¿Y si comenzamos a cambiar el mundo?

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Panpan

Hay palabras que no son exactamente palabras. No describen, no explican, no narran. Señalan. Son sonidos que apuntan a un objeto, a un gesto, a un animal, a una presencia. Las llamamos onomatopeyas, aunque a veces funcionan como algo más: pequeñas claves del mundo.

Panpan es una de ellas. Designa algo, quizá incluso a alguien. Pero —como ocurre con todo lo verdaderamente interesante— no está del todo claro qué es.

Las panpan fueron mujeres japonesas que ejercieron la prostitución durante la ocupación estadounidense tras la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial. El término es una onomatopeya, pero su origen exacto se pierde entre versiones y callejones.

Algunos dicen que nació del sonido seco de las palmadas con las que los soldados llamaban a las mujeres. Otros aseguran que imitaba el taconeo rápido, insistente, con el que ellas buscaban atraer la atención en las calles devastadas de la posguerra.

Sea cual sea la verdad, panpan es una palabra que no solo nombra: evoca un mundo entero.

Cualquier guerra es devastadora. Se pasa hambre, se pierde todo, y los supervivientes se buscan la vida como pueden. Nos guste o no, la realidad es tan cruda como canta Fito: “ella tenía un negocio entre las piernas”. En tiempos de destrucción, la moral se vuelve un lujo y la supervivencia dicta sus propias reglas.

Tal vez tenga que ver con la filogenia de nuestra especie, con este mono desnudo que somos. Desde los primeros homininos, la sexualidad fue una forma de socializar, de aliviar tensiones dentro del grupo, igual que hacen hoy los bonobos y los chimpancés. Con el tiempo, ese comportamiento quedó anclado en nuestros genes: ya no era solo un mecanismo de cohesión social, sino también una estrategia de supervivencia para la hembra, para su descendencia y, en última instancia, para el grupo entero.

La guerra solo hace más visible lo que siempre estuvo ahí: la necesidad de vivir, aunque sea a través de lo que otros prefieren no mirar.

Entre las prostitutas siempre ha habido mujeres de todas las edades y condiciones: desde chicas analfabetas hasta universitarias que, por circunstancias, acabaron en ese mundo. Ese es precisamente el caso de la protagonista de la última novela que he leído, escrita por un autor japonés al que no conocía. Y eso que soy de Gijón, ciudad donde cada verano se celebra la Semana Negra, aunque el género nunca ha sido especialmente de mi gusto.

Seichō Matsumoto me ha llevado al Japón de los años cincuenta, un país que aún vivía bajo la sombra de la rendición y la ocupación estadounidense. Un Japón reconstruido a medias, lleno de cicatrices, donde la supervivencia tenía tantos matices como silencios.

Leyendo esta obra de Matsumoto descubrí dos cosas. La primera: que lo estudiado en la universidad sirve, porque a mitad de novela ya intuía quién era quién en la trama. La segunda: que la novela es también un retrato antropológico de un Japón en transformación.

Tras la ocupación estadounidense, muchas mujeres se convirtieron en el timón silencioso del país. Cambiaron la sociedad desde dentro, con una mezcla admirable de adaptación y equilibrio: abrazaron la modernidad que las liberaba y conservaron solo aquellas tradiciones milenarias que no las oprimían y que seguían siendo necesarias para el buen funcionamiento del grupo.

El miedo inicial que las mujeres japonesas sentían hacia los soldados estadounidenses —alimentado por rumores, por la guerra, por la incertidumbre— se transformó pronto en sorpresa. Los soldados las trataban con cortesía, con educación, con un respeto que muchas de ellas no habían conocido en su propia cultura.

Ese choque entre expectativas y realidad es uno de los motores más potentes de la novela.

También observamos cómo aquel Japón de posguerra fue el germen del país que conocemos hoy. Ese Japón donde el “amor” al trabajo y a la empresa se convirtió en una forma de vida, casi en una religión civil. Horas interminables, jornadas que no terminan nunca, trabajadores que mueren en su puesto o caen exhaustos en un vagón de metro. La novela muestra ese origen con una precisión inquietante.

Uno de los protagonistas es un trabajador incansable, alto ejecutivo de una agencia de publicidad. Se casa con una mujer a través de un casamentero, siguiendo la tradición. Mes y medio después de la boda, el hombre desaparece.

Su esposa, junto con su cuñado y un compañero de trabajo del desaparecido, inicia una investigación que nos lleva por un recorrido casi turístico entre Tokio y la península de Noto. Todo ello narrado a través de paisajes invernales escuetos pero perfectamente definidos, como pinceladas frías que acompañan la búsqueda.

Puedes sentir el frío intenso del invierno japonés en las costas del mar de Japón, las ráfagas de viento que golpean el rostro y despeinan el cabello de la protagonista, Teiko Itane.

Teiko, mujer tradicional casada en un matrimonio de conveniencia, no sabe nada del pasado de su marido hasta que la desaparición la obliga a mirar donde nunca había mirado.

Descubre entonces que su esposo, antes de ser publicista, fue policía de Moral y Buenas Costumbres. Conocía a todas las mujeres que ejercían la prostitución.

Su marido dejó su puesto en la policía para hacerse publicista; trabajaba veinte días en la península de Noto y pasaba diez en Tokio. Ese vaivén, ese doble mundo, es el corazón de la trama.

La historia se enreda. Aparecen figuras de la alta sociedad de Noto que ayudan a Teiko, pero ella pronto siente que algo no encaja. Las muertes por envenenamiento de su cuñado y del compañero de trabajo de su marido lo confirman: hay una verdad más oscura bajo la nieve.

La prostitución, el amor intenso —casi devocional— y la falta de perdón recorren toda la obra.

La novela te golpea con una evidencia incómoda: que el ser humano es el mismo en cualquier parte del mundo, que la moral cambia de máscara pero no de esencia, y que la moral social suele ser más falsa que Judas.

Sea cual sea la religión, la cultura o la tribu, la moral es siempre la misma: un espejo que refleja más hipocresía que virtud.

Al final, panpan no es solo una palabra ni un eco del Japón de posguerra. Es un espejo que devuelve la imagen de un país que aprendió a sobrevivir entre ruinas, trabajo, culpa y silencios. La novela de Matsumoto te obliga a mirar sin parpadear: la guerra, la prostitución, la moral, el amor que se confunde con devoción, el perdón que nunca llega. Y descubres que panpan no pertenece al pasado, sino al presente, porque el ser humano —en Japón, en Gijón o en cualquier rincón del mundo— sigue siendo el mismo mono desnudo intentando sobrevivir como puede.

Terminas la novela con frío en las manos y un nudo en la garganta. No por la trama, sino por lo que revela: que detrás de cada mujer, de cada hombre perdido, de cada vida que la sociedad prefiere no mirar, late una verdad incómoda. La moral cambia de máscara, pero no de esencia. Y Matsumoto lo sabía: por eso su historia golpea como el viento helado del mar de Japón, como una ráfaga que te despeina el alma y te recuerda que, por mucho que nos esforcemos, seguimos siendo exactamente lo que somos.

Aquí abajo os dejo las referencias de la novela y editorial y el enlace a la página de la novela de la editorial:

Seicho Matsumoto. Punto cero. Editorial Libros del Asteroide.

https://librosdelasteroide.com/libro/punto-cero#

2 respuestas a «Panpan»

  1. Avatar de Eva

    Me ha resultado muy interesante tu reseña, ya que me gusta tanto la novela negra como la cultura japonesa, así que tomo buena nota. Añadir que la editorial “Libros del Asteroide” cuida mucho sus ediciones, tamaño perfecto y portadas preciosas, lo que también ayuda. Mil gracias, Alfonso, y que tengas una buena semana!

    1. Avatar de alfmartmart

      Gracias, Evita guapísima.

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