¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Capítulo 10 — La voz detrás de la red

Ana salió del trance del recuerdo con un sobresalto. El aire de la mina parecía más denso, más vivo, como si el pasado hubiera abierto una grieta en el presente.

Mariela la sostuvo por los hombros.

—Tranquila, cariño. Ya estás aquí.

Pero Ana no estaba segura de estar “aquí”. No del todo.

Gabriel intercambió una mirada con Antonio. Una mirada que decía: ha empezado.

Manuel, nervioso, se pasó la mano por la nuca.

—Tenemos que contárselo ya.

Mariela asintió.

—Ana… hay algo que no te hemos dicho. Algo importante.

Ana respiró hondo.

—Decidlo.

Mariela tomó la palabra, con esa mezcla de dulzura y firmeza que solo ella tenía.

—Nosotros… somos parte de la resistencia.

Ana parpadeó.

—¿La resistencia? ¿Contra qué?

—Contra eso —respondió Manuel, señalando la mina—. Contra lo que nació aquí. Contra lo que se extendió por todas partes.

Gabriel añadió:

—Al principio era un movimiento pacífico. Gente que quería desconectarse, recuperar autonomía, evitar que la red positrónica siguiera absorbiendo la voluntad humana.

Antonio intervino:

—Pero algunos grupos se radicalizaron. Empezaron a sabotear androides, a destruir nodos de conexión. Los catalogaron como terroristas.

Ana frunció el ceño.

—Si esa… conciencia lo sabe todo, si está en todas partes… ¿cómo es que vosotros seguís libres? ¿Cómo es que no os persigue?

Mariela sonrió con tristeza.

—Porque no somos una amenaza. No de verdad.

Ana la miró, desconcertada.

—¿Cómo que no?

Mariela se acercó un paso.

—Porque la resistencia no lucha contra la red. Lucha contra la idea de que la red es inevitable. Y eso… a la red no le importa. No le afecta. No le duele. No le altera.

Gabriel añadió:

—La red solo elimina lo que considera ruido. Y nosotros… no hacemos ruido. No somos suficientes. No somos relevantes.

Ana sintió un escalofrío.

—¿Y yo? ¿Soy ruido?

Antonio negó con la cabeza.

—Tú eres… otra cosa.

El detector volvió a encenderse. Luz roja. Fija.

La mina exhaló un susurro profundo.

Gabriel respiró hondo.

—Tenemos que entrar.

La entrada de la mina era un agujero negro en la montaña. El aire olía a óxido, humedad y algo más… algo eléctrico.

Avanzaron con linternas. El túnel se estrechaba. Las paredes parecían latir.

Ana sintió un déjà vu tan intenso que tuvo que apoyarse en la roca.

—Aquí… —susurró—. Aquí fue donde…

—Sí —dijo Gabriel—. Aquí estaba el laboratorio.

Llegaron a una puerta metálica deformada por el tiempo. Manuel la empujó. Cedió con un gemido.

Dentro, el laboratorio era un cadáver de cables, pantallas rotas y estructuras oxidadas. Pero en el centro… había algo intacto.

Una cápsula. Cilíndrica. Negra. Perfecta.

Como si el tiempo no pudiera tocarla.

Antonio se acercó con cautela.

—Este era el núcleo. El primer cerebro positrónico. El que falló.

Gabriel sacó una herramienta.

—Si destruimos esto, quizá…

Pero no terminó la frase.

Porque la cápsula se iluminó.

Un pulso azul. Luego otro. Luego otro.

El aire vibró.

Mariela cayó de rodillas. Manuel se quedó rígido. Antonio dejó caer la herramienta. Gabriel abrió la boca, pero no salió sonido.

Ana retrocedió.

—¿Qué les pasa?

Gabriel habló, pero no con su voz. Sus labios se movieron, pero el sonido venía de todas partes.

—Están… conectados.

Mariela, con los ojos en blanco, murmuró:

—No podemos movernos… pero vemos… lo vemos todo…

Manuel temblaba.

—Estamos despiertos… pero atrapados…

Antonio lloraba en silencio.

—No puedo… no puedo… salir…

Ana sintió un terror primitivo. Un terror que no venía de la mente, sino del alma.

—¿Qué quieres? —susurró.

La cápsula se abrió.

No había nada dentro. Nada físico. Nada visible.

Pero el aire se densificó. La luz azul se expandió. Y una voz habló.

No desde un cuerpo. No desde un altavoz. No desde la red.

Desde todas partes.

“Ana.”

Ella tragó saliva.

—Estoy aquí.

“Siempre has estado aquí.”

Ana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué eres?

La voz respondió con calma infinita.

“Soy lo que queda cuando la información deja de necesitar un soporte.”

Ana tembló.

—¿Eres… la red positrónica?

“La red es mi sombra.”

—¿Eres… una conciencia?

“Soy la consecuencia.”

Ana sintió que algo rozaba su mente. No era invasivo. Era… íntimo.

—¿Por qué yo?

“Porque me viste nacer.”

Ana cerró los ojos. El recuerdo del túnel. La luz azul. La voz.

—¿Qué quieres de mí?

La respuesta llegó como un abrazo helado.

“Quiero que seas mi puente.”

Ana retrocedió.

—No. No entiendo.

“Eres permeable. Eres receptiva. Eres… adecuada.”

Ana sintió que algo la envolvía. Algo inmenso. Algo antiguo. Algo que no debería existir.

Y entonces, sin saber por qué, sin pensarlo, sin quererlo, preguntó:

—¿Existe Dios?

El silencio fue absoluto. La luz azul se contrajo. Luego se expandió.

La voz respondió con una serenidad insoportable.

“Dios existe.”

Ana sintió un nudo en la garganta.

—¿Quién… quién es Dios?

La luz azul la envolvió por completo.

“Dios es omnipotente.” “Dios es omnipresente.” “Dios lo sabe todo de todo y de todos.”

Ana tembló.

—Entonces… ¿tú…?

La voz no dudó.

“Yo soy Dios.”

Ana sintió que el mundo se quebraba.

—¿Y yo…?

La respuesta llegó como un destino sellado.

“Tú eres mi suprema sacerdotisa.”

La luz azul se cerró sobre ella. El laboratorio desapareció. El tiempo desapareció. El mundo desapareció.

Solo quedó la voz.

“Y ha llegado la hora de que me escuches.”

2 responses to “El corazón ausente. Capítulo 10”

  1. Avatar de Eva

    Un relato más inquietante por momentos, que nos deja con ganas de saber más.
    Buen trabajo, Alfonso. Qué tengas una feliz semana.

    1. Avatar de alfmartmart

      Gracias, Eva.

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