Hace muchos años, en un retiro monacal, que ya comenté páginas atrás, expliqué como leí el nuevo testamento al amanecer y al anochecer de aquellos días ya lejanos. Me impresionó la carta de Pablo a los Tesalonicenses donde habla del amor.
Me deje guiar por Pablo de Tarso y sus bellas palabras, sin embargo, creo que, como muchas cosas en la iglesia católica y cristiana en general, hay unas cuantas cosas que revisar, cambiar, poner al día.
Tal vez, esta carta de Pablo a la que me refiero, estuviese bien en los primeros siglos del cristianismo, pero también creo que, mal entendida o mal explicada, ha hecho más mal que bien a las sociedades cristianas.
Déjame que haga un breve análisis de la primera frase de esta carta desde mi punto de vista y, ya sabes que no soy teólogo, cura, pastor, psicólogo o psiquiatra y saca tu mismo tus propias conclusiones.
«Si no tengo amor soy como un címbalo que retañe», siempre me ha llamado la atención esta frase, ¿que quiere decir exactamente? ¿qué estás siempre de fiesta o, tal vez, llamando la atención para, precisamente, encontrar el amor, cualquier tipo de amor, paterno filial, filial o romántico y tener una vida más sosegada? Ya me darás tu opinión…si quieres, claro…
Y sí, el romanticismo existe, pero a cambiado, ya no es aquel del siglo XIX, oscuro, barroco y tuberculoso.
En estos tiempos que corren se oculta detrás de las pantallas de Ebooks, ordenadores, tablets y móviles, en casa, en el tren, avión.
Si, ha cambiado la forma de refugiarse de aquellos que no tienen alma y corazón, que no tienen inquietudes espirituales, filosóficas o del tipo que sean.
Es, ha sido y creo que será siempre, la lectura, la música… las manifestaciones artísticas en general pero, en especial, la literatura y la música -que van de la mano, como dos enamorados- el refugio de los románticos, de los que lo dan todo y más tarde o temprano encuentran el amor, créeme. El amor siempre se encuentra en presente imperfecto y, a veces, tal vez demasiadas, se olvida un pasado «pluscuan-inperfecto».
Pero créeme, somos millones los que tenemos alma, corazón y vida interior. Ahora nos refugiamos de esta locura de mundo, de todas esas personas sin alma, sin corazón, detrás de una pantalla, como antes se hacía con un periódico o un libro de papel.
Aún pasear por la orilla de la playa al atardecer de un día de otoño, cogido de la mano con esa persona especial, te hace sentir humano.
Sin embargo, con esas personas sin alma, sin corazón, el amor no importa, el amor no lo puede todo, no saben lo que es y, si lo saben, les da miedo, ¡qué pena! ellos se refugian de su vacía soledad también en las pantallas, pero para mostrar a un mundo vacío, una vida vacía.
Nosotros también nos refugiamos en una pantalla, añorando el peso del libro y el olor a tinta y papel, pero para alimentar nuestra vida interior, igual que hace algún tiempo no tan lejano, y con nuestra esperanza de que algún día nuestro pequeño-gran mundo será un poco mejor con alguien al lado a quíen no necesitemos pero a la que amemos y nos amen.
Nosotros no rellenamos huecos de vacío interior con postureos, falsas promesas… No lo rellenamos con una vida vacía porque no tenemos una vida vacía, tenemos una vida interior rica, plena, filosófica, no necesitamos a nadie, si elegimos a alguien y nos dejamos elegir, no es por soledad o presumir de la última conquista, es simplemente, porque esa persona es especial y te a tocado esa fibra con la que también ella vibra, la riqueza interior.
Pasear por la orilla de la playa cogido de tu mano al atardecer de un día de otoño, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, me sentí, querido, valorado, escuchado… quiero volver a besarte bajo la inconstante luz de aquel faro que tan lejano parecía.
Quiero volver a abrazarte, a sentirme un ser humano, querido, respetado, valorado.
Espero volver a verte dentro de poco y sentirnos humanos, queridos, respetados, valorados.
Ser dos granos más de arena a los que el mundo les importa bien poco.
Sí, existimos, créeme.
