Esto ya lo he escuchado antes III
Soy el viejo de la tribu, así comienza La respuesta, el último libro publicado por Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones de Atapuerca, Burgos. Para mí, que he sido un seguidor fiel de las publicaciones de este investigador durante años, no aporta grandes novedades. Incluso diría que en algunos aspectos ha quedado un poco desfasado. Pero esas son cosas de la ciencia, que avanza a una velocidad vertiginosa, y también de la edad. No por ello deja de ser una lectura interesante y, lo queramos o no, nos obliga una vez más a volver la mirada hacia ese pasado remoto que nosotros, y muchos científicos, contemplamos únicamente a través de la foto fija del instante en que un asentamiento humano terminó convertido en yacimiento arqueológico.
Regresemos a donde nos quedamos en el artículo anterior: a ese Göbekli Tepe, a esa aldea del Neolítico superior cuyos habitantes construían sus casas de piedra en terrazas distribuidas por las colinas circundantes alrededor del monumento principal.
Me surge una pregunta: ¿cómo llegaron aquellas supuestas cuadrillas de cazadores-recolectores nómadas a crear un asentamiento permanente alrededor de un monumento principal?
Como ya defendí en una serie de artículos anteriores, no voy a hacer demasiado hincapié en ello ahora. Ya sabéis que, para mí, no eran nómadas que vagaran constantemente tras los rebaños de animales o en busca del siguiente bosque frondoso. Creo que la domesticación de animales comenzó mucho antes de lo que la ciencia de despacho ha defendido hasta ahora.
Lo cierto es que hacer preguntas que, tal vez, nunca puedan ser respondidas, y lanzar hipótesis que intenten darles solución quizá no merezca la pena. Tal vez la pregunta que debamos hacernos no sea dónde o cómo nació la música, sino cómo, dónde y por qué pudo florecer.
Ahora quiero que hagamos un pequeño ejercicio por si mi siguiente exposición no queda del todo clara.
Mírate un momento a ti mismo. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Han pasado años en los que te ha ocurrido de todo. Has aprendido, te has equivocado, has amado, has perdido personas y has conocido otras nuevas. La persona que eres hoy es el resultado de toda esa película vital.
Sin embargo, de esa película apenas queda constancia. Tan sólo algunos fósiles dispersos en forma de fotografías guardadas en un viejo álbum. Imágenes aisladas que muestran determinados momentos, pero que no cuentan la historia completa.
Pues exactamente lo mismo sucede con, en este caso, el yacimiento de Göbekli Tepe.
Para llegar a aquella aldea del Neolítico superior tuvieron que pasar muchas cosas. Surgieron ideas, se tomaron decisiones, se transmitieron conocimientos y se celebraron innumerables reuniones entre parientes. Hubo acuerdos, conflictos, nacimientos, muertes y, seguramente, también mucha música y mucha danza.
Todo ese proceso culminó en una aldea prehistórica de piedra que hoy nos hace pensar en una economía mixta de caza, recolección y pastoreo. Pero lo que observamos es únicamente la fotografía final. La película completa, la de los miles de pequeños acontecimientos que condujeron hasta allí, se ha perdido para siempre.
Si la arqueología apenas puede conservar la música, ¿cómo podemos sospechar que estuvo allí? ¿Qué indicios nos permiten reconstruir una parte de esa película perdida?
La respuesta, quizá, sea más sencilla de lo que parece. No podemos encontrar una canción fosilizada ni la huella de una danza grabada sobre la roca. La música desaparece en el mismo instante en que deja de sonar y la danza en el momento en que cesa el movimiento. Sin embargo, sí podemos observar el escenario donde ambas pudieron desarrollarse.
Cuando contemplamos Göbekli Tepe no vemos únicamente piedras. Vemos a cientos de personas reuniéndose periódicamente en un mismo lugar. Vemos cooperación, planificación y un objetivo común lo bastante importante como para movilizar durante generaciones a grupos humanos enteros. Y cuando los seres humanos se reúnen de forma regular, hacen algo más que trabajar. Hablan, ríen, cuentan historias, buscan pareja, enseñan a sus hijos, celebran y lloran a sus muertos.
Resulta difícil imaginar una comunidad así viviendo durante siglos sin algún tipo de música o de danza. No porque hayan aparecido flautas, tambores o instrumentos en cantidad suficiente para demostrarlo de manera irrefutable, sino porque la música y la danza parecen brotar espontáneamente allí donde existe una comunidad humana estable.
Basta observar a nuestra propia especie. Ningún pueblo conocido, por aislado que haya estado, ha carecido de música. Cambian los ritmos, los instrumentos y las melodías, pero la necesidad permanece. Cantamos para celebrar, para acompañar el trabajo, para cortejar, para recordar, para educar y para rezar. La música aparece una y otra vez como si formara parte de nuestra propia naturaleza.
Por eso tal vez debamos dejar de buscar el momento exacto en que nació la música. Quizá esa pregunta sea tan imposible de responder como averiguar quién pronunció la primera palabra o quién contó el primer cuento alrededor de un fuego. Tal vez la cuestión verdaderamente importante sea otra: ¿en qué momento la música dejó de ser una conducta ocasional para convertirse en un elemento esencial de la vida social humana?
Y es aquí donde nuestra mirada regresa una vez más a aquella aldea neolítica. Porque Göbekli Tepe no nos habla únicamente de arquitectura o de religión. También nos habla de encuentros. De grupos humanos que acudían allí una y otra vez, generación tras generación. Y donde hay encuentros repetidos entre seres humanos siempre acaba apareciendo algo más que la mera supervivencia. Aparece la cultura. Y, con ella, casi inevitablemente, la música y la danza.
Entonces… ¿qué sucedió entre el momento en que aquellos grupos de cazadores-recolectores corrían libres y desnudos por las estepas de Eurasia y el momento en que pusieron la primera piedra de la primera casa de aquella aldea?
Sucedieron muchas cosas. Entre ellas, quizá, que nunca fueron tan nómadas como solemos imaginar. En todo caso serían seminómadas, grupos humanos que se desplazaban dentro de territorios que conocían bien y que consideraban propios.
Si eres español, sabrás que España es casi una inmensa cordillera salpicada de valles. ¿Te das cuenta del tiempo que puede llevar explorar un territorio así? ¿Encontrar los pasos que comunican un valle con otro? Tal vez generaciones enteras. Una vez conocido el terreno, identificadas las fuentes de agua, las zonas de caza, los refugios naturales y los mejores pastos, aquel espacio terminaba convirtiéndose en algo más que un paisaje: se convertía en su hogar.
Poco a poco, y generación tras generación, esos grupos humanos delimitarían sus territorios de caza, recolección o pastoreo. Con el tiempo llegaría el crecimiento demográfico. La tribu original acabaría desgajándose y parte de sus miembros marcharían hacia territorios vecinos. Quienes se iban seguían siendo familia, compartían recuerdos, costumbres y una historia común, pero también comenzaban a convertirse en algo nuevo: aliados, cooperadores y, en ocasiones, rivales.
Y es precisamente en ese escenario donde la música y la danza cobran una importancia extraordinaria. Porque antes de existir la escritura, antes incluso de existir las aldeas permanentes, era necesario reforzar los lazos que mantenían unidas a comunidades cada vez más extensas y dispersas.
Imaginemos por un momento esos encuentros periódicos entre grupos emparentados. Hombres, mujeres y niños llegando desde distintos valles. Intercambiando noticias, objetos, conocimientos y posibles parejas. Renovando alianzas, resolviendo conflictos y reafirmando su pertenencia a una misma comunidad. ¿Cómo no iban a surgir allí las canciones, los ritmos y las danzas colectivas?
Tal vez la música fuera mucho más que entretenimiento. Tal vez actuara como un lenguaje emocional capaz de recordar a todos quiénes eran y qué los unía. Y quizá la danza, sincronizando los movimientos de decenas o centenares de personas, reforzara inconscientemente los vínculos de confianza y cooperación necesarios para que aquellos grupos humanos pudieran prosperar.
Si fue así, entonces la música y la danza no fueron una consecuencia de la aparición de las primeras aldeas. Fueron una de las herramientas que hicieron posibles esas aldeas.
Si la música y la danza ayudaron a construir comunidades más complejas, ¿qué mecanismos psicológicos y biológicos las convierten en herramientas tan poderosas para unir grupos humanos?

Cueva de Chauvet, Francia.
Desde Homo erectus hasta el festival Yosakoi de Tokio, la música y la danza nos han acompañado como parte de nuestra filogenia y de nuestra historia.
Nota: Si podéis abrir este enlace, el grupo japonés que canta y baila no os dejará indiferentes. Son sencillamente extraordinarios. Y, como los rasgos faciales asiáticos pueden resultarme difíciles de distinguir, no sabría decir si está formado por hombres, mujeres o un grupo mixto. Lo cierto es que, mientras escuchaba la melodía, imaginaba una versión asiática de El guateque, con un Mel Brooks completamente desatado bailando al ritmo de la música, metiéndose en un lío tras otro y, al final, por supuesto, con el inevitable elefante acabando dentro de la piscina.

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