Xiao se quedó sola en sus aposentos, no subió al ático en el que trabajaba y hacía su vida; sus jornadas laborales eran intensas y agotadoras. Xiao estaba intentando asimilar toda aquella información que su padre, su verdadero padre, les había dado aquella tarde a ella y a su marido ¡por fin! recién llegado de la Península Ibérica. Xiao era consciente de lo grande que era el mundo y de la gran parte del mundo que pertenecía al Imperio Español. Aun cuando Xiao no era demasiado consciente de la cantidad de millas que separaban España de China o de aquellas islas en las que ahora estaban asentados. Xiao era también consciente de los peligros que conllevaba para una mujer embarazada un viaje tan largo y más aún cuando, entre un óceano y otro, se estaba en alta mar casi un año. No solo las ratas o las enfermedades a bordo si no, también, las tempestades, un golpe de mar, una caída o un golpe y…bebé perdido y…madre perdida… ¿Que les envió cartas?… Xiao era consciente de que su marido, Tomás, no era un hombre mentiroso, más bien al contrario, era de esas raras personas que siempre decían lo que sentían y como lo sentían, sin importarles (o sin darse cuenta) de que podían hacer mucho daño sin ese filtro de «las mentiras piadosas» como decían los cristianos. El problema es que ella, Xiao, era igual; no tenía ese filtro, y tal vez por eso, entendía y se entendía tan bien con el padre de su hija.
Xiao quiso subir al ático a seguir trabajando, pero no pudo; se acordaba de su madre y de que a pesar de la vida miserable que se podía esperar que llevase en su silla de ruedas y sin salir, excepto al gran jardín, de aquella casa amplia y con muebles; como la cocina, adaptada a la altura de su silla, Xiao la recordaba siempre sonriente y alegre; se acordaba de lo dura que podía ser con ella en las clases de baile y como una vez terminada cada clase su madre la besaba y abrazaba diciéndole que mañana lo haría un poquito mejor… Xiao lloró; la echaba de menos y sentía en lo más profundo de su corazón no haber amado más a quella mujer, que no le cabía ninguna duda, la amó tanto como ella a su hija. Sentía no haberla llamado más madre…sentía… Xiao sentía tantas cosas.
La noche le sorprendió en todas estas inquietudes. Cao subió a los aposentos de Xiao, se sentó a su lado y la abrazó. -¿Bajas a cenar Xiao? -¿Está Tomás? -No, niña, está en la Duquesa, en la mejor habitación. La casa que compró para nosotros es ahora la casa de Tao y, ya sabes, el dispensario… Xiao, no se acordaba de que Tomás, antes de irse, dejó a Tifón al cuidado de esa casa y con cartas para ella. ¡Parecía que había pasado una eternidad! -Él, ¿ya a cenado? -Sí, Xiao… -¿Y Eva Li…? -También, Xiao; todos están bien; no tienes por que preocuparte… Baja al jardín y cenamos juntas. -Vale, Cao, bajemos al jardín.
A la mañana siguiente Xiao no tuvo fuerzas para subir al ático y comenzar su tarea diaria. Vistió a Eva Li, se vistió ella y después de un buen desayuno, con su padre y Cao, cogió de la mano a su hija y se dirigió fuera de la ciudad en dirección a la playa. A Xiao le gustaba caminar descalza por la playa y ver como su hija jugaba con las olas color turquesa. Xiao, se perdía en el horizonte tras sus pensamientos confusos. Xiao estuvo así durante un mes, hasta que sus pensamientos y sus sentimientos se aclararon. Sabía que había generado un problema sin haberlo querido generar. Llevaba casi cinco años sola, desesperándose por no tener noticias de su marido, no saber si estaba muerto o vivo, si las había abandonado o no… Fue dificil para ella, pero ¿cómo habría sido para Tomás?, ¿habría sido fácil o difícil?; daba por sentado que por ser hombre para él habría sido fácil; llegas enamoras, dejas embarazada y te vas y te olvidas; o ¿tal vez no?…
Aquella tarde Xiao y Eva Li llegaron más temprano de lo acostumbrado a la Duquesa. El abuelo estaba recostado en su sillón favorito de bambú bajo un buen árbol de sombra; el calor húmedo del verano tropical apretaba fuerte y; a esas horas; la vida en Manila parecía en suspenso; todo; hasta el tiempo parecía detenerse en esas horas en las que los rayos de sol parecían oro líquido y todo parecía teñírse de sol. Se levantó viento, un viento que arrastraba consigo papeles y hojas como si fuesen pájaros de otros mundos fantásticos que, revoloteando, acompañaban a aquellos seres fantasmagoricos, irreales, que producian los remolinos de polvo.
Xiao entró an la cocina de la Duquesa, Cao no estaba, no le extrañó, desde que comenzó a escribir su recetario, Cao pasaba las tardes en sus aposentos del palacio escribiendo. Xiao preparó un cuenco con frutas, cortadas con delicadeza, preparó té y salió al patio donde dormitaba su anciano padre; depositó el servicio en la mesa delante del anciano. El abuelo se despertó y agradeció con una sonrisa aquel gesto de su hija que significaba «perdóname».
-¡Gracias, hija!, pero ¿por qué tengo que perdonarte? -Padre, me he comportado como una estúpida, esta vez me he pasado… nunca os agradecí a ti y a madre… -Niña, no tienes nada que agradecer a tus padres, lo que hicimos, ocultarte todo, fue por nuestro bien, si no hoy no estaríamos aquí con vida. -Padre, me arrepiento de no haber llamado más madre a madre. -Hija, tu no tienes la culpa, tuvo que ser así, ella te amaba mucho… -Y yo a ella, padre, no me di cuenta hasta que…aquella noche la vi muerta en tus brazos. -Lo sé, hija; no te tortures, eso pertenece al pasado. Y con Tomás, ¿qué piensas hacer? -Padre, es el padre de mi hija, lo sigo amando, pero creo que de otra manera…volveré a tener un hogar con él…pero me da pánico que él no nos quiera… -¿A ti y a Eva Li? -Sí, padre. -¿Sabes qué ha estado haciendo todas las tardes? -No, padre. -Ha venido todas las tardes a jugar con su hija; ¿sabes dónde está Eva Li ahora? -¡Debería estar aquí! ¿Dónde está la niña? El abuelo se levantó de su cómodo sillón. -Ven, Xiao. Xiao siguió a su padre hasta el jardín trasero de su torre palacio. -¡Mira! Xiao comtempló una escena que la llenó de ternura. Tomás, estaba tumbado bajo un buen árbol de sombra y Eva Li, dormida sobre su padre. Xiao comprendió que aquel hombre era alguien muy especial… Tenía que actuar y terminar con aquella situación que era absurda, quería seguir viendo todas las tardes a aquel padre y a aquella hija durmiendo su siesta de aquella manera. -¿Sabes, hija?, yo hacía contigo lo mismo cuando tenías la edad de Eva Li. Xiao buscó en sus recuerdos. -No tengo un recuerdo claro de eso, pero si que recuerdo como vestias o bañabas a madre y como la sentabas en su silla… Padre, hombres como tu hay pocos… -Tal vez hija, pero haí tienes a uno. ¿Tomás te solía decir algo por las mañanas, recién levantada? -Sí, padre, me decía que era el momento del día en el que estaba más guapa, con el cabello enredado, con el maquillaje hecho un desastre, medio dormida… -¿Te acuerdas de lo que yo le decía a tu madre? Xiao buscó en sus recuerdos. -Padre, ¡le decías lo mismo! ¿Cómo no pude acordarme…? -Niña, cuando un hombre le dice eso a su mujer recién levantada, es verdad, es el momento en que la ve más bonita y eso solo lo dice un hombre que ama de verdad a una mujer. Xiao reflexionó sobre eso. -¡Y yo que creía que era una manera de, no sé…hacer un cumplido o…incluso una broma! Padre e hija dejaron a aquellos dos durmiendo debajo del árbol y regresaron al patio de la Duquesa. El abuelo dio buena cuenta del cuenco de frutas y compartió el té con su hija que, como siempre, servía con aquella delicadeza y ceremonia de las señoritas bien educadas.
Mañana, le diré a Tomás que suba a tomar el té conmigo y aclararé todo este asunto y si él quiere, volveremos a ser una familia, es cruel separar a un hijo de su padre…y más cruel es si es por culpa mía, por no saber querer…Xiao pensaba de esta manera sobre lo que haría al día siguiente. Su padre, que la conocía bien, le dijo mientras se encendía una pipa. -Hija, no te tortures con lo que vas a hacer mañana; tú sabes amar, pero a veces te da miedo ser tú misma. ¡Ámalos como a ti misma! eso dicen los cristianos pero también los chinos, ¿ya no te acuerdas de las enseñanazas de Mitz Zut o de Confucio? -No, padre, no me he olvidado, pero ¡gracias por recordármelo!, pero ¿y si yo no me amo? -¿Tienes dudas de si te amas? ¡mira a tu alrededor¡, ¡todos te aman! y si aún tienes dudas… solo lo sabrás de una manera…amando.

Xiao y su padre conversando en el patio de su palacio. Imagen generada por IA.

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