramsés avanzó hacia su primo hitita.
El primo hitita avanzó hacia Ramsés.
Se quedaron a un metro.
Silencio.
-Primo, decían que venían con las Hititas y… ¿dónde estas las Titas?
-Primo, esta vez a las Titas las hemos dejado en casa, ya sabes el mal rato que hacen pasar a los soldados que «les han echo pupa a sus niños». Así que esta vez hemos venido solo los Hititos…
-Pues sí primo, mejor…
Y entonces…
Castaneda habló.
—Olhaaa, primão hititaaa… yo acho que vocês dois tão com invejinhaaa… é normal, viu? Família é assim mêixmo…
El consejero hitita‑francés intervino:
—Oui, oui, monsieur… la jalousie es très naturelle… surtout quand la sœur es très jolie, très élégante, très… mmm… délicieuse.
Ramsés y el hitita empezaron a tener dolor de cabeza, los dos consejeros y envenenadores oficiales de los dos reinos no dejaban de hablar ni de día ni de noche…
—Bla bla bla bla bla…
—Bla bla bla bla bla…
—Bla bla bla bla bla…
—Bla bla bla bla bla…
Los soldados se miraron.
Uno dijo:
—¿Jugamos un partido?
—¡Sí!
Y así empezó:
Un partido…
Luego otro…
Luego otro…
Los consejeros —Castaneda y el francés— pararon en seco su charla.
—Futebóu?! —exclamó Castaneda, iluminado—. Meu rei, isso resolve QUALQUER guerraaa!
El francés gritó:
—FOOTBALL! Oui! ¡La paix par le ballon!
Ambos se miraron, cómplices.
—Majestades —dijo el francés—, propongo…
—Uma Super Ligaaa! —remató Castaneda.
Ramsés y el hitita se miraron.
—¿Y si…?
—¿Y si lo resolvemos así?
Aceptaron.
Y entonces empezó la discusión eterna:
Castaneda, emocionado:
—O melhor jogadôôô da história é o grande Rá‑naldo!
El francés saltó:
—Non, non, non! —Le meillööörrr, mon prince… es Hattusilííí Zidãããn, oui oui… ¡un artiiiste du balón sagrado!
—Tá maluco, homi?! E o Tot‑inho Gaúcho?
—Jamáááásss, mon prince… ¡le incompaaaaráááble Suppiluliúúúma Mbappééé, la foudre sacrée du empíííre hititaaa!
—E o Salah‑tepé, o faraó do drible?
—Ridiculêêê, mon prince… ¡le graaand Mursilííí Platinííí, la élégance sacrée du empíííre hititaaa!
-Bla, bla, bla…bla, bla, bla,…
Ramsés y el hitita, tras meses de super liga, se miraron, agotados, con un eterno dolor de cabeza y rencorosos, hasta el último partido siempre habían empatado.
—¿Sabes qué?
—Volvamos a casa.
—Sí.
—Cada uno dirá que ganó.
—Perfecto. Así todos contentos.
Mientras tanto, Castaneda y el francés seguían discutiendo:
—Rá‑naldo é o melhôôôrr! —¡Zidán hitita es arte pura! —Gaúcho é magiaaa!
—Mon priiince… le Mbappééé hititââ es vélocité diviiine, oui oui… ¡une flèche sacrée du empíííre! Et après… bla bla bla bla bla…
Y así, sin darse cuenta, inventaron la primera tertulia deportiva de la historia. Castaneda y el consejero francés, casi sin darse cuenta, ya estaban planeando abrir una boutique de lujo en Tebas.
—La llamareeemôôôss… “La Sandalía Chiiic”, mon prince… un nom trèèès élégant, oui oui… —dijo el francés.
—Ôôô… “El Venêêno Elegánti‑êê”, viu meu rei… tem uma vibraçããão mística do Nílôôô… —propuso Castaneda.
—Ôôô… as duas coisââs… les deux choooses, mon prince… —dijeron a la vez, cada uno con su acento imposible.
Y así nació la boutique más extravagante de la Avenida de Babilonia 667.
Ramsés entró en el salón del trono con paso triunfal, elegante, impecable… como si acabara de ganar la batalla más épica de la historia, cuando en realidad había sido un torneo de fútbol con penaltis fallados y tertulia deportiva incluida.
Castaneda y el consejero hitita‑francés —que casi habían revelado la farsa sin querer— se acercaron demasiado orgullosos, demasiado sonrientes, demasiado “oui oui, meu rei”.
Ramsés, sin perder la compostura, les dijo con suavidad real:
—Id a buscar locales para vuestra boutique. Cuanto más lejos del trono, mejor.
Los dos se marcharon felices, convencidos de que aquello era un ascenso.
Basthet, que llevaba rato rondando por allí, desapareció misteriosamente sin decir ni “miao”. Literalmente. Ni una sílaba felina.
Y entonces…
El portal azul se abrió.
Y apareció Isis.
Pero no la Isis de siempre.
No la diosa serena, maternal, luminosa.
No.
Esta Isis venía con:
-chupa de cuero negra,
-minifalda de cuero,
-medias negras,
-botas de taconazo,
-el pelo suelto como tormenta eléctrica,
-maquillaje de concierto,
-y tatuada entera con logos de rock y heavy metal: Metallica, AC/DC, Iron Maiden, Scorpions, Mötley Crüe, Guns N’ Roses… todos brillando en azul divino.
Entró caminando como si el salón del trono fuera un escenario de estadio.
Hatetú se quedó petrificada. No sabía si hablar, si gritar, si aplaudir, si pedir autógrafos.
Keiko dejó caer el cuaderno y el boli. El sonido resonó como un gong.
Y con un hilito de voz de protagonista de anime dijo:
—¿…mami?
Silencio absoluto.
Nadie sabía qué decir. Nadie sabía cómo procesar aquello.
Excepto Hatshepsut, una de las abuelas del Comando Anti‑Hippies, que se cruzó de brazos, miró a Nefernefer y a Tururú y soltó:
—¡Si ya me lo veía yo venir! ¡Estas separadas, en cuanto les abren la puerta, se ponen la vida por montera y acaban todas igual, peores que quinceañeras!
Nefernefer asintió con gravedad. Tururú suspiró como quien ya lo sabía desde hacía siglos. Y Sekhmet, desde el fondo, murmuró:
—Esto va a ser un problema.
Isis sonrió.

Isis y Eva en el Delorean Rockero.

2 respuestas a «Hatetú, princesa de Egipto. Capítulo XIV. Isis y el Delorean»
Pero bueno, pero bueno… tengo una doble viajando por el espacio y el tiempo!
Me ha encantado esa colaboración de mi tocaya en este relato tuyo tan loco y divertido, en el que hasta la misma Isis se pone chupa de cuero y se vuelve fanática del rock 😂
Un capítulo muy especial, Alfonso, muchas gracias por este guiño, me ha hecho mucha ilusión. Un fuerte abrazo.
De nada, Evita guapísima…Gracias a ti mujer…un abrazo y buena semana 😊