¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Lo que se rompe sin ruido

Aquel hemisferio del mundo ya estaba en mitad de la primavera y él sintió, por primera vez en mucho tiempo, la necesidad ancestral de salir a la calle, de caminar por aquellas calles que, de tanto conocerlas, le eran indiferentes. Llevaba su zurrón consigo, como siempre, donde guardaba las llaves, las gafas, el móvil y la tablet con la que leía aquellas novelas y ensayos que tanto le decían del mundo y del ser humano, y que desde siempre habían sido su mejor compañía.

Se sentó acalorado en la terraza de siempre. La camarera —la dueña, en realidad— lo saludó con la alegría de siempre. Él respondió con la sonrisa y las palabras de siempre: —¡Hola, guapa! ¿Qué tal estás?

Sacó del bolso las gafas y la tablet y se sumergió en la novela de Mo Yan que estaba devorando con pasión. La camarera, con un tono de frustración, le dijo: —¡Tú siempre estás leyendo y estudiando, y yo no tengo estudios!

Él sonrió. —Pero tienes otras cualidades que yo no tengo, y que tal vez sean más valiosas. Tus habilidades sociales, por ejemplo. Yo carezco de ellas, o al menos no las tengo como tú.

La conversación avanzaba a tramos, entre cliente y cliente. Al cabo de un buen rato cerró la tablet, la guardó junto con las gafas en el zurrón y se despidió de la camarera con la calidez de siempre.

Continuó su paseo y comenzó a callejear por una zona de chalets que parecían tener frío o miedo, pues daba la impresión de que estaban todos amontonados, abrazados unos a otros. Al pasar por delante de una de aquellas casas, un coche salía del garaje. Una mujer cerraba la puerta. Los dos se quedaron mirándose a los ojos, con grata sorpresa. Ella sonrió y le sacó la lengua, como hacía siempre en el pasado cada vez que se despedían. Él le devolvió el gesto, con gusto, con calma, con ese humor antiguo que compartían.

Siguió caminando. Ella se subió al coche, que conducía un tipo alto, flaco y rubio. “¿Dónde he visto antes a ese tipo?”, se preguntaba él mientras avanzaba sin mirar atrás. El coche pasó a escasos centímetros. Miró al interior por curiosidad o por reflejo. Ella iba sentada en la parte trasera, mirándolo. Y entonces recordó dónde había visto antes a aquel hombre.

Fue la última vez que se vieron.

Él, como siempre que podía, iba a buscarla al trabajo. Los dos trabajaban demasiado; ella mucho más que él, o al menos eso decía, dejándolo siempre con un sentimiento de incertidumbre que aquel día, por suerte o por desgracia, vio con toda claridad.

La secretaria lo acompañó a una sala vacía, y no a su despacho como otras veces. Había confianza: eran pareja, así que si ella estaba reunida, él la esperaba tranquilamente en su despacho. Pero aquel día fue diferente. Notó algo como tristeza en los ojos de la secretaria.

Desde el despacho de ella escuchaba risas… y algo parecido a náuseas. Aquello lo intrigó, pero también despejó la duda que llevaba semanas rondándole. La relación, después de un par de años, se había estancado. Ella tenía cada vez más trabajo, más viajes, más ausencias. Él sospechaba.

Aquella tarde ella salió del despacho con el cabello revuelto y demasiado alegre. Estuvieron un rato juntos, pero ella estaba pendiente de lo que sucedía —o de quién estaba— en su despacho. En un momento dado, se levantó y volvió allí. Él pudo ver perfectamente al tipo.

Ella, al darse cuenta de la situación, le envió una mirada alegre y una sonrisa feliz, y acto seguido cerró la puerta con violencia.

Él se quedó sin saber cómo procesar aquello. En aquel instante sus neuronas no eran capaces de poner nombre a una realidad que llevaba tiempo sospechando y que ese día dejaba de ser un reflejo en un espejo para convertirse en un hecho.

La secretaria llegó. Él debía de estar obnubilado, porque ella le cogió la mano en un gesto cálido, humano, que lo hizo reaccionar. La miró a los ojos y vio en ellos la tristeza más profunda que había visto nunca, y las mejillas inundadas de lágrimas.

Ya en la calle, el aire frío pareció devolverle la realidad y recolocar sus sistemas internos para poder tomar decisiones. Pasaron días. Ella no envió ningún mensaje. Él se preocupó, pero no demasiado: estaba claro por qué no escribía ni llamaba. Le envió un largo mensaje dando por concluida aquella relación en la que, por primera vez en su vida, se había sentido a gusto consigo mismo.

Siguió caminando, indiferente… o intentándolo. Aquel coche llegó a la avenida principal y se perdió entre el tráfico. En ese instante su móvil vibró con urgencia. Miró extrañado: ella le acababa de enviar un mensaje.

Ella: —¿Qué haces?

Él: —Camino. ¿Y tú? —¿Es tu novio?

Ella: —No, es solo el chófer que contrata la empresa. Voy al aeropuerto.

Él: —Ok. ¿Sabes? Me he emocionado al verte.

Ella: Te amo, acompañado —como siempre— de unos labios rojos.

Él: Y yo a ti… pero tenemos que solucionar esto, ¿no crees? Le envió un ramo de rosas virtuales. Me gustaría volver a ver a tus nietos. Los echo de menos… En fin. Cuando quieras, ya sabes dónde estoy: a este lado de la pantalla.

Ella: ¿Sigues viviendo en el mismo sitio?

Él: Sí. Sabes muy bien dónde vivo. Lo sabes todo sobre mí.

Silencio. Como siempre.

Durante casi un año, desde que él dio por concluida la relación, ella aparecía con cierta frecuencia. Le preguntaba cómo estaba. Él respondía por cortesía y cariño. Le preguntaba cómo estaba ella. A veces respondía “bien”. La mayoría de las veces, después del primer mensaje… silencio.

Se sentó en un banco cuando notó que las manos le temblaban. Ahora, después de tantos meses… aquello… aquel te amo lo sintió en las vísceras como un puñetazo en el estómago.

Esperó a calmarse. Nunca había sentido por ninguna mujer lo que había sentido por aquella. Con todas había terminado igual: ellas yéndose con otro. Durante toda su vida se preguntó qué había mal en él. Ya no se hacía esa pregunta. Había visto lo suficiente. La conocía lo suficiente.

Sabía que ella y aquel tipo del despacho, del coche… en fin. Que fuera feliz era lo que él deseaba. Pero sabía que no lo era. Y que tal vez algún día vendría pidiendo árnica. Si ese día llegaba, ya vería qué hacer.

De momento, vivir el presente. Dejar pasar unos días. Intentar mantener una conversación con ella cara a cara, mirándose a los ojos. No para pedir ni reclamar nada. ¿Para qué, entonces? ¿Para qué?

Sí: para decirle que si lo amaba de verdad, lo dijera. O que lo dejara libre de una vez. O que se viniera con él de una vez, teniendo en cuenta que, después de aquella traición, él nunca podría fiarse del todo.

En realidad, para decirle que se fuera con el otro de una vez y lo dejara en paz. Él no era su psicólogo, ni su amigo en el que apoyarse, ni el hombre con el que ser infiel cuando las cosas le fueran mal.

Era para decirle que la amaba. Y que, precisamente por eso, porque ella decidió lo que decidió, él no la quería ya en su mundo.

Tal vez en otra vida pudieran estar juntos.

En esta, se acabó.

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