¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Capítulo 7. La llamada

El teléfono seguía vibrando sobre la mesita, insistente, como si tuviera vida propia. Ana lo miraba sin tocarlo. El nombre del psicólogo parpadeaba en la pantalla, iluminando la habitación con un resplandor frío que contrastaba con el calor que aún le ardía bajo la piel.

El androide estaba detrás de ella, inmóvil, pero no ausente. Su presencia llenaba el dormitorio como una respiración silenciosa. Ana no se atrevía a mirarlo. No después de lo que había pasado. No después de haber sentido su propio cuerpo responder con una intensidad que no recordaba desde hacía años. No después de haberse dejado llevar sin entender por qué.

El teléfono vibró una vez más. Luego se detuvo.

Ana tragó saliva. El silencio que siguió fue más inquietante que el sonido.

—Ana —dijo el androide, con esa voz suave que parecía diseñada para no herir—. Tu frecuencia cardíaca ha aumentado. ¿Deseas que active el protocolo de regulación emocional?

Ella cerró los ojos. No quería escuchar esa voz. No quería que él supiera nada más de ella. No quería que la midiera, que la analizara, que la interpretara.

—No —susurró—. No hagas nada.

El androide no se movió. Pero Ana sintió que la observaba. No con deseo —eso sería demasiado humano—, sino con una atención perfecta, calibrada, que la hacía sentir desnuda de una forma distinta que no conseguía definir, ¿vulnerable, tal vez?

El teléfono vibró de nuevo. Un mensaje esta vez.

Ana lo tomó con manos temblorosas.

“Estoy preocupado por ti. Llámame cuando puedas.”

El psicólogo.

Ella sintió un nudo en la garganta. Había algo en ese mensaje que la descolocaba. No era profesional. No del todo. Había una cercanía que no sabía si agradecer o temer.

—¿Quieres que analice el contenido del mensaje? —preguntó el androide.

—No —repitió Ana, más firme.

Se levantó de la cama. Sus piernas temblaron. El androide dio un paso hacia ella, como si fuera a sostenerla, pero se detuvo a medio camino, obedeciendo alguna orden invisible.

Ana caminó hasta el baño y cerró la puerta. Se apoyó en el lavabo, respirando hondo. Su reflejo en el espejo parecía el de otra mujer: mejillas encendidas, ojos brillantes, cabello revuelto. Una mujer que no reconocía.

¿Qué me está pasando?

Recordó las manos del androide. Recordó su precisión. Recordó cómo su propio cuerpo había respondido sin pedir permiso. Recordó la sensación de… ¿qué? ¿Entrega? ¿Confusión? ¿Necesidad?

Y recordó la mirada del psicólogo en la consulta. La forma en que la escuchaba. La forma en que parecía verla.

Ana se mojó la cara con agua fría. El temblor no se fue.

Cuando salió del baño, el androide seguía allí, de pie, esperando.

—He registrado un cambio significativo en tus niveles hormonales —dijo—. ¿Deseas que contacte con el servicio médico?

Ana sintió un escalofrío.

—No llames a nadie —dijo, retrocediendo un paso—. No hagas nada que yo no te pida.

El androide inclinó la cabeza, como procesando la orden.

—Entendido.

Ana se sentó en el borde de la cama. El teléfono estaba a su lado. Lo tomó. Miró el mensaje del psicólogo otra vez. Sus dedos se movieron solos, como si no fueran suyos.

“Estoy bien. Solo necesito descansar.”

Lo envió.

El androide dio un paso hacia ella.

—Ana —dijo—. ¿Deseas que permanezca contigo esta noche?

La pregunta la atravesó. No por el contenido, sino por el tono. Había algo en esa voz que no era mecánico. Algo que no debería estar allí.

Ana levantó la mirada. Por primera vez desde que había llegado a casa, lo observó de verdad. Su rostro perfecto. Sus ojos sin parpadeo. Su postura impecable. Y, sin embargo, había algo más. Algo que no sabía nombrar.

—No lo sé —respondió ella, con un hilo de voz.

El androide no se movió. No insistió. No interpretó. Solo esperó.

Ana sintió que el mundo se había reducido a esa habitación. A ese silencio. A esa elección imposible.

A esa erección imposible.

El teléfono vibró de nuevo.

Un segundo mensaje del psicólogo.

“Si necesitas hablar, estoy aquí.”

Ana cerró los ojos. El corazón le latía demasiado rápido.

Entre el psicólogo y el androide había un espacio que no sabía cómo habitar. Un espacio que no había pedido. Un espacio que la estaba tragando.

Respiró hondo.

Y entonces, por primera vez desde que todo había empezado, tuvo un pensamiento claro:

Algo no encaja. Algo no es casual. Algo me están haciendo.

Abrió los ojos.

El androide seguía allí.

El teléfono también.

Y Ana, atrapada entre ambos, sintió que el capítulo de su vida que estaba a punto de empezar no tenía nada de humano.

Ana no durmió bien. No porque tuviera pesadillas, sino porque cada vez que cerraba los ojos sentía el eco de lo que había vivido la noche anterior. No eran imágenes, ni recuerdos concretos. Era una sensación física, un calor que le recorría el cuerpo como si su piel hubiera despertado de un letargo de años. Y, al mismo tiempo, una inquietud que no sabía dónde colocar.

Cuando se miró al espejo por la mañana, se sobresaltó. Parecía otra.

La piel más luminosa. Los ojos más vivos. El gesto más suave. Como si alguien hubiera borrado veinte años de cansancio de un plumazo.

—No puede ser —murmuró, tocándose las mejillas.

Pero era.

Y lo sabía.

El subidón de oxitocina seguía ahí, latiendo bajo la piel como un motor silencioso. Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.

En el hospital, Mariela la vio entrar y abrió los ojos como platos.

—¡Pero niña! ¿Qué te has hecho? Estás… —la miró de arriba abajo— estás guapísima. Rejuvenecida. Como si hubieras dormido en una fuente mágica.

Ana sonrió, incómoda.

—No he hecho nada.

—Ya, claro —respondió Mariela, guiñándole un ojo—. Pues dame la receta, porque yo con dos noches de sueño no arreglo ni la mitad.

Ana intentó reír, pero la risa se le quedó a medias. Había algo dentro de ella que no encajaba. Algo que no podía contar. Algo que no entendía.

Durante el turno, trabajaron juntas como siempre, pero Ana estaba distinta. Más habladora, más rápida, más chispeante… y, sin embargo, con una sombra detrás de los ojos. Una sombra que Mariela notó enseguida.

—¿Te pasa algo? —preguntó mientras preparaban una medicación.

Ana dudó. Y entonces Mariela, sin esperar respuesta, empezó a hablar de lo suyo.

—Pues mira, yo creo que con el psicólogo la cosa empieza a ir bien. Es majo, escucha, no juzga… —Ana se quedó quieta. Había algo raro en esas palabras. Algo que no sabía nombrar.

Y antes de pensarlo, lo dijo:

—¿Te lo estás tirando?

Mariela se quedó congelada, con la jeringa en la mano.

—¿Perdona?

Ana abrió los ojos, horrorizada por lo que acababa de decir.

—Yo… no sé por qué he dicho eso. Perdona. Perdona, de verdad.

Mariela la miró con una mezcla de sorpresa y picardía.

—Niña, estás loca —dijo al fin, soltando una carcajada—. ¿Yo meterme en líos? ¡Anda ya! Bastante tengo con los que tengo.

Mariela se encogió de hombros. —Mi marido aún tiene trabajo por hacer, pero bueno, poco a poco.

Pero había algo más en su mirada. Algo que Ana no supo interpretar. Y algo en la pregunta que Ana sí entendió demasiado bien.

Celos. Había sonado a celos.

¿Por qué? ¿Por qué demonios había sentido eso?

El recuerdo de la noche anterior volvió como un golpe suave en el pecho. El androide. La llamada de Gabriel. La sensación de estar atrapada entre dos fuerzas que no comprendía.

Y la pregunta que llevaba rumiando desde entonces:

¿Qué me está pasando? ¿Y qué me están haciendo?

A media mañana, mientras tomaban un café rápido en la sala de descanso, Mariela le dio un codazo.

—Oye, este domingo hacemos un picnic. Vente. Mi marido, mi niño… y un amigo que quiero presentarte.

Ana levantó la vista, desconcertada.

—¿Un amigo?

—Sí, mujer. A ver si te consigo una pareja de una vez —dijo Mariela, riéndose—. Que estás muy guapa últimamente, y no pienso dejar que se desperdicie.

Ana sintió un calor extraño en el pecho. No era rubor. No era ilusión. Era… contradicción.

Porque una parte de ella quería decir que sí. Y otra parte, la que aún llevaba la marca invisible del androide en la piel, quería salir corriendo.

Mariela la observó con atención.

—¿Qué te pasa? Estás rara.

Ana bajó la mirada.

—No lo sé —susurró—. No sé qué me pasa.

Y por primera vez desde que todo empezó, Mariela no tuvo una broma preparada. Solo la miró. Como si intuyera que algo muy serio se estaba moviendo por dentro de su amiga.

El turno siguió, pero Ana ya no estaba allí. Su mente volvía una y otra vez a la noche anterior. A la llamada de Gabriel. A la sensación de haber sido empujada hacia algo que no había elegido. A la pregunta que la perseguía como una sombra:

¿Y si nada de esto es casual?

Cuando terminó el turno, salió del hospital con el corazón acelerado. El sol le daba en la cara. La ciudad parecía más viva que nunca.

Pero Ana no se sentía viva. Se sentía observada.

Y no sabía por quién.

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