¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Hatetú princesa de egipto II. Paz, Amor y Zapatillazos

En el palacio del faraón Turutú —un edificio tan caótico que parecía la 13 Rue del Percebe, pero con más ibis y menos ascensor— vivía Hatetú, la princesa más brillante, más díscola y más encantadora de todo el Alto y Bajo Egipto. Tenía esa mezcla peligrosa de inteligencia afilada, curiosidad insaciable y un carácter que podía desarmar a cualquiera… o desquiciarlo, según el día.

El palacio era un hervidero de personajes imposibles: sacerdotes que hablaban en jeroglíficos metafóricos, pijas del gineceo que inventaban modas absurdas, funcionarios que no sabían leer pero firmaban documentos, y un faraón que llevaba años intentando escaquearse de sus obligaciones.

Turutú, el faraón, vivía con un miedo secreto: que cualquier bebé del palacio fuera suyo. Cada vez que oía un llanto infantil, se escondía detrás de una columna y murmuraba:

—Que no sea mío, que no sea mío…

Había intentado abdicar tres veces en un mismo día, pero siempre lo encontraban escondido dentro de un ánfora o detrás de la estatua de Anubis.

La única persona que realmente mandaba allí era la abuela, una mujer con puntería olímpica y paciencia limitada. Su zapatilla de cuero trenzado era temida por todo el reino. Su sueño secreto era jubilarse y hacer un crucero por el Nilo con sus amigas, visitar las pirámides como turista y no ver a nadie del palacio durante una semana.

—Quiero paz —decía—. Paz, bufé libre y un abanico grande. Nada más.

Pero la paz era imposible en aquel palacio, sobre todo desde que Moisés, el nieto favorito y desastre oficial de la familia, volvió de una cacería diciendo:

—Abuela, vimos un OVNI. Bajó un extraterrestre. Me dijo que era Dios.

La abuela se levantó, cogió la zapatilla y gritó a su marido el Faraón turutú:

—¡Pero qué le has dao de fumar al chico!

Moisés salió corriendo hacia el desierto, esquivando zapatillazos con la agilidad de un atleta. Allí, tras descubrir que el lino se arruga, que las ovejas no obedecen y que el sol no tiene botón de apagado, decidió reinventarse como rasta‑pijo. Se dejó rastas, se colgó pulseritas y empezó a hablar de energías.

Finalmente regresó al palacio y se instaló en un barril a la entrada.

—Papá —dijo al faraón—, si voy a ser filósofo, al menos que el barril tenga sombra.

Turutú suspiró:

—Ponedle un toldo. Que no le falte de nada.

El segundo muchacho del palacio era José, rescatado de un pozo por su madre adoptiva de Judea. De adulto se convirtió en psicólogo argentino, discípulo del gran Freudthot, dios del psicoanálisis egipcio.

José interpretaba sueños imposibles:

—Soñé con una vaca flaca que se comía a una gorda —decía el faraón.

—Eso es hambre emocional, mi rey —respondía José, acomodándose la túnica como si fuera un terapeuta de Palermo Soho.

Y cada mañana, como un ritual, José se acercaba al barril donde Moisés hacía de filósofo rasta‑pijo. Apoyaba un codo en el borde, lo miraba con esa mezcla de compasión profesional y resignación porteña, y le decía:

—Che, vos no sos un boludo… sos un ser humano víctima de las dinámicas familiares, viste.

Moisés asentía con gravedad, como si acabara de recibir una revelación divina, cuando en realidad solo había recibido una sesión de psicología improvisada.

Y como si lo hubieran invocado, Freudthot, el gran dios del psicoanálisis egipcio, aparecía en ese momento. Mitad ibis, mitad terapeuta, con un rollo de papiro bajo el ala y un aire de superioridad intelectual que podía verse desde Menfis.

Observaba la escena, suspiraba profundamente y sentenciaba:

—Lo que sos… es un caso clínico con patas.

José, sin inmutarse, replicaba:

—Maestro, no sea tan duro con el pibe. Está buscando su identidad espiritual.

Freudthot ladeaba el pico:

—No, José. Está buscando excusas para no hacerse cargo.

Moisés levantaba una ceja, confundido:

—¿Entonces qué soy?

—Un ser humano, querido. Y eso ya es bastante quilombo.

José le daba una palmadita en el hombro, como quien consuela a un cachorro despistado, y se marchaba a interpretar sueños de vacas flacas y vacas gordas para el faraón.

El tercero en discordia era Hanwaset, hijo de Hatetú. El más serio de todos, pero no el menos absurdo. Creció rodeado de:

-Moisés dando consejos desde un barril

-José analizándolo todo

-la abuela afinando la puntería

-el faraón escondiéndose

-y Hatetú intentando poner orden

Hanwaset desarrolló una obsesión por restaurar templos y pirámides, convencido de que la simetría podía salvar al mundo.

Los tres muchachos —Moisés, José y Hanwaset— adoraban a Hatetú.

La amaban con locura. No porque fuera perfecta, sino porque era la única adulta funcional en un radio de cincuenta kilómetros. La única que los escuchaba, los defendía, los alimentaba y mantenía el palacio en pie.

Y así empezaba cada día en aquel Egipto absurdo, tierno y completamente fuera de control.

La vida en el palacio ya era suficientemente caótica, pero todo empeoró el día en que Moisés, con sus rastas recién hidratadas, sus pulseritas de cuentas y su barril filosófico, apareció acompañado de una joven beduina guapísima, tan hippy como él.

Ella llevaba flores en el pelo, tatuajes de henna con mandalas que nadie entendía y un aire místico que hacía que los sacerdotes se santiguaran con incienso.

—Papá —anunció Moisés, orgulloso—, te presento a Nefru‑Luna, mi compañera espiritual.

La abuela, al verla, murmuró entre dientes:

—¡Esa cazafortunas, hatetú!

Nefru‑Luna saludó con una reverencia suave, moviendo los brazaletes que tintineaban como si fueran campanillas de yoga.

—Namasté, familia —dijo, sin saber que en egipcio aquello significaba “pásame la sal”.

Moisés y Nefru‑Luna decidieron fundar la New Age Egipcia, un movimiento espiritual que mezclaba:

-energías del desierto

-vibraciones cósmicas

-astrología nubia

-y recetas veganas con dátiles

Pero lo peor no era eso. Lo peor era que los romanos habían anunciado la construcción de una base naval en Alejandría, y Moisés, que no sabía distinguir entre una flota militar y un grupo de turistas, decidió que aquello era una agresión espiritual.

—¡Las energías del Mediterráneo se van a contaminar! —gritó.

Y así empezaron las pintadas por toda la capital.

En las paredes del palacio, en los templos, en las pirámides, en las esfinges, en los obeliscos… Por todas partes aparecían símbolos hippies de la paz y la frase:

“ROMANS GO HOME”

Escrita en jeroglíficos torcidos.

Los turistas de Menfis se hacían fotos.

Los sacerdotes lloraban.

Los romanos no entendían nada.

Las manifestaciones crecieron. Sentadas, cánticos, pancartas, incienso, tambores, bailes circulares… Moisés y Nefru‑Luna lideraban el movimiento desde el barril, que ahora tenía pegatinas de colores y una guirnalda de flores.

La abuela estaba cada vez más cabreada.

—¡Me tienen las pirámides hechas un Cristo! —gritaba, sin saber que Cristo aún no había nacido.

El faraón Turutú, agotado, se escondía detrás de una columna cada vez que veía una pancarta.

—No puedo con esto… —susurraba—. No puedo con esto ni con nada.

José, el psicólogo argentino, intentaba dar terapia a todos:

—Respirá profundo, faraón. Soltá la angustia. Aceptá que el pibe está en una etapa de búsqueda.

—¿De búsqueda de qué? —preguntó Turutú.

—De quilombo, mi rey. De quilombo.

Mientras tanto, Hanwaset, el restaurador de templos, estaba al borde del colapso.

—¡Moisés! —gritó, señalando una pirámide llena de grafitis—.

-¡Esto es patrimonio de la humanidad! ¡No puedes escribir “Paz y amor” encima de un relieve de Ramsés II!

Moisés, desde su barril, respondió:

—Es arte urbano, primo. Arte urbano ancestral.

Hanwaset se llevó las manos a la cabeza.

—¡Te juro que te entierro en tu propio barril!

Nefru‑Luna intervino con voz suave:

—No vibremos en la violencia, Hanwaset. Elevemos la frecuencia.

—¡La única frecuencia que voy a elevar es la de mi grito! —rugió él.

Y así, entre protestas hippies, pintadas psicodélicas, romanos confundidos, la abuela afilando la zapatilla, el faraón intentando abdicar por cuarta vez y José repartiendo terapia como si fueran dátiles, Egipto entró oficialmente en la era New Age.

La llegada de Nefru‑Luna, la novia beduina de Moisés, había desatado un caos espiritual en el palacio. Era guapísima, hippy, mística, cazafortunas y tan new age que parecía haber nacido en una tienda de inciensos.

La abuela la miraba como quien mira un escorpión con brillantina.

—¡Esa cazafortunas, hatetú! —murmuraba cada vez que la veía.

Nefru‑Luna, ajena al odio ancestral que despertaba, saludaba con una reverencia suave:

—Namasté, señora.

—Sí, sí, namasté… —respondía la abuela—. Ya verás el namasté cuando te tire la zapatilla.

—Nefru‑Luna y yo hemos fundado la New Age Egipcia. Vamos a elevar la vibración del reino.

La abuela se levantó despacio, con la zapatilla en la mano.

—¿Y también vais a elevar la mugre que habéis dejado pintando las pirámides?

Nefru‑Luna sonrió con dulzura.

—La ira bloquea el chakra del corazón.

—Y vos bloqueás mi paciencia —respondió la abuela—. A ver si te alineo los chacras de un zapatillazo.

La cosa se complicó cuando los romanos anunciaron la construcción de una base naval en Alejandría.

Moisés, que no sabía distinguir entre una flota militar y un crucero turístico, declaró:

—¡Esto es una agresión energética! ¡Hay que defender las vibraciones del Mediterráneo!

Y así empezaron las pintadas por toda la capital.

En templos, pirámides, esfinges, obeliscos y hasta en la estatua del faraón:

☮ ROMANS GO HOME ☮ (escrito en jeroglíficos torcidos)

Los romanos, desconcertados, enviaron una delegación diplomática.

—Venimos a negociar —dijo el centurión.

Moisés les ofreció incienso.

—Antes de hablar, armonicemos la energía del espacio.

El centurión tosió.

—Preferimos… hablar sin humo.

—El humo es purificador —dijo Nefru‑Luna—. Abre los portales.

—¿Qué portales? —preguntó el romano, aterrado.

—Los que vos no entendés —respondió Moisés, con tono de gurú.

Mientras tanto, Hanwaset, restaurador oficial de templos, estaba a punto de perder la cordura.

—¡Moisés! —gritó señalando una pirámide llena de grafitis—. ¡Esto es patrimonio de la humanidad! ¡No podés escribir “Paz y amor” encima de Ramsés II!

Moisés, desde su barril decorado con flores, respondió:

—Es arte urbano ancestral, primo.

Hanwaset se llevó las manos a la cabeza.

—¡Te juro que te entierro en tu propio barril!

Nefru‑Luna intervino:

—No vibremos en la violencia, Hanwaset. Elevemos la frecuencia.

—¡La única frecuencia que voy a elevar es la de mi grito! —rugió él.

Harta de todo, la abuela convocó a sus amigas del futuro crucero por el Nilo.

—Chicas, esto no puede seguir así. Vamos a formar el Comando Anti‑Hippies del Alto Egipto.

Sus amigas, tres señoras con túnicas de flores y carácter de granito, aceptaron sin dudar.

—¿Cuál es el plan? —preguntó una.

—Primero, limpiar las pirámides. Segundo, confiscar los inciensos. Tercero, encontrar a esa Nefru‑Luna y explicarle lo que es un buen chacra egipcio.

—¿Y cómo es un chacra egipcio? —preguntó otra.

—Redondo —respondió la abuela—. Como la suela de mi zapatilla.

Hatetú, viendo que el reino estaba a punto de convertirse en un festival psicodélico, asumió su papel natural:

Presidenta de la Comunidad del Palacio.

Convocó una reunión urgente.

—Orden del día:

  1. Pintadas en monumentos.
  2. Protestas hippies.
  3. Romanos confundidos.
  4. La abuela y su comando paramilitar.
  5. Moisés y su barril.

Todos hablaron a la vez. Hatetú suspiró.

—A ver… uno por uno. Y sin incienso, que me lloran los ojos.

José, viendo que el caos emocional era insostenible, organizó una terapia grupal en el patio.

—Bueno, gente… respiremos. Inhalamos… exhalamos… Aceptamos que estamos todos rotos por dentro.

Los manifestantes lloraron.

Los romanos lloraron.

Hanwaset lloró.

Hasta la abuela lloró, aunque dijo que era alergia al incienso.

Al final, todos se abrazaron sin saber por qué.

—¿Qué hicimos, José? —preguntó Hatetú.

—Catarsis, mi reina. Catarsis colectiva.

Y así, entre protestas hippies, romanos desorientados, pirámides llenas de grafitis, abuelas armadas, terapias grupales y un barril lleno de flores, Egipto entró oficialmente en la era New Age.

Y lo peor de todo es que… esto era solo el principio.

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